Inaccesible en muchas ocasiones, brillante casi siempre, la música de Bill Callahan permanece alojada, ya desde los lejanos tiempos de Smog, en una suerte de universo propio, con un alto grado de hermetismo, pero a la vez con una tremenda capacidad evocadora, como queda de manifiesto en su último trabajo, “Dream River”, uno de los grandes discos del pasado año.
Aprovechando su inminente gira por España (21 febrero en Valladolid, Teatro Cervantes; 24 en Madrid, Teatro Nuevo Apolo; 25 en San Sebastián, Kursaal; y día 26 en Barcelona, Sala Barts), el de Maryland responde, vía e-mail, a unas cuantas preguntas acerca de este álbum en el que la naturaleza juega un papel fundamental.
Con “Dream River” se cumplía una vez más esa norma no escrita de tener un disco nuevo de Bill Callahan cada dos años. ¿Cómo te enfrentabas a este álbum?
Fue un trabajo pensando en algo que pudiera incorporar a mi vida, en vez de que la dominase. Luego la parte de la grabación es casi siempre muy similar: trabajar duro en tres o cuatro tomas de cada canción y elegir la mejor de ellas.
Si tomamos “Apocalypse” (11) como referencia más cercana, este último disco suena más imperfecto, con un sonido menos depurado. ¿Era esa la intención que tenías al entrar a grabar?
Creo que algunas canciones estaban sonando, por decirlo de alguna manera, demasiado perfectas y directas, así que decidí desviarme un poco de ese camino, arrojar algo de suciedad en sus caras, lo que las hace más afiladas.
Llama la atención que lanzases un single con versiones dub de dos de los temas del álbum, cuando a priori es un estilo que no tiene mucho que ver con tu música…
Originalmente era un adelanto musical. En el sello querían algo que tuviera sólo unas notas de la parte vocal, poniendo el acento en una línea melódica en plan Sound System. Eso hizo que la gente se mostrase intrigada y quisiera comprar el single en su versión normal. Me pareció que sería una interesante manera de hacer llegar estas nuevas canciones, así que en realidad lanzamos ese doce pulgadas antes que el álbum.
“Apocalypse” era un disco con un contenido más abiertamente político. ¿Dónde se debe situar el foco de “Dream River”?
En el amor y el lugar o función que ocupa la naturaleza en la vida y las emociones humanas. Intenté hacer que las canciones se situaran en un lugar justo en el límite del mundo natural, bordeando con los sueños. Donde las estaciones no tienen mucho que ver con las estaciones tal y como las conocemos, de modo que las cosas mueren en primavera, por ejemplo. Hablo del calentamiento global, la política belicista y la primavera árabe. El sexo y por qué es tan difícil escuchar una buena canción que hable sobre el sexo. Y lo mismo con el amor. Un extraño anhelo de la nieve y los vientos fríos.
¿Hay algo también de ‘idealización’ del paisaje americano? ¿Una especie de halo romántico que también podíamos encontrar en “Sometimes I Wish We Were An Eagle” (2009)?
Tu territorio es tu arte, tu lenguaje. En Japón, por ejemplo, es habitual que la belleza de los cerezos o que arquitectura se refleje en el modo en que piensan, dibujan o cantan. Es lo mismo en el caso de ser americano. Se trata únicamente de que los símbolos que mejor conozco son americanos, y justamente eso es lo que refleja mi lenguaje. Soy un producto de mi entorno. Si fuera francés, estoy seguro de que tendría una manera completamente distinta de cantar y pensar.
Haces también una versión de “Leaves Of Grass”, de Walt Whitman. ¿Encaja con esa idea de situar la naturaleza en el centro de todo?
Fue algo que hice rápido para un programa de radio en el que estaban preparando una edición especial sobre la figura de Walt Whitman. No creo que pueda haber vida sin naturaleza: ordenadores, alcohol, coches deportivos, botellas de champagne Cristal. Todo está en la naturaleza: metales, elementos químicos, ciencia, en definitiva.
Repasando tu obra en conjunto, ¿dirías que cada álbum tiene su propio punto de vista o más bien que es siempre una misma perspectiva en la que cambia el personaje?
Puedes dar una vuelta, moverte un poco, escalar una colina y recorrer un valle hasta que encuentres un lugar donde las cosas parezcan interesarte. En ese punto es donde te sitúas, en una perspectiva desde la que escribir. De modo que eso forma parte de ti, del momento concreto en el que estás sentado. Una vez que empiezas a hablar desde un punto de vista determinado, esa perspectiva puede cambiar antes de que hayas terminado la frase o la canción, porque tú estás en un permanente estado de cambio, o al menos el mundo está cambiando mientras tú permaneces en él. Eso es lo que te permite ajustarte a aquello que va del punto A al punto B. Siempre queda la sensación de que no vas a experimentar lo mismo una semana, un mes o un año después. Tienes que tratar de incorporar ese momento a tu trabajo. O simplemente escribir cosas que sean muy inmediatas.
Como contrapunto, en tu música suele aparecer un cierto elemento lúdico, jugando, más allá de la tradición, con estilos como el soul o el mariachi, no sé si con la idea de rebajar el grado de ‘gravedad’. ¿Cuál es tu idea en ese sentido?
Se trata de que en un momento dado no quieres que las cosas sean demasiado intensas; de lo contrario habrá gente que no se sentirá identificada con ellas.
Siete años después de publicar tu primer disco bajo el nombre de Bill Callahan, ¿cómo ves ahora la música que hiciste como Smog? ¿Qué ha cambiado desde entonces?
En realidad es lo mismo, simplemente soy más cuidadoso con lo que hago.
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