El cuarteto de Granada intenta evitar el siempre amenazante anonimato con una interesante coartada promocional: es el primer grupo español que incluye con su nuevo disco, “El sol de Invierno” (Astro, 02), un DVD completo con “remezclas visuales” de catorce de sus temas.

“Esa era la idea: ser un grupo pionero, pasar nuestros temas a gente que trabaja en un ámbito artístico diferente y enfrentarnos a ellos con las canciones, ya que no hemos intervenido en los vídeos. Hemos querido darles la misma libertad creativa que a nosotros también nos gusta tener”, explica Juan Alberto Martínez, voz cantante de un grupo que completan Miguel Haro, Nani Castañeda y Manolo Requena. Por otro lado, Benet Román, Alicia Reginato, Luis Cerveró, Irene Franco, Iván Domínguez, Héctor Muelas, Pedro Pan y Roger la Puente son los autores de los trabajos visuales que acompañan a “El sol de Invierno” y que, según el grupo, “no son vídeo-clips convencionales, sino cosas más cercanas al videoarte y sin un planteamiento tan comercial. No son un medio para la canción sino un fin en sí mismo”.

“Nuestra forma de descargar tensiones es hacer una buena canción”

Sería un tanto fraudulento, ciertamente, que el mayor atractivo del disco sea algo ajeno a la música. Los Niños Mutantes, al menos, se han esforzado porque eso no sea así. Su tercer álbum es más arriesgado, imprevisible y complejo que sus trabajos precedentes, lo que les aparta definitivamente de los clichés con que se puede asociar a un grupo de indie-pop granadino. “Esa era en parte la idea, radicalizarlo un poco todo y salirnos de lo que se pudiese esperar de nosotros en una canción, aunque está claro que no hay una ruptura total”. El sonido es “más denso, los temas tienen más cuerpo, pero tampoco era un planteamiento preconcebido, lo que pasa es que las cosas van saliendo así. Si lo que nos da placer es complicar las canciones, por qué no, aunque también las hay más inmediatas”. Una cosa que sí parece cierta es que, a sonido más complejo, textos más simples. Juan Alberto asiente: “Antes permitían más lecturas, e incluso había gente que interpretaba cosas absolutamente diferentes a lo que eran. Ahora no es que hayamos renunciado a ello, simplemente se ha dado ese efecto: dejan adivinar bastante bien nuestra forma de ver la vida”. Bastante agridulce, como demuestran los títulos de sus álbumes. De hecho, este “El sol de invierno” parece el reverso del anterior, “Otoño en agosto” (Astro, 00), imagen de “una época de supuesta alegría en la que nosotros nos sentíamos melancólicos e introspectivos. Ahora podría ser la idea contraria, que, en un momento, supuestamente sombrío hay un contrapunto, un rayo de luz y bienestar”. O la búsqueda de un elemento mágico, como aquel sol de medianoche al que consagran sus deseos los amantes de Medem o el rayo al que canta Lucía. Ante la comparación, la banda se llena de júbilo. No en vano, si una de sus primeras caras B se titulaba “La ardilla roja” era por algo. No acaba aquí la simbología de los títulos. El Ep que precedió al álbum salía con el nombre de “Nuevas conversaciones en el Simca” como hipotética segunda parte de otro tema primerizo, el titulado “Conversaciones en el Simca”. Y esto tiene su historia: “Antes íbamos al ensayo en el Simca a un pueblo que está en las afueras de Granada, el pueblo ese famoso de la tía esa, la Rosa de España, tiene cojones… y siempre hablábamos de nuestros problemas personales, de la complejidad de la existencia y ese tipo de cosas. Era una especie de confesionario. Ahora hemos vivido otro período similar”. El Simca es, pues, el gran icono de los Niños Mutantes, y a mí se me ocurre preguntarles una diablura. “No, no. Era un 1200, pero creo que se podía hacer mejor que en el 1000 (risas), hasta hubo una época en que le puse una tapicería de leopardo albino, porque era blanco con manchas negras”, explica el vocalista y dueño del coche. “Nosotros somos chicos del Simca, de la clase obrera, vamos”. Estamos ya fuera del guión y uno piensa en lo importantes que esas conversaciones pueden haber sido en el devenir de un grupo. “Desgraciadamente pasamos mucho tiempo en los coches, yendo a trabajar a diario, y es un espacio que invita a la reflexión… y luego es que somos como un matrimonio, aunque seamos cuatro en lugar de dos y encima no practiquemos sexo entre nosotros. Nuestro equivalente y nuestra forma de descargar tensiones es hacer una buena canción”. Que eso lo hayan conseguido o no es cuestión de gustos y de, ejem, facilidad de satisfacción del oyente, pero al menos ya tenemos una nueva teoría sobre la creación musical como sustitutivo de otros placeres más mundanos.