La que probablemente sea la mayor celebración del planeta en cuanto a música en vivo -tanto a nivel de calidad y variedad como sobre todo de cantidad- cerró con éxito una nueva edición. Asumimos la titánica tarea de cubrir la vertiente musical (obviando el Festival interactivo y el cinematográfico), que a lo largo de cinco días y cien escenarios repartidos por todo el centro de Austin, incluye una infinidad de bandas que se suceden sin descanso ni apenas tiempo para probar sonido. A esta abrumadora oferta hay que sumarle una programación no oficial, además de alguna aparición estelar no anunciada (Prince actuó en un local al que nos fue imposible acceder por sus reducidas dimensiones).

Este año los nombres más llamativos eran Green Day, Depeche Mode y Nick Cave, pero nosotros evitamos los conciertos masificados, con la excepción de unos Flaming Lips que -en un bolo gratuito- tiraron exclusivamente de material nuevo ante decenas de miles de asistentes noqueados por la radicalidad de los de Oklahoma, tanto a nivel musical como de escenografía.

Del resto, destacamos que nuestra maratón particular se inició con North Mississippi Allstars. Dejando atrás el formato dúo, los hermanos Dickinson volvieron al más versátil trío, aunque sin Chris Chew y completando una presentación inferior a la de otras ocasiones. Dentro de un evento llamado Sounds from Spain -con paella y sangría incluidas- vimos a unos exultantes Pájaro desplegando su ecléctico surf rock tri-guitarrero, mientras varios yanquis nos preguntaban quiénes eran esos compatriotas nuestros tan potentes. Dentro del virtual cartel paralelo destacaba Ian McLagan. El mítico teclista defendió con solvencia y clase un repertorio más centrado en sus últimos trabajos de lo que muchos pronosticarían, con contadas y ovacionadas referencias a su época Faces. Algo más tarde estábamos frente a Richard Thompson, quien eclipsado por su propia virtuosa banda y por un papel implícito de telonero, no brilló de acuerdo a su reputación. Emmylou Harris (en la foto), en cambio, no ha perdido su aura mística con los años, tampoco su encanto. Sin embargo, al igual que en su último disco, compartió protagonismo con Rodney Crowell. Esto, sin duda, restó magia al privilegio que supuso verla y escucharla desde tan cerca, aunque por momentos su voz emocionara. Lo menos convencional que vivimos fue el bolo de Dale Watson en la planta 18 del Hilton. Frente a un puñado de fans sentados en lujosas sillas, este purista del country alternó curiosos monólogos con temas vaqueros impecablemente ejecutados.

 

Al afrontar una nueva tarde espabilamos de golpe con la hipervitaminada actuación de The Split Squad (en la foto), banda formada con miembros de The Fleshtones y The Plimsouls. Destilando rhythm &blues de alta graduación, estos veteranos de la escena garajera pusieron patas arriba el pequeño patio trasero de un bar de la ciudad. Igualmente radiante, aunque en su caso parapetado sólo detrás de una guitarra acústica, se mostró John Hiatt. Con sus canciones prácticamente desnudas, el norteamericano esgrimió sus mejores dotes interpretativas e impuso la solidez de su repertorio. Tras él, catamos de nuevo a Richard Thompson, quien nos libró del mal sabor de boca del día anterior con una exhibición de destreza a las seis cuerdas, esta vez en formato acústico y en solitario. Cambiamos de local en busca de Gary Louris, a quién presumíamos igualmente solo pero encontramos encabezando un cuarteto. Centrando el set-list en su etapa no compartida con Mark Olson, el co-lider de The Jayhawks ofreció un concierto sobrio, íntimo y muy emotivo, acorde a la sensibilidad que desprenden sus composiciones.

 

De la última jornada citamos primero a True Believers, la reunida formación de culto en la que se estrenaron en los ochenta Alejandro Escovedo, su hermano Javier y John Dee Graham. Turnándose como vocalistas, los tres guitarristas dieron una clase magistral y probaron que su fuerza punk y su alma rockera siguen intactas. Qué injusto y desafortunado fue el trato que recibieron de su discográfica en su momento. Su exhibición fue la antesala de otra acontecida en el mismo gran teatro, esta vez a cargo de uno de los más grandes: John Fogerty (en la foto superior). Pletórico como vocalista y a la guitarra, el ex líder de la Creedence propulsó a una banda en la que estaban su hijo y el tremendo Kenny Aronoff a la batería. También contó con The Dawes como invitados, mientras el repertorio desgranaba un hit tras otro. Para concluir la velada, disfrutamos de un desmadrado El Vez (en la foto inferior). Con sonido muy punk y una performance a la altura de su histrionismo habitual, el llamado Elvis mexicano puso un broche de oro a nuestra experiencia tejana.