Sin Avecrem
Entrevistas / Sr. Chinarro

Sin Avecrem

Sergi Costa — 26-11-2002
Fotógrafo — Archivo

Con “Cobre cuanto antes” (Acuarela, 02), Antonio Luque –aunque el núcleo duro del grupo se haya reducido formalmente a él, un batería y un percusionista- se acerca sólo periféricamente a la fórmula pop que tanto le resultó en el bienio 1997/98, ya que las secuelas de su último álbum parecen aún marchitar formalmente aquello que tocan. Tras diez años, entre tapa y tapa, refrán y refrán, al andaluz nadie le discute un premio nada desdeñable: respeto unánime de la prensa, un peso influyente considerable y la perpetuación de su propio coto privado dentro del indie cañí. Ahí queda.

Aunque el surrealismo de sus textos -demasiado abstractos para ser asumidos por una plana mayor- y su propio mundo –la peculiar forma de promocionar sus álbumes como botón de muestra- seguramente hayan minado sus posibilidades en cuanto a reconocimiento popular (“No hay más que oír el himno de España para comprenderlo”), su trayectoria como artista decano del indie español merece más que una breve reflexión: sobre sus inicios (razón de peso para la existencia del sello Acuarela, e impulso creativo para bandas como Paperhouse y Los Planetas), su ecuador (esos dos álbumes imprescindibles de finales de los noventa, en los que primaba la melodía por encima de cualquier estigma de aflicción) y su particular bienvenida al nuevo siglo, con una hambrienta fase creativa (dos álbumes y tres Ep´s en un bienio) en la que ha cabido de todo: desde la perfección melódica y afectada de “La pena máxima” (00) -¿otro homenaje en clave a sus bandas favoritas de los ochenta?- al denso pero interesante “La primera ópera envasada al vacío” (01), rematado con “La tapia del perejil” y “La casa encima”, dos Ep´s que sirven de epílogo para los que sostenían la pérdida definitiva del espíritu arrabalero del sevillano.

“Te juro por Snoopy que ahora soy treinta por ciento más feliz”

Con un planteamiento individualista –“Nadie es imprescindible, excepto para el show. Si no, la gente merodea”- de buen principio, Antonio se ocupa esta vez de voz, guitarra, bajo, teclados y acordeón, secundándole un batería (nada que ver con el salto al vacío que transmitía esa batería de plomo de su último álbum) y un percusionista (Ventura y sus campanillas). El uso, para nada anecdótico, del acordeón sustituye en parte el sino emotivo de los teclados de antaño (“Cuando toco los teclados procuro como mucho recordar antes a Begoña”), ya que si algo hizo célebres “El porqué de mis peinados” (97) y “Noséqué-Nosécuántos” (98) fue ese estado de gracia en el que las melodías adictivas de teclado, las guitarras en plano medio, su voz y los coros le daban a la mayoría de sus temas ese empaque irresistible propio del repertorio de aquellas buenas bandas cuyo éxito se cimienta en el estribillo. Cinco años más tarde, al universo lírico de Luque ya no sólo le vale la inmediatez de las circunstancias, si no que sus textos (basados en la observación y como siempre surreales, costumbristas y lúcidos hasta cierto punto -“los textos de mis canciones fluyen como los extremos (de fútbol)”-) se mueven en un contexto diferente: aquel en el que las guitarras (ahora por ahora, el ingrediente principal de su música) suenan más abrasivas, enredadas entre capas (“lamento que no todo el mundo sepa entretenerse con esos barullos o ovillos de guitarra”) y en dónde los teclados son sólo un complemento más (“Tocar el teclado no me hace pasar tanto un buen rato”). Aparte Antonio canta su elocuente retórica como si estuviese más apesadumbrado que de costumbre (“Aunque te juro por Snoopy que ahora soy treinta por ciento más feliz”) y el efecto aflamencao que marcara sus mejores álbumes parece perdido en la perspectiva del pasado (“Hace dos años que no piso la Feria (de Sevilla); aunque depende del oído del gato, pues buen ver no tiene tanto el lince”). Con ello, el Sr. Chinarro factura un trabajo que vuelve a ser un buen álbum, aunque quizá el paso de los años lo hará ver más como un álbum de transición (¿a qué?, ¿al pasado que muchos añoran o como evolución natural de la ruptura que representó su anterior álbum?, a lo que el aludido responde: “Veo este disco como una continuación del planteamiento melódico del tema ´Merche*´ de mi último tema, aunque es mejor no adelantar los acontecimientos sea cualquier cosa el tema de la conversación”) más que como un verdadero giro de timón post-resaca. Porque, aunque no lo parezca a simple vista, Luque sigue de resaca (“Sí, primero hay que lavarse y luego hay que lavar el cuarto de lavarse y sucesivamente”). De la soportable, afortunadamente. El andaluz, que a pesar de los años transcurridos sigue sin creer que haya sido una influencia inapelable para el indie patrio (cañí, si lo prefieren), entre otras cosas, por nunca haberse tomado demasiado en serio a sí mismo- sentencia el toma y daca amigable en el que se ha convertido esta entrevista con un lacónico “tacharé ambas opciones, como una quiniela crucificada hasta la muerte” para, y teniendo en cuenta su ajetreo musical en los últimos veinticuatro meses, responder a mi pregunta sobre si el hecho de escribir canciones en su caso es una cuestión meramente relacionada con el propio impulso creativo o como una necesidad vital a là Morrissey. Apunta de paso, para todos aquellos que no cesaron de hablarle de Arab Strap como consecuencia de su giro estilístico, que ahora por ahora lo que escucha más son a “The Strokes, Clem Snide y... (siempre me olvido del resto)”. Lo dicho (y esto siempre vale la pena volverlo a repetir), genio y figura hasta la sepultura.

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