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El último de una noble estirpe de macarras al asalto del mainstream, Tyler The Creator ya ha ganado la primera batalla, la del ruido mediático, sin bajarse del monopatín. La edición de “Goblin” ha venido precedida de tamaño hype que el escrutinio será por fuerza implacable, pero el segundo trabajo del líder espiritual de Odd Future (Wolf Gang Kill Them All) no pretende contentar a nadie. Como “Bastard”, su primer largo, colgado en la red en 2009, el debut para XL Recordings del rapero de Los Angeles es un auténtico artefacto de terrorismo y venganza generacional. Si Tyler es el Mesías, desde luego no ha venido a salvar nuestra alma. The Creator transita un territorio lírico pocas veces explorado en el hip hop, el verdadero lado oscuro, como si esto fuera una sesión de psicoterapia y el objetivo final encontrar algo bueno entre tanto trauma, síndrome del padre ausente, violencia sexual y confrontación gratuita, rodeado de unos beats que no pueden ser considerados algo original más allá de una crudeza espartana. Cuando acierta, suena imponente, como un terrorífico accidente automovilístico del que no puedes apartar la vista; pero también hay fallos sonados, errores de bulto que delatan al veinteañero temperamental e inseguro que busca nuestra aprobación a través del escándalo. En ambos casos, “Goblin” legitima el fenómeno y señala a Tyler como un nuevo Ice Cube, un Johnny Rotten negro, el siguiente Marilyn Manson, el hombre del saco.

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