Con algunas excepciones, el ejercicio de la crítica se ha convertido en una rutina que, en el caso de los festivales, podría calificarse de preocupante. Ya desde el principio la comunicación entre periodista y lector ha estado viciada: No se trata de que el especialista ofrezca su opinión ponderada sobre lo sucedido, sino de que coincida con lo que piensa el receptor (y entonces la crítica es estupenda) o no coincida en absoluto (y entonces el que escribe no tiene ni idea, faltaría más). El problema es que con la cantidad de festivales que salpican el territorio nacional y la alarmante repetición de nombres en los carteles, plantearse siquiera la crítica a la antigua usanza carece absolutamente de sentido.

Portishead © Foto Liberto Peiró

Uno de los conciertos destacados del FIB 2015 fue el de Portishead, de eso no hay duda. Lo que resulta un poco más complicado es añadir algo a lo que ya se escribió a su paso por el propio FIB de 2011 o por el Low 2013, porque el show fue exactamente el mismo. Podemos ponerle pedantería literaria y usar los adjetivos más manidos (que si escalofriante, que si exquisito e hipnótico, que si la abuela fuma), pero ese concierto, eficaz, apabullante y total, también debería obligar a plantearse que la banda lleva cinco años sin modificar un ápice su discurso (porque meter unas imágenes del referéndum griego no lo es). Al menos, el día antes, Thom Yorke se había unido a ellos en el Latitude Festival para cantar “The Rip” con Beth Gibbons. Eso sería noticia. O que ofrecieran una actuación desastrosa. En cambio, continuamos maquillando textos de hace años. De hecho, hasta se podría hacer corta y pega sin que nadie se diera cuenta. Pero aquí seguimos, erre que erre, relatando una y otra vez los mismos conciertos. Los de Kaiser Chiefs y en este FIB fueron como los del Low 2014 (del mismo modo que los de Libertines y Kasabian en Benidorm serán, a buen seguro, como los de Benicàssim el año pasado). Apenas alguna ligera variación de repertorio, poco más.

Blur © Foto Liberto Peiró

Y en cuanto a los invitados, pues seguimos en España. Si en Suffolk es Thom Yorke quien da la campanada, en la Costa del Azahar hay que conformarse con, ejem, Gaizka Mendieta, el futbolista rockero (sic), que vivió su momento de gloria compartiendo escenario con Los Planetas. ¿El concierto de los granadinos? Pues como el de Portishead. Es decir, que tocaron lo que tenían que tocar y como lo tenían que tocar. Cero novedades. Ausencia absoluta de riesgo. Y eso vale también para Vetusta Morla (ay, quién lo hubiera dicho cuando el talibanismo renegaba de Julieta Venegas) o unos Blur que se lo pasaron en grande y lo contagiaron de sobra (aquí corten y peguen del Primavera Sound de hace dos años, añadiendo los temas de “The Magic Whip”, su nuevo disco). Si añadimos la correcta actuación de Noel Gallagher (con la carrera en solitario que exhibe, tampoco se puede pasar de tal calificación) y la previsible pero efectiva matraca de The Prodigy, nos encontramos con una cabecera de cartel digna de la segunda mitad de los noventa. Más copia y pega.

Public Enemy © Foto Liberto Peiró

Sí tiene sentido detenerse en propuestas como la de FFS, feliz unión entre Franz Ferdinand y Sparks que, lástima, se había estrenado pocos días antes en el Cruïlla y fue ubicada en el segundo escenario, a todas luces insuficiente. La chavalada va a seguir sin saber quienes son los hermanos Mael, pero al menos Kapranos y compañía han recuperado crédito. Del mismo modo, también hay que destacar, por ser única escala en España, la actuación de unos Public Enemy que no son lo que eran, pero que siguen despachando hits con nutriente old school y sonido rocoso (batería, bajo, guitarra). Chuck D mantiene el tipo, Flavor Flav conserva sus dotes de clown (bendito sea) y su vivificante discurso (más propio del Rototom que de un FIB sin ideología) conserva la vigencia.

Otro peaje obligado de la reseña crítica festivalera: Las bandas españolas. Su representatividad en un FIB britanizado (cada vez menos, dicen), el aire fresco que aportan, la emergencia de una nueva escena… Vuelvan a cortar y pegar. Y eso, con suerte, porque muchas de ellas tuvieron que tocar en el techo de un autobús (quien paga manda, y en los festivales, hoy por hoy, mandan las marcas de bebida) con apenas veinte minutos para montar equipo y probar sonido. Sí, hay que hablar de ellas porque forman parte del cartel, pero las bandas españolas se pasan el año recorriendo el circuito de salas, donde es preferible disfrutar de sus conciertos porque pueden probar sonido como dios manda, disponen de tiempo para desplegar su repertorio en condiciones y cuentan con la complicidad de un público iniciado.

Por la azotea del bus pasó también Curtis Harding, enésima promesa rock soul de la temporada, con vitola ganadora (graba con Burger Records, oh, dios mío) y excelente voz, pero incapaz de ir más allá del ejercicio de estilo. Lo cual, por cierto, se agradece, si se compara con la rancia verbena neohippie de los desnortados Crystal Fighters, cuya mayor innovación consistió en colgar lechugas (¿o eran acelgas?) en los pies de micro. Menos mal que después salió la evanescente Florence Welch y arregló un poco el desaguisado del jueves, de proporciones épicas (¿Clean Bandit, dice? ¿Cómo? Lo siento, se corta…).

Si los cabezas de cartel noventeros activaron la nostalgia sonora, la presencia de Godspeed You! Black Emperor puso en marcha otro tipo de recuerdos. Su concierto, tan majestuoso como escaso de público, rememoraba aquellas ediciones del FIB en que Lambchop cabían en una carpa a media tarde o Daniel Johnston se perdía en su mundo interior mientras la calina empapaba las camisetas del público. Ese Benicàssim se fue, y el actual es el de las atracciones de feria y las zonas de ocio recreativo para turistas (lo del área South Beach hay que verlo para creerlo). También el de muchas voluntariosas bandas de perfil medio (Crocodiles, Little Jesus, Public Access TV, Palma Violets, DMA’S) que funcionan como entremés, pero nunca llegan a dejar una huella imborrable.

Aunque no lo pareció en ningún momento, la organización asegura que la asistencia de público ha repuntado este año, así que parece que tras los tiempos de zozobra el FIB recupera el rumbo. Lo de confeccionar un cartel novedoso ya es harina de otro costal, y seguramente no depende tanto de los programadores como de la precaria situación del mercado.