“La muerte es lo único que tenemos claro, pero también lo único que desconocemos”
Entrevistas / Moby

“La muerte es lo único que tenemos claro, pero también lo único que desconocemos”

Carlos Pérez de Ziriza — 20-07-2021
Fotógrafo — Archivo

Moby sigue editando nuevos discos, pero también mirando hacia atrás. Su nuevo álbum se llama Reprise (Deutsche Grammophon/Universal, 2021), y es una reinterpretación en clave orquestal de algunas de las mejores canciones de toda su carrera, su ingreso de hecho en el prestigioso sello de música clásica Deutsche Grammophon, con colaboraciones de Gregory Porter, Mark Lanegan o Kris Kristofferson.

Su publicación coincide en el tiempo con la salida de “Moby Doc” (Rob Bralver, 2021), un documental que cuenta su vida de un modo muy original, rehuyendo los tópicos del género, que no tiene ni un minuto de desperdicio, y apuntala un periodo autobiográfico, el último lustro, durante el cual también publicó un par de libros de memorias.

El músico neoyorquino nos atiende por zoom desde su casa en California, y se muestra tan inteligente, humilde y perspicaz como de costumbre. Es uno de esos entrevistados con quienes a uno no le importaría quemar un par de horas.

¿Pretendías con este disco volver a tus orígenes antes de la electrónica? ¿Darles a tus viejas canciones un significado nuevo?
Fue una combinación de dos cosas. Por una parte, me gusta mucho la idea de trabajar en modos que no he probado antes. La mayor parte de la música que he hecho en mi vida ha sido compuesta por en mi pequeño estudio de grabación, solo por mí. Solo una persona, casi siempre de noche, trabajando en la música. Y hacer un disco con orquesta, por definición, requiere mucha otra gente. La orquesta, un coro de góspel, instrumentistas, un director, ingenieros de sonido… y era muy interesante trabajar de un modo en el que no lo había hecho hasta ahora. Pero la razón más importante fue que, usando estas canciones, intenté crear algo que tuviera una profundidad emocional. Generar emoción con música hecha solo con instrumentos acústicos. Sin electrónica. Lo que es un desafío, porque siempre me ha gustado la gente que tiene la habilidad para utilizar un cuarteto de cuerda, o la música clásica o los instrumentos acústicos para crear o canalizar la emoción a través de su trabajo.

“Y ahí estaba yo, con David (Bowie), mi músico favorito, en el sofá, tocando esa canción que resulta que es de un músico que además es mi vecino”.

¿Cómo surge el contacto con Deutsche Grammophon? ¿Tenías claro que era el sello indicado?
Sí, hace unos cuatro años ofrecí un concierto en Los Ángeles, en el Walt Disney Concert Hall, con Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Los Ángeles, básicamente una noche de versiones orquestales de mis canciones, con un coro de góspel y diferentes cantantes. Después del concierto, Hannah Rossman, de Deutsche Grammophon, se acercó al backstage y me preguntó si estaría interesado en plasmarlo en un álbum. Le dije que sí, al instante. Obviamente, es la discográfica más vieja y respetada del mundo. No me podía creer que me permitieran grabar un disco orquestal con su logo en portada.

Hace poco estuve entrevistando a Brian Bell, de Weezer, quien me decía que en el álbum de su banda, “OK Human” (Crush/Atlantic, 2021), habían tenido miedo de sonar demasiado pomposos al utilizar una orquesta. ¿Te pasó a ti también?
Lo que me gusta de la música acústica y de trabajar con un cuarteto de cuerda o con una orquesta completa es la dinámica. Puedes disponer de secciones muy delicadas y también otras muy escandalosas, muy bombásticas. La palabra “pomposo”… creo que estaba más interesado en crear algo que tuviera un enfoque emocional, que respirase de esa forma. Y creo que mi trabajo era más fácil que para otros músicos que también vienen del pop o de la electrónica, porque muchas de estas canciones ya fueron originalmente escritas con cuerdas, aunque fueran cuerdas sintetizadas: “Natural Blues”, “Porcelain”, “Go”… ya habían sido orquestadas, aunque fuera a mi manera, de un modo extraño. Así fue como nacieron en mi estudio, con mi sintetizador.

Cuéntame sobre las colaboraciones en el disco. Están Gregory Porter, Mindy Jones, Mark Lanegan, Kris Kristofferson… ¿tenías claro quiénes iban a participar en cada canción en cuanto las reimaginaste? ¿O fue un proceso posterior?
Depende de los casos. Ya había grabado “The Lonely Night” con Mark Lanegan hace unos diez años, salió en el disco “Innocents” (Mute, 2013), fue una de las últimas del disco y no estoy seguro de si mucha gente la escuchó, pero es una de mis canciones favoritas. Y simplemente tuve esta visión de Kris Kistofferson cantándola con Mark (Lanegan), eso lo tuve claro desde un principio. Con “Natural Blues”, por ejemplo, fue distinto, ya que empecé grabando la parte instrumental y fue luego cuando pensé en quien la podría cantar, y Gregory Porter fue una de mis primeras elecciones. Él, muy amablemente, dijo que sí. Y eso me llevó a conocer a Amythyst Kiah, con quien forma dueto en la canción. Hay una versión original de “Troubled So Hard”, creo que de los años 30, que es su base, y que es un dueto entre un hombre y una mujer, así que era una forma de recrearla.

También hay una versión de “Heroes”, de David Bowie, con quien tuviste una buena amistad. ¿Era una forma de rendir tributo al único colaborador con el que era imposible contar?
David Bowie era mi músico favorito de todos los tiempos. El primer trabajo que tuve fue en un campo de golf, cuando tenía trece años, y lo primero que hice con mi primer sueldo fue comprarme dos discos de Bowie. Años después, sobre 1999, se me acercó por la calle para saludarme, algo que me pareció increíble en aquel momento. No nos conocíamos en persona hasta entonces. Nos hicimos amigos, casi vecinos, vivíamos muy cerca el uno del otro. Nos fuimos de gira juntos, pasamos vacaciones juntos… hubo un momento precioso, una mañana de sábado, en 2001, en que se pasó por mi piso, preparó un café, nos sentamos en el sofá y nos marcamos una versión acústica de “Heroes”. En mi opinión, es la canción más bonita jamás escrita, aparte de que Bowie, como te digo, es mi músico favorito de siempre. Y ahí estaba yo, con mi músico favorito, en el sofá, tocando esa canción que resulta que es de un músico que además es mi vecino. Algo increíble. La versión que figura en el disco, como dices, es un tributo. A él, a mi amistad con él. Pero también se supone que es como una representación de aquel momento en el que estuvimos sentados en mi sofá tocándola.

¿Y por qué no quisiste cantarla y delegaste para ello en Mindy Jones?
Quería que fuera una versión que capturase la belleza vulnerable de esa canción. Y que se alejara mucho de la original. Porque la original es perfecta. La grabación de David Bowie con Tony Visconti y Brian Eno es perfecta. No la puedes mejorar, de ninguna de las maneras. Quería cambiarla casi por completo, de forma que no pareciera que estábamos intentando mejorarla, sino hacer algo distinto. Sin batería, sin guitarra eléctrica. Y el hecho de que la cante una mujer creo que hace que el foco se sitúe más en la intimidad de la canción.

Tuve la oportunidad de hablar contigo hace cinco años, cuando publicaste tu primer libro de memorias, “Porcelain” (Sexto Piso, 2016), que cubría tu vida hasta 1999. Luego publicaste otro, “Then It Fell Apart” (Faber Social, 2019), que iba desde 1999 a 2009, y que, a diferencia del primero, no ha sido traducido al castellano. ¿Tienes intención de editar un tercero?
Mmm… es una pregunta interesante. El único problema es que ahora tengo 55 años, estoy sobrio y mi vida es muy, pero que muy aburrida. Me gusta la vida que llevo, es muy sencilla. No voy de gira, no bebo, no me drogo, no tengo citas de pareja con nadie… con lo que puede que no esté haciendo nada que valga la pena plasmar en otras memorias. Sería como una misma página que se repite trescientas veces. Levantarme, hacerme un smoothie, leer las noticias, hacer algo de música y practicar senderismo. Así es cualquier día de mi vida ahora, básicamente. Así que si escribiera un tercer libro, no creo que tuviera la misma estructura que los dos primeros. Aquellos dos lo cubrían todo.

“Todos tratamos de escapar de nuestra propia condición humana, pero nadie ha sido capaz de hacerlo”.

De hecho, la salida de tu disco coincide con la publicación del documental sobre tu vida, “Moby Doc” (2021), dirigido por Rob Gordon Bralver, con la participación de David Lynch, entre otros. Al principio del metraje, insistes en la idea – ya expresada en tus libros – de que el dinero y la fama no dan la felicidad. Lo ejemplificas con artistas como Kurt Cobain, que se suicidó. En tu caso, tuviste una infancia dura, algo que te marcó para siempre. Pero, ¿cambiarías la fama y el dinero que has ganado por haber tenido una infancia y una juventud más acogedoras?
Es una pregunta muy interesante. Creo que la mayoría de los seres humanos tenemos alguna clase de remordimiento sobre nuestro pasado. La mayoría de nosotros pensamos que podríamos haber elegido mejor, y evitado algunas cosas estúpidas que hemos hecho. Pero yo últimamente me he dado cuenta de que me siento realmente agradecido por la perspectiva que tengo ahora. ¿Sabes? Por la forma en la que veo el mundo. Eso es producto, completamente, de todas y cada una de las experiencias que he tenido. Así que cuando miro al pasado, incluso cuando pienso en las cosas más terribles – cuando toqué fondo como alcohólico y drogadicto, todos los grandes errores que he cometido –, no me arrepiento de nada porque justo en este momento me siento agradecido de verlo en perspectiva, y afortunado de la vida que tengo. No necesariamente en lo material, sino en el sentido de que mi forma de ver el mundo es el resultado de todas mis experiencias. Incluyendo, por supuesto, las más extrañas.

En realidad, mi pregunta es un poco tramposa, porque una cosa no podría haber existido sin la otra: sin todo lo que viviste siendo un niño, tu música tampoco hubiera tenido esa hondura emocional que, al fin y al cabo, fue lo que conectó con millones de personas en todo el mundo.
Puede sonar simple, pero la condición humana es la condición humana para todo el mundo. Quiero decir que, algunas circunstancias pueden cambiar, podemos tener distinto género, diferente estatus económico, distintas tradiciones religiosas, diferentes tradiciones culturales, pero en última instancia, todos acabamos en el mismo lugar. Y no importa quienes seamos, porque la condición humana comporta un grado de sufrimiento, un grado de enfermedad y un grado de pérdida de seres queridos. Y al final, la muerte. Y todas esas cosas crean confusión y sufrimiento. Pero siento que hay una manera en la que la música puede resonar globalmente, si refleja las experiencias de alguien en su condición humana. Porque todos tratamos de escapar de nuestra propia condición humana, pero nadie ha sido capaz de hacerlo. Intentamos escapar de ello a través de la fama, del dinero, de la degeneración, del nihilismo, del cinismo, de la religión o de la política, pero nada de todo eso va a hacer que dejemos de ser quienes somos. Seguiremos siendo humanos.

Hay mucho sentido del humor en el documental, entiendo que como una forma de quitar hierro a situaciones muy duras, y está narrado de una forma poco usual pero muy didáctica, como si fuera una sesión de terapia personal. ¿Cómo fue el trabajo con el director, Rob Gordon Bralver?
Para serte honesto, casi todo el documental es básicamente una colaboración entre los dos. Pero, obviamente, él sale en los créditos como director porque sería extraño que apareciera yo. Él es el director, escritor y editor, hizo un gran trabajo, pero la naturaleza de la película es atribuible a los dos, tratando de idear formas interesantes de contar una historia. Decidimos desde un principio evitar entrevistas de archivo. Muchos documentales, especialmente los musicales, recurren a ello. Pensamos en cómo evitarlo, y por eso nos inventamos una escena de terapia, la conversación con un doctor, los dioramas y las marionetas. Queríamos contar mi vida sin tener que recurrir al material convencional.

Uno de los personajes destacados en el film es David Lynch. ¿Desde cuándo sois amigos? ¿Desde que decidiste incluir la sección de cuerda de “Twin Peaks” (1990/91) en tu primer hit, “Go” (1992)?
No, le conocí sobre 2007. Por supuesto, su trabajo me encantaba desde la primera vez que vi “Cabeza borradora” (1977). Siempre he pensado que es uno de los directores y creadores más inspiradores en los que uno puede pensar. Le conocí en Londres en 2007. Nos hicimos amigos, organizamos algunos eventos caritativos juntos, pasé unas Navidades en su casa… descubrí que es una persona adorable. Toda la gente que le conoce bien te dirá lo mismo: aunque sus películas sean tan oscuras, él como persona es el tipo más alegre que te puedas encontrar. Siempre luminoso y jovial. Acabas por preguntarte cómo alguien tan alegre es capaz de irradiar tanta oscuridad en sus películas.

“Cuando en los 2000 acepté que no se me daba bien ser una estrella del pop, que no era bueno tratando de escribir canciones de éxito, también sentí esa libertad”.

En el documental se resalta, como ya hacías en tu primer libro autobiográfico, que “Play” (1999) es el punto de inflexión en tu carrera, con 12 millones de copias vendidas en todo el mundo, algo que no esperabas ni de lejos. Trataste de repetir la fórmula con “18” (2002), pero se quedó en 4 millones. Tres veces menos. Y luego cada disco ha ido vendiendo menos. Me queda la sensación de que tratas de decirnos que es imposible predecir el comportamiento del público, que nadie tiene la llave del éxito, que es algo caprichoso. Y a lo mejor, tampoco importe.
Sí, diría que eso es algo que se ha comprobado muchas veces. Lo único que puedo decir es que, básicamente, he tenido éxito cuando no lo esperaba en absoluto. Nunca he sido capaz de escribir intencionadamente un single de éxito. Y cuando lo he intentado, me he dado cuenta de que no se me daba bien. Cuando he tenido éxito comercialmente, ha sido completamente por accidente. Parte de ello es porque, cuando estaba creciendo, los músicos y las bandas que me gustaban no eran comercialmente exitosas. A principios de los ochenta, mis grupos favoritos eran Joy Division, Minor Threat o los Bad Brains. No son el tipo de bandas a las que imaginas vendiendo millones de discos. Tampoco pensé nunca que tendría un contrato discográfico. Ni que publicaría música que alguien querría comprar o escuchar. Uno de mis mayores errores fue intentar tener éxito en los 2000. Porque soy muy malo si lo intento.

¿Se podría decir que en los últimos quince años haces solo la clase de discos que te apetece, sin reparar en las expectativas del público?
Sí. En cierto modo, me hace pensar en mi condición de calvo. Podría cabrearme el hecho de no tener pelo, y someterme a cirugía, ponerme un implante. Pero hay algo liberador en ser calvo. Soy un tipo calvo de mediana edad. Y una vez lo aceptas, te sientes libre. Cuando en los 2000 acepté que no se me daba bien ser una estrella del pop, que no era bueno tratando de escribir canciones de éxito, también sentí esa libertad. Ahora valoro el hecho de poder hacer música sin preocuparme por si va a ser comercial o no. Es un lujo poder pensar así. Porque los compromisos que comportaría escribir hits serían terribles. No tengo nada en contra de la música pop de éxito de hoy en día, pero me siento feliz de no formar parte de ella. ¿Conoces el libro “Muerte en Venecia” (1912), de Thomas Mann? Uno de los temas de la novela es aquel hombre viejo que trata desesperadamente de ser joven y atractivo. Y es tanto el trabajo que tiene que hacer, y le reporta tan poco, que no vale la pena. Pues esto es lo mismo. Si yo intentara ser una estrella pop del siglo XXI, haciendo discos con cantantes de 19 años, e intentando ser cool, sería muy triste. Y acarrearía demasiado esfuerzo para acabar en una posición tan triste. Hay que aceptar, y es mejor así, que soy un calvo de 55 años que hace música que seguramente ya no tenga éxito, pero que me permite centrarme en intentar hacer lo que me gusta. Lo que, de alguna manera, me lleva a completar el círculo yendo a mis primeros días como músico y a una cosa que me dijo David Lynch cuando le conocí en Londres, en una entrega de los premios BAFTA: que la creatividad es bella. Eso me afectó. Porque es una frase muy sencilla, pero me recordó que yo no me convertí en músico para averiguar cómo puedo tener éxito comercial, sino porque estoy completamente enamorado de la capacidad de la música para comunicar emoción. Me di cuenta de que mi trabajo no era pensar en mi lugar en el mercado, sino intentar crear algo bello, que pueda comunicar espiritualidad y emoción. Eso no significa que no lo intente, que me cierre a tener éxito. Solo que ese no es el objetivo.

Me gustaría preguntarte, por último, sobre la última escena del documental, en la que apareces – y espero no hacer spoiler a nadie, porque tampoco es esencial para entender el argumento – junto a Wayne Coyne (Flaming Lips), ambos vestidos de mariachis, cantando junto a muchas otras personas.
Hicimos una canción juntos hace diez años, llamada “The Perfect Life”, y en el videoclip ya salíamos así, vestidos de mariachis caminando por el downtown de Los Ángeles. Al final acabamos en el tejado de un edificio, y le dije a los cámaras que era un buen momento para montarnos una fiesta. Juntémenos todos, me dije. Todos los weirdos que estábamos allí, para cantar la canción en acústico. Y fue un momento precioso. Cuarenta personas de lo más extrañas, con el sol poniéndose… fue muy especial. Alegre, surreal. Para mí representaba el broche perfecto para esta película. Me hizo pensar en Albert Camus, el autor de “El extranjero” (1942) y “La plaga” (1947), porque es como la respuesta a la pregunta existencial que todos nos hacemos: ¿Cómo en un universo que tiene quince millones de años y es, por definición, inabarcable, encontramos un significado? Y la respuesta podría ser que no lo hay. Y la respuesta a esa imposibilidad de encontrar un significado a todo esto, en lugar de deprimirnos, debería ser subirte a una azotea a bailar con tus amigos. Sería una respuesta perfectamente legítima a esa pregunta existencial.

De hecho, es un cierre bastante jovial, que aligera la escena inmediatamente anterior, en la que hablas directamente con la muerte.
Bueno, la escena de la muerte se supone que es graciosa. No sé si se llega a transmitir (risas). Por muy extraño que pueda sonar, la muerte es lo único que todos nosotros tenemos claro, y a la vez, lo único que desconocemos. Es una paradoja. La única garantía en toda nuestra vida es que un día moriremos, y al mismo tiempo es la única cosa de la que no sabemos nada. Porque nadie ha vuelto para contárnoslo. Lo encuentro fascinante. Podemos sentir curiosidad hacia ella o tenerle miedo, pero es una parte de un sistema natural muy bonito, que se sostiene a sí mismo. Esa escena trata de mirar a la muerte de una forma distinta.

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