En pleno siglo XXI, Estados Unidos se permite publicar anuncios pidiendo gente responsable para acabar con la vida de otras personas o frivolizar sobre la mejor manera de administrar el presupuesto destinado a la pena de muerte, mientras treinta y cinco personas son ajusticiadas en apenas cinco meses (de enero a mayo de 2003) y 3.525 reos esperan en el corredor de la muerte a que se cumpla su condena o una amnistía les permita seguir disfrutando de una vida generosa en secuelas psicológicas. Con el mundo amordazado voluntariamente o por la fuerza, son los propios americanos quienes deben alzar la voz ante su anacronismo más cruel. Jon Langford no es americano, pero lleva años viviendo en Chicago y lleva aún más años de activismo izquierdista al frente de los Mekons y de los Waco Brothers. Su última hazaña, en 2002, fue protagonizar al frente de los Pine Valley Cosmonauts (una especie de big band abierta a colaboraciones de renombre alternativo y tejida alrededor de su talento y de la “familia Bloodshot Records”) su proyecto más abiertamente comprometido. “The Executioner’s Last Songs” (Bloodshot, 2002) fue una mirada crítica al fenómeno de la pena de muerte, que no por ácida cedía terreno a la lágrima fácil o al vacío musical. El éxito de la iniciativa (benéfica para más señas) ha propiciado un segundo y tercer volúmenes que vienen de la mano en un doble álbum -“The Executioner’s Last Songs Vol. 2 & 3” (Bloodshot/Houston Party, 2003)- idéntico en filosofía al primero: raíces americanas y actitud punk que no olvidan ni el entretenimiento ni al verdugo. Nuevamente, no faltan los invitados de calibre, en este caso artistas como Kurt Wagner, David Chow, Rhett Miller, Rex Hobart, Mark Eitzel, etcétera.
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