Los milagros existen. The Sonics, la banda de garage más seminal de la historia, regresa a la vida tras más de treinta años de silencio y por primera vez pisará la Europa continental. Será este mes de mayo en dos festivales, el 30 en el Estrella Damm Primavera Sound de Barcelona y el 31 en el Noise On Tour Rocks de Bilbao.

Es de justicia referirse a The Sonics como a uno de los pocos grupos que cambian vidas. La primera vez que escuchas un disco, o una de las canciones clásicas de los norteamericanos (“The Witch”, “Psycho”, “Have Love Will Travel”, “Strychnine”…), te da un vuelco el corazón, sientes un terremoto a tu alrededor, y no vuelves a ser el mismo. Se te queda grabada esa batería imposible, ese saxo salvaje, ese teclado de otro mundo y esa rabia de Gerry Roslie al micro.

“Me gusta la energía de gente como Little Richard, se entregan mucho, dan todo lo que tienen, es la manera en que me gusta cantar”

Tener de vuelta a la banda que dio sentido al rock de garage de los sesenta, a los primeros en darles a esto de sixties punk junto con The Kingsmen y The Wailers, es una buena noticia. Más aun cuando se lo toman en serio. Así nos lo cuenta por teléfono Gerry Roslie (cantante y teclista). “Bueno, ha sido muy divertido regresar a los escenarios, pero hemos tenido que ensayar y practicar mucho para volver a tener las canciones bien. Mucha gente nos pidió que volviéramos a tocar, de hecho un promotor de Nueva York llevaba diez años pidiéndonos que volviéramos, y al final concertamos un acuerdo y nos avisó con mucha antelación para dejarnos tiempo para ensayar”. Miremos ahora un poco atrás. The Sonics son uno de esos grupos que ejemplifican de forma perfecta el concepto de banda maldita: una corta andadura y cero éxito en su momento. Cuarenta años después, son lo más grande y hasta tocan en un festival indie. ¿Qué no acabó de funcionar en los sesenta? “Uno de los rasgos de nuestra música que nos impidió tener tanto éxito fue haber sido muy salvajes, gritábamos mucho, no nos ponían en muchas radios por no encajar con el estilo. Éramos demasiado fuertes y ellos temían perder su público habitual, pero a la gente le gustaba nuestra música. Tocar duro nos gustaba simplemente porque nos hacía sentir bien, en vez de tomarlo con calma queríamos animar a la gente, que bailaran, que hicieran lo que les diera la gana”. Gerry Roslie fue considerado en los primeros años sesenta como el “Little Richard blanco”, título que aun nadie ha tenido huevos de disputarle. El trono sigue intacto. “Me gusta la energía de gente como Little Richard, se entregan mucho, dan todo lo que tienen, es la manera en que me gusta cantar”. ¿Aun conservas la voz por eso? “¡Sí!”.