“Es la primera vez que me dejo de hostias y dejo que todo fluya”
Entrevistas / Pau Vallvé

“Es la primera vez que me dejo de hostias y dejo que todo fluya”

Yeray S. Iborra — 10-11-2020
Fotógrafo — Archivo

Hay compañías imprescindibles en un encierro. Pareja, familia, amigos, mascotas. Y discos. Pau Vallvé dedicó sus setenta y cinco días confinado a cocinar uno en el que se expuso contra sí mismo. Y salió vencedor, sin tics, sanado. “La vida és ara” (autoeditado, 20) es desde la primera escucha camarada para los tiempos que vengan.

Un bar de Gràcia. Suena salsa en segundo plano, es imposible descifrar la canción (o me excuso por no tener ni idea del género). Hasta hace bien poco, igual deberíamos escaparnos al Vinilo para encontrar una música a nuestro gusto. Pero después de “La vida és ara”, no hará falta.

Pau Vallvé no odia el indie rock. Pero también le gusta la salsa –aunque no tuviésemos noticia de ello hasta ahora– y el bolero, y la bossa nova, y las cajas de ritmos, y las canciones lineales, y la escritura listada, ágil, pispada y feliciana.

Le gusta la desvergüenza y la libertad de carreras tan lejanas como las de Jorge Drexler o Damon Albarn. A Pau Vallvé le gusta la música y la vida. Una celebración que comparte en forma de disco tras setenta y cinco días de encierro sanador en su estudio-sótano. El Pau Vallvé más en paz consigo mismo llegó tras una pandemia.

¿Es este un disco rupturista?
Lo que estoy más contento es que nadie lo ha entendido como rompedor.
Mierda.
[Ríe] He conseguido mi propósito: eliminar todos los tics del pasado, cosas que se habían quedado estéticamente en el proyecto y yo ya no sentía así. Pero nadie lo ha percibido como “qué pedazo de cambio”. Y eso que hay un bolero y una bossa nova.

“Siempre he hecho lo que he querido, pero esta vez con una clarividencia extraña propiciada por estar setenta y cinco días solo, aislado”.

¿Nadie?
Los amigos me han dicho que muy guay, que no dejar de sonar a mí, pero con buen “feeling” y rompiendo con las cosas que había hecho.

¿Más allá de la voz, que no cambia al cantar, crees que no se ha notado tanta diferencia porque has participado en mil y una movidas? ¿Estanislau Verdet, u_mä y demás? ¿Crees que de algún modo el público ya estaba preparado?
He vigilado que hubiese cosas que no cambiarán. Si a “Èpoques glorioses” le quitas la caja de ritmos, sería una canción prima-hermana de “I jo pensant en quan vindràs”. La voz doblada, tranquila, el punteado de eléctrica… Y lo nuevo que traigo, al final tampoco es tan rompedor. No parece tan diferente por eso. Las cajas de ritmo no suenan a modernas, son vintage. Quién me escucha ahora no creo que sepa ni quién fue Estanislau Verdet. O igual sí. Aun así, en los singles he hecho un “fade in”. Pero no, no creo que haya tanta percepción de cambio…

¿Tenías miedo de perder “lo tuyo”?
Sí.

¿Lo difícil era abrirse más allá del indie de banda?
Sí, sin duda.

Teniendo en cuenta que este disco está hecho durante el confinamiento, sin él, ¿hubieses podido abrir esos referentes otros géneros?
Hay un poco de todo. Porque hay una parte que sí estaba decidida antes. Por ejemplo, que no habría batería y sí caja de ritmos; es decir, el formato nuevo de banda. Seríamos solamente dos personas. Estaba harto del rock, de acabar siempre arriba. De la épica. Eso lo tenía claro, los músicos sabían que en la siguiente gira no habría batería; ya en diciembre empecé a hacer pruebas. Pero hasta que no hubo el confinamiento y estuve tres meses en el rincón de pensar y pude ir dejando atrás el ruido y ver las cosas más claras, no pude relajarme lo suficiente conmigo mismo para decir “si me sale hacer una bossa nova, pues la hago”. Siempre he hecho lo que he querido, pero esta vez con una clarividencia extraña propiciada por estar setenta y cinco días solo, aislado. Pude llegar al punto de decir “el mundo se acaba y voy a hacer lo que me haga feliz”. Me cansé de ese punto encasillado del indie, de banda, de querer molar. Ya no quería serlo. Ni es el formato que más escucho ni en el que más cómodo me siento tocando.

¿El confinamiento ha sido entonces olvidar Barcelona, el molar, la industria? También hay una rutina que genera partes del disco: ponerte un bolero y bailar solo en casa. El disco vive tus momentos de disfrute en soledad.
Realmente me doy cuenta de que en el confinamiento… Y no es un disco de confinamiento… El hecho de aislarme tres meses en un sitio pequeño e intenso, y después de una separación, justo en un momento tan crucial, progresivamente, porque al principio era un caos hasta llegar a esa lucidez rara canábica –y sin fumar–, me hizo darme cuenta de muchas cosas. Que era mucho más feliz de lo que pensaba y que tenía mucha más suerte de la que creía y que estaba mejor conmigo mismo de lo que creía. A partir de ahí empecé a crear rutinas y a disfrutar de mis cosas. De mi té, de mis rutinas de deporte. Esos pequeños momentos vividos sin ansiedad. Y ahí pudo aparecer todo: siempre escucho boleros, pero nunca los había disfrutado tanto. Dos días en silencio y un bolero que te entra… Como hacer una cima de montaña, ¡y cigarro! Redescubrí la intensidad de muchas cosas cotidianas. Temazos que te llegan dentro y te hieren.

¿Qué más hay de esas rutinas?
Había una canción que tenía claro que quería grabarla en directo, sin pistas. Y lo que empezó como un simple ensayo diario, de ir practicando hasta que me saliera bien, se convirtió en una rutina de canción para ir a dormir, por tarde que acabase. Cerraba las luces y me cantaba esa canción flojita, para mí. Ahora que está acabada y está en el disco, “Magranes”, la escucho y hay un punto de Síndrome de Estocolmo. Se ha convertido en una canción con un significado totalmente diferente al de la letra. Es bonito ese aislamiento positivo y constructivo, con unas rutinas de cuidarse y de comer que me han hecho ser más consciente de muchas cosas.

Te diré algo que creía que no diría nunca: es tu disco más sincero y maduro.
[Ríe] Yo también lo creo, pero no lo puedo decir. Creo que es la primera vez que me dejo de hostias y dejo que todo fluya, que intento tachar tics, que hago un poti-poti de estilos. Cuanto más me he ido cargando, y cuanto más me he dejado fluir de “ahora grabo y ahora no”, sin tomármelo tan en serio, más yo me he sentido. Es bonito. Y es bonito que otra gente me lo diga.

“Las canciones, sin que fuesen un catálogo, son una lista de temas que me han preocupado a lo largo de la vida. La organización social, no disfrutar las cosas, etcétera”.

Es un disco pequeño, que camina por su verdad. Es interesante que vaya del cierre con tu pareja hacia ese autoperdón, hacia un optimismo pragmático y el disfrutar del día a día. Sin el encierro, ¿hubiese habido más mal de amores?
Siempre hago discos como dietarios. Y he querido seguir siendo fiel. La separación no ha sido un gran tema. La separación y cómo la he vivido estaba más tratado en el disco anterior, ya se ve en el otro que algo no va, “Cada infern un dau”. Como no sé quién decía: “Una separación siempre es una buena noticia”. Quién está bien no se separa. Es como vomitar, nadie quiere, pero luego, ¡qué bien! Ha sido una buena separación para los dos, amistosa. Nos lo sacamos de encima. Y en el disco lo he tratado como en la vida: “Vale, y ahora seguimos”. Hay dos canciones sobre eso, “Buguenvíl·lies” y “Èpoques glorioses”. Son las dos de una pena positiva. Hasta aquí y adelante. Son las primeras porque cronológicamente debía ser así, por eso son el capítulo inicial de una historia serena que viene después: no todos los amores duelen. También son las dos canciones más como el Pau Vallvé de antes.

“Y si paressim un moment per respirar profundament…”.
Y el disco avanza.

Hay un ‘switch’ en la forma de escribir. ¿Forma parte de ese trabajar desde el desprejuicio? ¿Incluir a la hora de escribir ideas de Jorge Drexler? Mucha frase motor, pero sin que rimbombe.
Hay una parte que queda demostrado que cuando haces las cosas sin tiempos, sin presión, sin expectativas, para ti y para disfrutar, sin estrés, sin calendarios, tachar y rehacer, tachar y rehacer, se nota. Cuando puedes ir destilando y destilando…

¿Tú no has podido hacer un poco siempre eso? ¿Comprando tu tiempo entre gira y gira?
El estrés no me dejaba. Siempre con pánico a perder el tiempo…

¿Demasiada autoexigencia y control?
Exacto. Y empezar a hacer el disco a finales de abril, después de un mes en pijama, como aquel que dice, fue clave. No tenía prisa. Porque si tenía prisa, a las tres horas ya no sabría qué coño hacer. Así que calma. Ir bajando el ritmo y la exigencia, todo se va mucho más claro. Eso nunca lo podemos hacer. Por fuerza, se nota. Lo otro que te quería contar es que gracias a ese tiempo he llegado a conclusiones grandes. Las canciones, sin que fuesen un catálogo, son una lista de temas que me han preocupado a lo largo de la vida. La organización social, no disfrutar las cosas, etcétera. Y al final, y dándome cuenta de esos capítulos que he ido abrazando, son cosas que me han costado pero me han hecho ser feliz. Cuando hago “check” a todas esas cosas, soy feliz. Cuando lo acabo en el confinamiento, me doy cuenta de que me he reconciliado. La vida es una mierda, no hay futuro y todo es drama, pero la vida vale la pena. Y ese clic… Toda la vida cantando triste y me doy cuenta en ese progreso que soy feliz. El disco va de eso, es un manual de ser feliz, pero no de “coaching”.

Es clave que no des lecciones. Que solo acompañes.
No subrayo las recetas.

Si no, te hubiese quedado un disco de autoayuda.
Totalmente. La tercera cosa es la portada. Una mierda de arroz que se está pasando. Después de todo ese proceso, “la vida es ahora”. Un disco sin foto analógica de paisaje idílico. Nada, nos hemos dado cuenta de que lo que echamos de menos no es ir a Tailandia ni ligar por Tinder a muerte, sino abrazar a una madre. Lo que más valoramos es lo que teníamos ante las narices. ¿Esa es la conclusión? ¿Autoayuda? Puede. Pero por otro lado. Hace cinco años con este disco, hubiese vomitado. Pero si he sido capaz de hacer todas las frases sencillas del mundo y no tengo claro que puedo poner esa portada, a la mierda.

¿Tenías opciones más intelectuales de portada?
En general siempre tengo portada y título antes de grabar. Esta vez no. Aquí no tenía ni color asociado, algo que siempre había pensado mucho. La foto, es de cuando vivía en Banyoles. Me dije: “¡A tomar por culo, no es la Biblia esto!”. [Mientras suena rock evangelista en el bar]

Me dirás que igual me equivoco, pero en “Copiar/Pegar” escucho la bellota de esta música que suena en el bar, sesentera, pero a la vez un poco de, ¿trap?
“Copiar-pegar” era un ejercicio. No lo escucho porque no me atrae. Pero todo ese movimiento trap, con esos bombos que se comen a la música, me parece apasionante. Igual que lo cañero-grumoso de Korn en los noventa. Pero siempre echo de menos a The Beatles, acordes. E intenté mezclar un tema de The Beatles de mellotron con ese tipo de sidechains con ritmos que no acaban de andar. Podía salir bien o mal. Cereales con butifarra. Cosas separadas que molan y que si las juntas igual la lías. Pues mira.

“Quería dejar de ir con banda de rock y parafernalia, porque con una banda de rock nunca se entiende del todo la letra y quería poner el hilo conductor por delante de la estética”.

No descuadra.
La letra que tenía, entraba. Todos damos consejos cuando vemos los problemas de los demás y uno no ve los propios, pues era el mismo descuadre de esa mezcla. Es la canción menos relajada del disco. Mírate primero lo tuyo antes de dar consejos.

Sigo repasando: “Què va, què va” y el rollo Drexler…
Para mí es clarísimo. Como referencia, es alguien a quien admiro. Pese a llevar mil años y mil discos, siempre sigue con curiosidad y cada vez va a mejor. Tiene un autojuego muy interesante. Por lejos que esté de cosas que me gustan, siempre es muy interesante. Y lo hace todo por algo, siempre hay una reflexión, hay sentido, pese a ser vívido y natural. Le admiro mucho. Tengo muchos amigos que curran con él y su trato también es admirable. En “Què va, què va” se me ha filtrado mucho. Y se filtra mucho la bossa nova, que desde que empecé a tocar la batería me encanta. En mi sótano sin luz, de repente había luz cuando tocaba. “Què va, què va” además es una lista de pequeñas cosas de “check” y era bonito hacerlo con una bossa nova.

Es un tema que comparte mucho con “De repente”, de Kevin Johansen.
En mi caso, por eso es un “¿cómo puede ser que haya hecho tantas cosas y todas las haya sufrido tanto?”. Todo lo he sufrido. El videoclip. El bolo. La gira europea, el mail, todo tan bien, todo tan… Bueno, si lo hubiese sufrido menos, habría salido peor, pero lo hubiese disfrutado más.

¿Te has curado de autoexigencia?
Un poco sí.

¿Con la boca pequeña?
[Ríe] Hombre, mucho tampoco. Pero un poco sí. Las voces son las primeras tomas. Qué más da, ¡si por tomas que haga no seré un muy buen cantante! Eso no lo había hecho en la vida, dejar cosas desafinadas. Es un paso para mí.

Dentro de tu circuito, ¿crees que hay espacio para hacer un tipo de carrera, del tipo Drexler o Albarn? Estas cosas de personas que se han podido profesionalizar jóvenes, y cuando tienen cuarenta o hacen lo de siempre para que la rueda gire o empiezan a explorar vías raras e interesantísimas.
Me hace ilusión porque Damon Albarn, junto a Drexler, también es un referente, además de musicalmente, le sigo y tengo todos los vinilos, porque admiro que haga lo que quiera. Puede hacer “Mali Music” donde él canta para que se venda pero el resto son músicos de allí, o de repente hace un disco de música del renacimiento con flautas. O el “Democrazy” (03) que no entiendo por qué no está en Spotify. Esas grabaciones con cuatro pistas no tienen precio. Pero claro, tienes razón en la pregunta: ¿Uno se lo puede permitir en este país? Pues no como ellos, tengo que encontrar la manera. Sí mi carrera no es lo que me da de comer… Curro de otra cosa. Si ahora coincide que me da de comer, bien, si no, pues como he hecho antes o después, pues haré bandas sonoras o producir discos o lo que sea. El país no da para tanto, pero se pueden buscar maneras de hacerlo. Si yo tuviese un disco que no me gusta pero hay que salir de gira, no. Eso no.

En los bolos no te relajarás mucho, por eso, siendo dos.
[Ríe]

¿Intentas llevar al directo la idea de construcción del disco?
Quería dejar de ir con banda de rock y parafernalia, porque con una banda de rock nunca se entiende del todo la letra y quería poner el hilo conductor por delante de la estética y en esta línea al deshacerme de la idea clásica de banda no quería perder que pasaran cosas. No poner “play” y cantar. Tocamos igual.

El mago que hace trucos de cerca.
Looper, grabación de ritmos, segundas capas, ver cómo aquello se crea; se coge la guitarra, segunda estrofa, entra bajista, las luces se abren cuando aparecen las cosas. Esto pasa aquí, está pasando. Eso era importante. Y con las canciones anteriores… La adaptación ha sido un currazo con Darío Vuelta.

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