En realidad nunca se fueron, aunque su presencia haya pasado casi inadvertida -sobre todo, en nuestro país- en los últimos tiempos. Ocurre que la banda capitaneada por Gerard Langley llevaba más de seis años sin editar material nuevo (aunque en 2014 actuaron en Madrid), y que ese nuevo artefacto, que responde al nombre de “Welcome, Stranger!” (ArtStar, 2017), mantiene en perfecto estado de revista las claves que fueron apuntalando el discurso de la banda de Bristol desde que debutaran en 1981: ecos bien tamizados de la ácida irreverencia de The Velvet Underground, vapores psicodélicos que les emparentaban con la tradición californiana que cristalizó en el sonido Paisley Underground, la transmisión de vitalidad quebradiza y a la vez exultante del mejor jangle pop desde los primeros R.E.M. y, sobre todo, la agudeza poética de Langley, mitad chamán mitad predicador, siempre poniendo la nota distintiva a sus hirvientes composiciones mediante recitados rebosantes de pasión y veracidad.

Siempre fueron una de las bandas británicas de sonido más americano, sin duda. Eternamente a contracorriente de modas y coyunturas, viendo pasar por delante suyo, consecutivamente, el anorak pop, el sonido Madchester, el brit pop, el revival punk funk y decenas de tendencias que obtuvieron mayor resonancia que su atemporal discurso. Este nuevo álbum es una buena excusa, pues, para entablar conversación con Gerard Langley al hilo de la actualidad y del legado de su banda. Una marca clásica ya del pop británico, que pese a haber registrado más de 40 miembros en nómina a lo largo de todos estos años, siempre ha mantenido un sello distintivo y reconocible. “Nuestra música es como la historia del rock en una hora y media: un poco de punk, de post punk, de jangle de los 60, de riffs de los 70, de folk, de art rock y de cosas que nos inventamos, así que es normal al final no sonemos a ningún periodo en particular”, defiende. Aunque también esgrime que hay una evolución clara en el sonido de la banda desde sus primeros trabajos, “No creo que Bop Art (1981) se parezca mucho a Swagger (1990), por ejemplo, pero si tú lo crees así, me parece bien”. Continuidad con matices, en todo casi.

Fueron precisamente aquel “Swagger” (1990) y el posterior “Beatsongs” (1991) los que marcaron no solo el punto óptimo -creativamente- de The Blue Aeroplanes, sino también su más alta cota de exposición mediática. El reciente “Welcome, Stranger!” (2017), grabado junto al ingeniero de sonido TJ Allen (Bat For Lashes, Adding Machine), no reedita aquella equilibrada excelencia, pero sí le podría aguantar la mirada con jovial entereza a cuaquiera de las cimas de su producción, merced a canciones como“Sweet, Like Chocolate”, “Dead Tree!, Dead Tree!”, “Elvis Festival” o esa “Poetland” que aparece etiquetada con la cansina advertencia de explicit lyrics en las plataformas de streaming, lo que nos obliga a preguntarle si siguen siendo estos malos tiempos para la lírica. “Bueno, la palabra joder (fuck) siempre acaba siendo etiquetada con eso, igual da que sea un poema o una serie de televisión, pero tampoco te puedo decir si son tiempos peores porque no estoy muy metido en cuál es el estado de la literatura hoy en día”.

La banda, que actuó en la última edición del festival All Tomorrow Parties británico a petición del actor Stewart Lee, ha estado en parón indefinido en los últimos seis años a consecuencia de varios de sus compromisos laborales. Gerard Langley, en concreto, lleva ya algún tiempo trabajando como jefe de composición y negocio musical en la Escuela de Música de Bristol. Cuando le preguntamos acerca de la diferencia entre sus alumnos actuales y músicos como él mismo cuando comenzaron a componer, allá por los primeros 80, nos contesta que ahora los aspirantes a forjarse una carrera en el pop “escuchan un material mucho menos extraño de lo que lo hacíamos nosotros, más convencional”. Y pone un ejemplo tremendamente gráfico: “Ellos piensan que Catfish & The Bottlemen son algo afilado, algo cool, lo que en modo alguno les sitúa en condiciones de ponerse a escuchar a Captain Beefheart”.

Reconocidos por Michael Stipe o por Radiohead como una de sus bandas favoritas, The Blue Aeroplanes se vieron además oscurecidos por proceder de una ciudad como Bristol, cuya proyección exterior se asoció, desde hace casi tres décadas, al trip hop y a la renovación electrónica que supusieron el drum’n’bass o el jungle. “Bristol decidió poner todos sus huevos en una cesta llamada trip hop, hace ya muchos años, y no hay nada que podamos hacer ante eso. Prefiero pensar en que somos una banda nacional o internacional, y no en términos de banda local”.

Esa dicción tan particular que se gasta Langley a la hora de cantar, prácticamente recitando, podría formar parte de una tradición que, heredada de Lou Reed, adquiriese tonalidad típicamente británica cuando Mark E Smith (The Fall) empezó a balbucear en público, aunque luego cruzase el océano para inspirar a bandas como Pavement, o viajase de vuelta de nuevo a las Islas para fortalecer las canciones de Art Brut -primero- o Kate Tempest -más tarde- . Para él, las cosas son mucho más sencillas que todo eso. Y mejor ni nombrarle a The Fall: “Nunca pensé en lo que hace Mark. E. Smith. Más bien en el “Horse Latitudes” de The Doors, el “Piss Factory” de Patti Smith y en el “Murder Mystery” de The Velvet Underground”, comenta con una taxatividad tan infrecuente que hasta que se agradece, aunque matiza que “no quería hacer lo mismo que ellos, pero sí los tenía en mente”.

El derroche de precisión y sinceridad es aún mayor cuando le consultamos si hay algún disco del que se sienta especialmente orgulloso, de entre los catorce que han publicado los Aeroplanes o los seis que lleva él ya editados en solitario. “Bop Art (1981), Swagger (1990), Altitude (2006) y Siamese Boyfriends (de 1986, facturado a su nombre y al de Ian Kearey)” son los cuatro que elige. Por cierto, ¿Habrá nueva ocasión de verles tocando en España? “Estamos ahora en el proceso de contratar a una agencia, así que espero que vayamos”. Sus conciertos son demostraciones de poderío escénico en las que el bailarín Wojtek Dmochowski (único miembro fijo de la banda desde sus primeros días, junto a Gerard Langley y su hermano John) se mantiene como esa figura insustituible y extraña, que recuerda a lo que encarnaba Bez para los Happy Mondays. Aunque a él la comparación con los de Manchester no le haga precisamente mucha gracia. “Stacia con Hawkwind, Chas Smash con Madness o Gerard Malanga con The Velvet Underground: esas me parecerían comparaciones acaptables, pero no con Bez”.