Puede ser que en el concierto de Valencia se diesen las circunstancias más propicias para el disfrute de un concierto como el de los canadienses, con una pequeña sala (el aforo total fue de doscientas cincuenta personas), recogida, oscura, intimista, con todo el mundo sentado y silencioso, pero estoy absolutamente seguro que el impacto en otros sitios no fue menor, en todo caso diferente. GYBE! es un grupo a miles de años luz de muchos de sus contemporáneos tanto en lo que se supone sería su propio estilo (post-rock) como en otros, y es que los de Montreal son capaces de dotar de un sentido absoluto a su lenguaje musical, a través de una puesta en escena sólida, creando un ambiente subyugante, delicado por momentos, atronador en otros, y eso es algo muy poco usual hoy en día. Su discurso musical y el político-social están en consonancia, unidos coherentemente, y es ahí dónde se cierra el círculo y resaltan sus composiciones llegando a esa unión entre lo abstracto de su música y lo concreto de un deseo: esa ´esperanza´ (hope) de la primera proyección, una auténtica declaración. Su lenguaje (no tan sólo musical) despierta ese sexto sentido que te lleva a un punto de exaltación, de liberación, de introspección. Realmente espectacular fue el final con “Moya”, crescendo de inusitada potencia lleno de emoción. Sin nunca rehuir a la melodía, ni por ello a la distorsión devastadora, la cantidad de matices ofrecidos obligaba al oyente a una atención máxima, atención que, por la reacción que se vio al final, regaló múltiples y muy ricos resultados. Ver a GYBE! es una experiencia, ese punto en el que la música se transgrede a si misma. Dos horas de vida, similar a lo que puede suponer dos años de búsqueda. A muchos nos dio la impresión que eso era por lo que estábamos allí. Y por lo que estamos aquí.