Tenía que llegar. Lo oscuro, lo siniestro… ha llamado a la puerta de Niños Mutantes en “Diez (Ernie, 17), su nueva entrega. No esperes más de lo mismo; aquí, no. Se han cansado de ser chicos buenos y de estribillo fácil. After punk, post punk, new wave, industrial… da igual cómo lo llames. Vas a notar cómo todo se tiñe de negro desde la primera canción, en el nombre del rock. Algo que incomoda, que no te esperas, pero que a ellos les estiliza como nunca. Han bajado la persiana y no hay intención de subirla. Hablamos con Juan Alberto Martínez sobre este nuevo sonido, la gestación del álbum, la trayectoria y el momento actual de la banda, Lorca, Granada…

Décimo disco de Niños Mutantes, con 10 canciones. Todo demasiado redondo, ¿no?
Lo de redondo sería como pensar que ha sido fácil. Y no lo ha sido. Este disco ha sido una auténtica batalla. Personal y musical. El parto más doloroso y a la vez el más placentero, y lo decimos con mucha perspectiva porque hubo otros nueve antes. Hemos mimado este disco como ningún otro, porque era un momento muy importante. Hacer un décimo disco da pánico, da vértigo, sobre todo justo después de haber recibido un disco de versiones de la plana mayor de la música independiente. Teníamos mucho peso encima de los hombros, y la sensación de que o hacíamos algo que rompiera con lo anterior o estaríamos cavando nuestra tumba. Queríamos demostrarnos que somos capaces de romper con nosotros mismos y de afrontar un décimo disco como un desafío, no como un disco más. Y encima de todo tuvimos que resolver nuestros problemas internos y darnos cuenta de que la única forma de hacerlo era partirnos los cuernos juntos en un disco especial y diferente a lo que habíamos hecho antes.

“No huimos del éxito. Mentiríamos si dijéramos que queremos volver a las cavernas. De lo que hemos huido es de nuestra zona de confort, de la repetición y de la inercia”.

Empecemos analizando la portada: foto en blanco y negro, sobriedad… La ves y piensas inevitablemente en Echo & The Bunnymen, The Jesus and Mary Chain, The Cure… ¿Era esa la intención? ¿Preparar al público para lo que hay dentro?
Siempre se intenta que el diseño conecte con las canciones. No es casual que buscáramos para el diseño a Ángel Lozano, que es el más siniestro de Granada (el Robert Smith de la Vega). Le pedimos que fuera por ese camino, y lo ha bordado. Queríamos hiperrealismo, salir tal y como somos a nuestros cuarentaypocos, sin retoques ni artificios. Y el hiperrealismo en nuestro caso lleva a lo siniestro (jojojo)

Escuchando las canciones, la sorpresa es inevitable. Es un disco oscuro, poco amable, nada festivo. Y con cierto aire ochentero. ¿A qué se debe?
Nuestros últimos discos sonaban muy amables. Nos metimos de lleno en un sonido pop, con toques acústicos y folkies, y le perdimos miedo a la luz. No nos apetecía nada repetir ese camino. No nos motivaba. No tenía sentido volver a grabar lo mismo. A la vez oímos forzosamente nuestros primeros discos con el asunto Mutanciones, y le cogimos gusto de nuevo a la rabia y la fuerza con la que empezamos en esto. Y por encima de todo, nuestro estado de ánimo estaba cargado. Había tensión por todas partes. Y eso lleva a sonar más agresivo, más oscuro y con muchas más aristas.

Tras haber llegado a un público masivo en los últimos años, da la sensación de que ahora, con este disco, huyerais del éxito o quisierais pasar más desapercibidos.
No huimos del éxito. Mentiríamos si dijéramos que queremos volver a las cavernas. De lo que hemos huido es de nuestra zona de confort, de la repetición y de la inercia.  Podíamos haber repetido fórmulas que conocemos y que nos han funcionado bien en los últimos años, pero eso no nos interesaba. Da mucho vértigo hacer un décimo disco. Te planteas si merece la pena convertirte en una copia degradada de ti mismo. La única opción es asumir riesgos y ponerte desafíos. Nuestro reto fue hacer un disco de estrofas, no de estribillos. Vemos demasiada música facilona a nuestro alrededor. Hay mucha obsesión por el single, por el aplauso fácil. No queremos hacer música que sea sólo la banda sonora de los próximos selfies y que caiga igual de rápido en el olvido. Eso no es para nosotros, hay ya muchos voluntarios.

El amago de ruptura de hace unos meses, ¿ha influido en todo esto?
Claro. Ha sido doloroso. Generábamos cierta envidia por nuestra armonía. En el mundillo todos sabían que los mutantes más que un grupo éramos hermanos. Llevamos dos décadas juntos sin apenas cambios de formación. Siempre se ha notado que nos queremos y nos llevamos bien.
De repente, justo a la semana del concierto de “Mutanciones”, tuvimos la bronca más grande de nuestra historia. El fantasma de la ruptura nos visitó por primera vez. Fue muy desagradable. Descubrimos mucha mierda que no había salido entre nosotros, y salió de golpe y a borbotones. Las cosas no son como siempre, han cambiado entre nosotros. Son lazos familiares, nos queremos y nos odiamos a partes iguales. Nos cuesta relacionarnos sin acabar discutiendo. Luego nos perdonamos en dos segundos, pero es bastante agotador. La música es la única que nos calma y nos vuelve a dar paz y armonía, por eso nos hemos agarrado a ella con más fuerza que nunca.

Hurguemos un poco más en este trabajo: “Menú del día” es la canción que lo abre y en ella habláis de lo aborregada que está la sociedad, hoy en día. ¿Hasta qué punto un músico debe implicarse en estos temas?
Las peores fantasías de una sociedad de autómatas controlados se han hecho realidad bajo el disfraz de falsa libertad de las tecnologías y las redes sociales. Vivimos encerrados en celdas del tamaño de la pantalla de nuestros móviles. Y así somos más manipulables que nunca.
Si eso acaba en nuestras canciones no es por sentirnos obligados moralmente a la denuncia. Nuestras canciones hablan de obsesiones personales, siempre ha sido así. Son más de terapia que cócteles molotov. Escoger la canción como vehículo para la protesta es una opción libre. Un músico no tiene más obligación que un funcionario o que un deportista o un médico de implicarse en asuntos sociales. La obligación la tenemos todos, como ciudadanos. Meter en la música cuestiones políticas es una opción libre. A veces se huele a la milla que es más una cuestión estética que ética. No nos gusta que nadie intente dar lecciones de pureza. Que cada cual haga con su música lo que le salga de las ingles.

“NM” parece la más autobiográfica, la que podría resumir el momento actual de la banda. ¿Es así?
Resume una filosofía de vida. Somos conscientes de que la música nos ha salvado de otras vidas peores. Es una confesión, una carta de amor y una declaración de intenciones

“Pura vida” está compuesta por J. Alberto en Costa Rica. ¿Qué hacías allí, si no es indiscrección?
Hacer música y viajar son las dos cosas que más me gustan del mundo. En 2016 tuvimos más tiempo que nunca, y aproveché para visitar Costa Rica. Está en mi lista de países sin ejército y en los que la naturaleza es más importante que los humanos. Pasa como con Islandia, que cumple con esas dos condiciones, y que también inspira “Glaciares y Volcanes”. Costa Rica es una explosión de vida. “Pura Vida” nació del aburrimiento de asistir a una tormenta tropical interminable que impedía salir a la selva. Llevaba un ukelele, por si acaso, y no lo había sacado ni un segundo, porque allí lo que apetece es empaparse de todo lo que ves en los bosques milenarios. Tenía reservado su lugar para acompañar a la tormenta, y salió la canción sola.

También hay un par de homenajes a Lorca: “FGL” y “Glaciares y volcanes”, concretamente. Parece que su figura se ha reivindicado mucho más desde fuera (Leonard Cohen, Bob Dylan, Tim Buckey…) que desde aquí. ¿Tenéis esa sensación?
Viviendo en Granada no se puede tener esa sensación. Federico tiene mucha presencia, tanta que nos referimos a él por el nombre propio. Lo que pasa es que se le usa como una atracción turística, como si fuera el Patio de los Leones de la Alhambra. Poca gente se para a leerlo, más allá del Lorca más folclórico de las cuevas del sacromonte, el llanto de la guitarra y el polisón de nardos…. Ese Lorca es maravilloso, pero el Lorca oscuro y moderno del Poeta en Nueva York y del Diván del Tamarit sigue un poco oculto.
Nani escribió la canción como un pequeño homenaje que, a la vez, retrata un poco nuestra ciudad. Granada no es sólo esa ciudad tan bonita de las postales. Es también una ciudad de provincias llena de envidias que fusila a sus poetas.

El sonido y las letras dejan claro que es el álbum más oscuro de vuestra carrera. Luego leemos en los créditos que está grabado en la casa-estudio de Martin Glover (Killing Joke) y producido por César Verdú y Abraham Boba (León Benavente). Todo encaja. ¿Cómo y por qué decidís contar con todos ellos?
Llevábamos cuatro discos grabando en las Alpujarras granadinas, con JASS, nuestro técnico de directo, y contando con productores de referencia de los que están en mente de todos, como Ricky Falkner o Fino Oyonarte. Nos ha funcionado a la perfección, y han sido discos que nos han hecho crecer muchísimo, pero no queríamos ir a lo fácil.
Pensamos que mejor que una producción al uso podíamos buscar a gente que no está habituada a producir, que no tiene tics ni rutinas, pero que podrían asumir perfectamente una producción. La idea era buscar a músicos que pudieran meterse en nuestra música para ayudarnos en el reto de asumir riesgos y recuperar un músculo y una rabia que habíamos abandonado últimamente.
León Benavente es nuestra banda nacional favorita de los últimos años. Y conocemos a César y a Boba desde hace muchos años. Son amigos, nos entendemos, nos respetamos y nos admiramos mutuamente. César ahora está centrado en la batería, pero como técnico se ha encargado del sonido de mucha gente diferente. Boba viene de sus discos en solitario y de trabajar con Julio de la Rosa y Nacho Vegas. Eran perfectos para lo que queríamos, porque ahora mismo tienen las ideas muy claras en LB, y a músculo no les gana nadie, pero a la vez son esponjas y están acostumbrados a dejar sus egos atrás y darlo todo por proyectos ajenos.
Ha sido uno de los mayores aciertos de nuestra carrera. Tienen mucho talento pero, además, son unos currantes. Trabajan muchísimo. Y nos gusta la gente que se toma así de en serio la música. Nos repelen los iluminados que se creen tocados por la gracia divina y no pisan un local de ensayo. Empezábamos temprano, llegábamos recién duchados a desayunar juntos las naranjas del huerto de Martin Glover, nos poníamos en el tajo y estos dos señores no se separaban de la mesa hasta que por la noche parábamos. Nos han ayudado a pulir estas canciones en cada detalle. Ha sido un trabajo de orfebrería. Hacer canciones y grabar es arte, pero también es artesanía. Y estos dos conocen el oficio y dan el callo como nadie.

Y… ¿cómo se gestó el fichaje de Alonso (Napoleón Solo) para los directos? ¿Se ha adaptado bien al equipo?
Alonso es el talento más grande que hemos visto en los grupos que han salido de Granada en los últimos años. Es un genio, como músico y como persona. Lo admiramos y lo queremos mucho. Llevábamos meses pensando en llamarlo y proponerle tocar con nosotros, pero le tenemos mucho respeto y nos daba miedo un “no”. Cuando lo llamé y le lancé la propuesta no tardó ni una décima de segundo en decir “sí” emocionado, y yo a la vez me emocioné de que quisiera unirse a nosotros. Va a hacer que nuestros directos lleguen a otro nivel que nunca hemos tenido. No es que se haya adaptado bien, es que parece que llevamos tocando juntos toda la vida.

Cada vez aparecen más fechas de presentación de ‘Diez’. ¿Teníais mono de furgoneta ya?
Muchísimo. En 2016 nos quitamos de los escenarios a caso hecho, y ha sido más difícil de lo que pensábamos. Tenemos un mono muy bestia. De hecho pensamos que nuestras crisis tienen que ver con no haber estado haciendo lo que siempre nos ha gustado más: viajar y tocar juntos.

Para terminar, habladme de la escena musical actual en Granada; una ciudad en la que siempre pasan cosas. Constantemente. ¿La veis bien de salud? ¿Qué grupos emergentes destacarías?
Granada no para. No es ya que los de toda la vida sigamos vivos y coleando, y con discos nuevos. Es que los grupos nuevos vienen fuertes y, sobre todo, haciendo música nueva. Nuestra debilidad son Trepàt, que aportan a Granada una perspectiva mucho más rompedora. Los grupos de Granada solemos ser muy clásicos. Aunque la mona se vista de seda, aquí somos de canción pop con su estrofa, su estribillo y su riff. Trepàt van más allá, y tienen un concepto más cercano a la música electrónica y una puesta en escena tremenda.