El análisis de su ADN ha llevado a René Pérez Joglar, alias Residente, a recorrer medio mundo para grabar con músicos de los lugares que menos podían evidenciar su origen. Un viaje vital que ha dado pie a un magnífico documental y disco titulados ambos “Residente” (Sony, 17), en el que la senda trazada en el último trabajo de los extintos Calle 13 sale fortalecida por el hilo conductor con el que se planteó este intrépido proyecto.

Basta salir tan solo unos días del caparazón de tu hogar para darte de bruces con el hecho de que vivimos en un mundo global e interconectado en el que lo popular y masivo trasciende como jamás lo había hecho. Es sentarse en un bar del aeropuerto de Miami esperando esa siempre molesta conexión con tu vuelo a Austin y que un camarero de origen cubano te cuente, con entusiasmo y para tu sorpresa, que jamás había presenciado un partido como la remontada del Barça frente al París Sant Germain. “¡6 a 1, hermano! ¡6 a 1! ¡Qué loco!”. Pequeñas anécdotas que dan rendida cuenta de que algo que sucede en tu ciudad puede ser proyectado, a la par que magnificado, hasta el último rincón del mundo sin que uno cobre consciencia. Es una máxima que sin duda puede aplicarse a todos aquellos artistas cuya música tiene los canales del éxito engrasados y bien dispuestos para que el mensaje no quede en el saco roto de la indiferencia. De todo ello es muy consciente René, alias Residente, un predicador de la consciencia que anda embarcado en una huída constante de la obviedad, quien sabe si para lavar los pecados más chulos y caribeños de sus inicios. Su nuevo trabajo en solitario no sorprende porque le precede “Multiviral” (Sony, 14), el último trabajo de Calle 13, que venía a fijar las bases sobre las que asentar a la par que perfeccionar el discurso. Esa fusión entre la arenga vital y política basada en el constante símil más cierta hipérbole aupada por un riff rockero con fuerte tendencia al crescendo, compactado todo ello por la percusión más primigenia y tribal. Una fórmula que funciona, gana adeptos, y permite a mi interlocutor convertirse en referente “alter-latino” con un enorme altavoz que alcanza los rincones más insospechados del mundo. Posición de privilegio en la que es fácil caer en el canto de sirenas de la complacencia, pero lo cómodo, lo fácil, no encaja en el universo creado por Residente. Solo hay que mirarle a esos pequeños ojos de lince para darse cuenta del fuego que atesora su mirada. Se le podrán reprochar ciertas cosas, como a todos, pero nadie podrá negar que embarcarse en el proyecto de rastrear su ADN y atestiguarlo con un disco y, sobre todo, con un documental excepcional que él mismo dirige, es para quitarse el sombrero y brindar por el aguante. “Al principio, este proyecto no lo estaba dirigiendo yo solo. Lo estaba co-dirigiendo, porque todo el concepto a nivel de las canciones, las letras, lo que iba a pasar en cada lugar era mío pero tenía un ‘feel producer’ que estaba dirigiendo la parte de las entrevistas. Además yo no quería usar solamente mi nombre porque inicialmente el proyecto del documental era sobre la música y mi proceso creativo, por eso me parecía raro dirigir algo que tenía que ver tanto conmigo. Pero luego, a medida que avanzó todo, decidí darle más importancia a las historias que me iba narrando la gente y el proyecto cogió otro rumbo. Me parecieron historias mucho más interesantes que plasmar en el documental que atestiguar tan solo lo que sucedía en los diferentes estudios de grabación. Ese proceso creativo también se ve, pero es más importante lo que me va contando la gente”.

Desde que el mundo es mundo millones de relatos se han ido tejiendo y destejiendo como el manto de Penélope. René ha sabido captar con la mirada de su cámara, la excusa de su sangre y la conexión universal que ofrece la música, una serie de historias locales, a la par que universales, que iban mutando a cada nuevo país, pueblo o ciudad que pisaba en los diversos viajes realizados a lo largo de dos años. Cada capítulo merece especial atención y trata sobre un tema distinto, además de recoger un folclore musical que debía ser adaptado al definido estilo de su rima. El reto empujaba para que el resultado estuviera a la altura de lo soñado. “La dificultad, más que en el plano musical, pasaba por darse cuenta de que cuando trabajas con personas hay que saber tratarlas bien para lograr sacar lo mejor de cada una de ellas. Eso es algo que muchos productores no saben hacer porque no logran transmitirte seguridad. Es ese tipo de trato que he tenido en producciones anteriores, el que ahora apliqué hasta elevarlo a la quinta potencia para lograr colaborar con personas que no están acostumbradas a tratar con los beats a los que yo trabajo”. Artistas anónimos -y otros no tanto- que se prestaron a compartir su esencia cultural ya estuvieran en Siberia, África, China o el Cáucaso. En todas partes había una historia que tejer, ya fuera chiquita e íntima o universal y grande.

De todas partes había que tejer una historia, ya fuera chiquita e íntima o universal y grande. Y la verdad es que el documental logra con creces jugar en esos diversos planos gracias a la capacidad que demostró el propio René para adaptarse a lo que podía ofrecer por sorpresa el viaje. Su visita a China podría ser un buen ejemplo de ello. “Mi idea inicial antes de llegar a China no era hablar de la contaminación como pasó después al comprobar que todo lo que me habían contado al respecto era cierto. En realidad yo quería hablar de la sexualidad pensando en que es el país con más gente del mundo. De esa primera idea basada en la reproducción pasé a la sexualidad y mi idea era encontrar a una prostituta para que cantara en el disco. Fue en esa dirección que el equipo de producción del documental encontró a una muchacha que no era prostituta, pero que trabajaba como cantante en un bar de alterne y, cuando decidí ir a ver como cantaba me pareció espectacular como lo hacía. Pero a la vez cuando llegué a China me di cuenta que no podía hablar de la sexualidad, que tenía que hablar de la contaminación Y así fue como nació el tema”. Pero además del desastre ecológico, el documental, y por consiguiente el disco, profundiza en temas que van de lo conceptual (como en esa perla rockera en la que colaboran Bombino y Omar Rodríguez-López titulada “La sombra”) a lo más concreto (ese “Somos anormales” que ya hemos visto reflejado en un clip espectacular). Temas universales que tienen que ver con la fuerza de una vida que nace, aunque también acabe profundizando en los desastres de la guerra. Mención especial merece una secuencia en la que René se ve sorprendido por el llanto de un niño que le narra su experiencia en el maléfico triángulo bélico del Cáucaso. “Sí, me pilla por sorpresa y en el documental se ve como tardo en reaccionar, allí en su casa en presencia de la familia. Como son lugares que culturalmente son tan diferentes a veces uno no sabe uno muy bien como reaccionar y la mejor forma de hacerlo es como un ser humano y por eso le abracé. Un abrazo es universal y fue algo bien fuerte”. Miles de experiencias acumuladas que han tenido un vehículo de expresión en esa rima fuerte, sin pelos en la lengua que arremete contra lo establecido y que en el fondo busca provocar reacciones. Solo hay que escuchar un tema tan cachondo y provocativo como “El futuro es nuestro” para darse cuenta de ello. “Sí más de uno se va a escandalizar con este tema que va de cómo preveo que va ser el futuro. La idea surge cuando estaba investigando sobre los gitanos y analizando todas la quejas que hay sobre ellos. Una de las quejas que compilé es la de un policía que dice que no solo se dedican a robar sino que para colmo predicen el futuro mal (risas) Y claro, ¿cómo sabe él que predicen el futuro mal? Entonces me pareció interesante la idea y quise hacer una canción sobre predecir el futuro mal y vamos a meterle un poco de realismo mágico”.

Desde Austin con amor

Cualquiera que haya estado en el SXSW de Austin (Texas) sabrá de qué le hablo. Este encuentro de la industria musical no es un festival al uso. Es un inabarcable escaparate en el que las actuaciones se solapan por decenas y los nombres de artistas desconocidos auguran que algo puede acabar por sorprenderte en el bar menos pensado. Pero más allá de los garitos concentrados a lo largo de la Sexta, existe un gran escenario a orillas del río Colorado en el que se realizan los conciertos más multitudinarios. Fue en ese precioso marco donde se desarrolló la actuación de un Residente arropado por un público, en su mayoría latino, al que en numerosas ocasiones se dirigió en español para arremeter contra la industria musical, la radio o revindicar la independencia de Puerto Rico. Pero si alguien esperaba comprobar de primera mano cómo sonaban en directo los temas de su nuevo trabajo saldría decepcionado, porque solo se atrevieron con dos. El primer single, “Somos anormales”, lo hizo bien prontito para sonar engrasado y poderoso. “Desencuentro”, también futuro single, corrió la suerte inversa al tratarse de un tema suave y delicado al que el propio René no acabó de cogerle el pulso en el susurro. El resto de la actuación se basó en tema infalibles de Calle 13 como “El aguante”, “La vuelta al mundo”, “Calma Pueblo” o “Latinoamérica”, dimensionados por una nueva banda que le confiere una solidez más rockera y en la que destaca la figura de Omar Rodríguez-López (The Mars Volta, At The Drive-In) al bajo. Ahora solamente nos queda esperar que, poco a poco y durante los ensayos, temas tan potentes de su último disco como La sombra, con la guitarra Tuareg de Bombino como protagonista, “Guerra”, con un desgarrador crescendo que eriza el bello, o la cachonda “El futuro es nuestro”, con el toque de fanfarria cortesía de Goran Bregovic, se vayan incorporando a su repertorio.