Adentrarse en el universo Hans Laguna es hacerlo en un laberinto de puertas abiertas. Uno donde todo giro inesperado siempre cuenta con ese algo reconocible de un músico que ha hecho de la inquietud su seña de identidad. Su última encarnación responde a un cambio vital generado por su descubrimiento de la cultura india en la que se sumerge hasta las últimas consecuencias en “Hans Laguna/Shreevats Venkateshwaran” (El Genio Equivocado, 2018), su estratosférico disco a medias con Shreevats Venkateshwaran.

Siguiendo la contrastada línea estilística de tu discografía, uno se pregunta por las fuentes musicales que te sirven de inspiración.
Voy dando palos de ciego. Tengo cosas del pasado, y luego intento ver que se cuece hoy. Despliego el mapa y ‘mira, esto me interesa hoy’. Más que nada, me esfuerzo por no estar desconectado, porque mi tendencia es escuchar música bastante antigua. Mi caso es bastante complicado. Escucho poca música, eso también lo tengo que decir. En casa lo hago de forma muy contemplativa. Escucho música india, pero la prefiero aprender, como la dhrupad, que es música vocal ultra minimalista. Me dan ramalazos bastantes fuertes. Por ejemplo, últimamente escucho un montón a Lole y Manuel. Manuel Molina a tope. Estoy muy metido en sus letras. Me ha pegado un bofetón. De hecho, estoy preparando un nuevo disco, y ojalá pudiera pillar la frescura de este hombre. La emoción, todas las imágenes de las letras son sensoriales. Tienen ese punto cósmico, muy corpóreo y, a la vez, muy metafísico. Para mí, ese punto me emociona profundamente. Ahora también estoy escuchando algo que nunca me había llamado en mi vida, a Raimon, un EP de los primeros, que se llama “Cançons de amor”. Son cuatro canciones que he estado escuchando hasta quemarlas. También estoy metido en las grabaciones que Lomax hizo en España. Hace dos meses, me pasé una temporada con el último de Yung Beef, a ver qué pasa. Me flipó. Vi que ahí había algo muy auténtico. Yo, con treinta y algo, estoy fuera de onda pero quiero ver qué se cuece. Tiene cosas jodidas, pero también cierta angustia existencial, letras muy logradas.

En “Manual de fotografía” ya habías manejado influencias indias en canciones como “Mejor” y “Cantar y pasear”. ¿De dónde te viene esta afinidad por la música india?
Antes ya me interesaba la India, pero no sabía cómo incorporarla, entonces no me atreví a hacer algo profundamente indio, así que añadí pinceladas, que es lo que no quería hacer, para darle sabor indio. Se trata de un recurso a evitar porque es una música que merece ser profundizada. Es como coger cosas de diferentes músicas del mundo, pero sin reflexionar. Esto un poco más africano, esto un poco más latino, esto un poco más tal… Yo también lo he hecho, pero es una lástima: es como ver el mundo como si fuera un gran supermercado. Cuando me fui la India, me explotaba la cabeza. Me hacía pensar en la visión que tenemos tan simplista de todo esto y lo tranquilitos que nos quedamos. Vas a un sitio y te haces unas fotitos. Desde que fui a la India, me di cuenta que tenía que cambiar muchas cosas en mi relación con otras culturas y el turismo. Si vas a un sitio es para sumergirme en ese lugar y mezclarme con sus gentes. Que haya algo que transforme.

¿Hasta qué punto te influyó el viaje a la India?
Aquí justo en la calle Zaragoza, cuando comencé a interesarme en la música india y quería profundizar, encontré una escuela de danza y cantos tradicionales de la India. Allí hay una maravillosa profesora india y empecé a dar clases de canto con ella. Luego me fui a la India. Dejé a medias la grabación de “Manual de fotografía” porque no sabía cómo seguir con esto. Me fui de gira con Nacho Vegas por Suramérica. Presenté el disco en los caprichos de la Apolo y me interesó hacer algo que, habitualmente, el público indie no escucha. Se trataba de aprovechar la ocasión y obligarles a que abrieran un poco las orejas. Le pregunté a mi profesora de canto si conocía a algún músico en Barcelona de la India. Y me pasó el contacto de Shreevats. Hay toda una corriente de música india y pakistaní aquí en Barcelona que nadie conoce. Por otro lado, cuando voy a un concierto de música tradicional india, siempre estoy rodeado de un público que ni tiene ni idea de lo mío, gente del yoga. Y pensé “vamos a juntar esto, así que volví a llamar a Shreevats un año después, que estaba como esperando la llamada”.

¿Cómo te entendiste con Shreevats en el proceso creativo?
Básicamente lo que hacía era presentarle mis canciones. Además contábamos con un tiempo para preparar el concierto, porque luego el disco es básicamente haber grabado parte del mismo. Me gustaba la idea de “darles las llaves de mi casa”, así pueden entrar y cambiarlo todo, mover los muebles, poner otros. Eso es lo que tenía sentido. Al revés no habría funcionado: que yo o mis músicos entráramos en la música tradicional de la India, que es un continente complejísimo, profundísimo, gigante, resultaba poco práctico. Seleccioné las canciones y ahí vimos qué raga tradicional entraba mejor con cada canción. Se basó en pautar como el jazz, una manera de trabajar que no había hecho antes, con mucha improvisación. Shreevats me dice que soy bastante estricto. Le gustó el resultado final, pero también paré pies y saqué tijeras. Mi tendencia natural. Me sabe un poco mal que algunas canciones de ocho minutos no hubieran llegado a los treinta.

¿Qué aprendiste de Shreevats?
Aprendí bastante de ellos, la aproximación, el respeto y lo profesionales que son con la música, con los instrumentos… Son musicazos. Tenían ese punto de querer expresar algo, con emoción. Y eso me impactó mucho. Hay algo de ceremonial y adaptarlo a mi local de ensayo ha sido enorme. El factor humano y la música como aglutinante.

Una de las características más poderosas de la música india es su aura sacra, como si fuera hecha para sonar en templos. Y creo que es un sabor que se palpa en el disco.
Las letras son religiosas, místicas, aunque ellos no lo sean. No es como la religión de aquí. La canción que sale en la radio puede ser algo litúrgico. Hay un punto de elevación en esta mística que tienen muy integrada. Aquí le tenemos bastante tirria a lo religioso y a lo sacro. Allí hay música más elevada para generar una transformación personal, y otra más de entretenimiento, pero incluso esta última son canciones como de amor o más bailables, e igual las letras hablan de historia de dioses con muchos símbolos. Es como lo de vestirse en un escenario de forma ceremonial.

El disco se grabó en dos días. ¿Hasta qué punto hay improvisación?
Sí, pero hubo un trabajo importante antes. Éramos ocho músicos, pero Shreevats y yo hicimos todo el trabajo previo. Y luego ya nos fue todo muy bien. No fue algo espinoso como suelen ser mis procesos creativos. Funcionó muy bien. A nivel personal, en la India, la gente es muy respetuosa y humilde. Shreevats se acercaba a mis canciones con un montón de respeto. Debido a esto, hubo que romper ciertas barreras hasta que se soltara. Había un punto de educación extrema. Yo hacía como director de orquesta. Pero esto era un experimento humano, no es solo música. No se trata únicamente de juntar a gente y ya está. Juntarnos en una habitación fue algo que acabó siendo muy fácil. Shreevats tiene un conocimiento muy grande de la música de su país, y tenía unas ganas tremendas de mezclarla. Estaba encantado de habernos juntado y entrar en mis canciones, aportando sus conocimientos. Empezamos como un proyecto musical, pero ahora somos amigos.

Hay quien etiquetará vuestro disco como world music…
David Byrne escribió un artículo en los noventa para el New York Times que creo recordar que se llamaba “Por qué odio el término world music”. Y cuando lo leí, estaba muy de acuerdo. Utilizar la etiqueta world music con estas músicas no anglosajonas es como verlas como algo de fondo, anecdótico. Es algo que neutraliza su capacidad de que te diga algo como oyente. Te puede conmover a niveles muy profundos, pero te encuentras en tu zona de confort como oyente y te permites una canción de Mali u otra cosa. Pero si esto lo presentaran de otra forma, seguramente, dejaríamos de escuchar mucha mierda anglosajona. Hay que ser consciente de que si quieres tener una experiencia enriquecedora con la música, y con músicas que no vienes escuchando desde pequeño, tienes que hacer un esfuerzo. No hay que irse tan lejos; por ejemplo, las grabaciones que hizo Lomax en España. Hay un montón de músicas tradicionales. Yo también tenía del vicio de mirar hacia fuera, como el sello Ethiopics. Lomax estuvo dos años en España grabando. Y las escuchas te muestran mundos diferentes. No tiene nada que ver Extremadura con las Baleares o Asturias. Son músicas de lo más exótico. Pero eso está aquí, aunque desapareció cuando vino el rodillo de la modernización de España en los sesenta y setenta, que pasaba también por aparcar todo lo tradicional y dejarlo como algo cutre, como la caricatura de las sevillanas. La imagen de modernidad no iba con lo que se hacía en los pueblos. Por esto también admiro a gente de hoy en día que está rescatando eso, como Los Hermanos Cubero, Lorena Álvarez y María Arnal, a su manera. Rescatar esa tradición perdida y enterrada.

En tu carrera has forjado obras como esta última y “Oteiza”. A mi entender este último disco es tu respuesta oriental al sonido cósmico de tu trabajo sobre el mítico escultor vasco.
Hice “Oteiza” antes de meterme en la música india porque me interesaba el drone, sus atmósferas, a nivel armónico muy sencillas, donde casi no hay notas. Ambientes muy sencillos basados en un tono y las texturas del sonido. Y ya cuando me fui metiendo en el dhrupad de la música india, me di cuenta que, sin saberlo, lo que estaba buscando era esto. Cosas de Spacemen 3 que me flipan, como “Dreamweapon: An Evening Of Contemporary Sitar Music” (1988), que es un concierto en un museo, donde hay unos acoples con los reverbs tremendos. Intento centrarme en las texturas de los sonidos pero a nivel físico, las resonancias. A través de la música india, seguí trabajando esto. Cuando me fui a La India, experimenté el tema de las resonancias y los armónicos a nivel físico. Suena un poco hippie, pero es realmente así. Cuando grabé “Oteiza”, quería captar en el disco los feedbacks, las vibraciones casi a nivel estomacal, cerebral. Enfocándolo con perspectiva, la música india es diferente, pero es muy fina porque tiene un sistema de técnica o enseñanza muy concreto. Sin darme cuenta, antes de descubrir la música india, desde los pedales de efectos de la guitarra eléctrica, conseguí este efecto, que en el fondo es metafísico, donde también hay una paz espiritual.

Con cada disco que pasa, estás encontrando ese equilibrio entre la investigación sonora y la canción de autor. ¿En qué punto te encuentras de este camino?
Mi investigación constante quizá también sea por no encontrar un sitio en el que encontrarme plenamente a gusto. Esta confusión te proporciona grandes momentos pero también es un sufrimiento, porque no dejas de buscar una voz propia. Por eso admiro a compositores que lo tienen muy claro y se mueven muy bien con cuatro coordenadas. Quizás yo busco eso, pero lo que prima es investigar, una buena palabra. Profundizo, me informo e intento traducir a mi lenguaje, y mi lenguaje se transforma a través de eso. Cada disco que saco es una incógnita. En “Oteiza”, descubrí algo de investigación sonora que me interesaba, pero veía que, por mis canciones y mi forma de componer, no podía tirar por ahí. Luego, el batacazo fue cuando marché a La India y volví en éxtasis. Tiendo a ser un tipo bastante angustiado, no puedo ni sentirme físicamente bien conmigo mismo. Pero volví como flotando. No puedo seguir con mi guitarrita haciendo canciones. Necesito un camino de investigación vital que sea compatible con mi música. Ahí estamos, si te interesa más el sonido o la expresión a nivel de canción. Y de hecho es algo que me crea conflictos, porque hay gente a la que admiro mucho, como compositores cantautores, que a nivel de sonoridades se lo curran muy poco. Tienen cosas muy jodidas. Y al revés, gente que me interesa a nivel sónico no conectan porque les falta entroncar con algo parecido a una canción, en el sentido de una transmisión más clara. El mensaje. Estoy ahí, un poco perdido. Sigo buscando como compatibilizarlo. Por ejemplo, en el último del disco con la gente de la India, la vocalista canta con una afinación inhumana. Cuando lo hace, logra proyectar un vozarrón sin apenas esfuerzo. Hay un esfuerzo físico de perfección sonora conjugado con una capacidad para emocionar superior. Estoy aquí tocando con un grupo, pero me está proporcionando un efecto físico. Para mi próximo disco quiero hacerlo más fácil. Por ejemplo, Raimon es alguien que toca canciones de dos acordes, pero canta pegando gritos. Con la música más introspectiva, acabas de tocar y casi da igual si no consigues conectar, mientras que lo otro es inapelable. Lo has dado todo. Y, aunque también tenga canciones mediocres, Raimon ha cantado su verdad a pulmón. Eso me parece que es lo que más me interesa ahora.