Estoy agotado. Odio pillar el metro y odio aún más pillar el autobús. El taxi ni se contempla. Mucho menos en una ciudad como Londres, en la que subirte a uno de sus icónicos Carbodies negros te puede costar la nomina de medio año. Entre mi hotel en King’s Cross, donde el andén 9 ¾ de Harry Potter (que buscaré sin encontrarlo durante los tres días que estaré en la capital británica) y los estudios Abbey Road, donde en una hora y media tengo que escuchar el nuevo disco de Foo Fighters, “Your Favorite Toy”, hay cinco kilómetros y medio en línea recta siguiendo Euton Road. Google Maps me dice que los debería hacer en una hora y cuarto. Me sobrará un cuarto de hora antes de la hora a la que me han citado: las ocho de la tarde (¿o las ocho ya son de la noche?). Me pulo la pateada en cincuenta minutos. Nadie me dará una medalla. Tan siquiera un diploma. Si busco en el Strava, seguro que otros y otras han fulminado mi marca.
Os he dicho que estoy agotado, ¿verdad? Me siento en un banco de piedra frente a los legendarios estudios en los que The Beatles grabaron algunos de los discos más importantes de la historia de la música y me dedico a observar. Hay un tipo con pinta de español o italiano que se comporta como un español o un italiano, cortando el tráfico a su antojo para hacerse ciento cincuenta y ocho fotografías cruzando el paso de peatones. Se hace selfies desde todos los ángulos posibles. Solo le falta descalzarse para imitar al falso Paul McCartney –porque, como ya sabéis, el verdadero Paul McCartney murió en un accidente de circulación, y el que aparece en la portada de “Abbey Road” es un doble que pillaron para seguir con el negocio–. Mientras tanto van llegando a la cita críticos ingleses con pinta de ser más estrellas del rock que las estrellas del rock, alemanes con su eterna estética heavy metal, franceses, belgas, argentinos… y, cerrando el chiste, yo, el único representante de la prensa musical patria.
Como en los viejos tiempos
Joan S. Luna podría haberme propuesto ir a la escucha del nuevo disco en solitario de Andy o de Lucas, que, si el sarao hubiera tenido lugar en el estudio 2 de Abbey Road, hubiera aceptado igual. Para un melómano debe ser lo más parecido a adentrarse en la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén si eres un creyente fervoroso. Hay barra libre de vino y cerveza IPA, y unas pizzas que ha traído un repartidor de Glovo en versión londinense mientras hacíamos cola para que los de la discográfica nos requisaran el móvil para que no grabáramos nada. Los ingleses privan más que nadie, y un argentino espigado se pasea por las mesas chequeando de qué son las pizzas. Cuando le tienta alguna, se pilla una porción, se sienta en una silla, se la zampa y retoma su tarea de inspección. Un gerifalte de Sony nos da la bienvenida. El tipo está emocionado, dice que su yo de quince años fan de Nirvana aún no se cree que pueda estar ahí presentado a la prensa internacional el nuevo disco de la banda de Dave Grohl. Foo Fighters aparecen por sorpresa, entre aplausos y “Woooows!!!”. Las IPA empiezan a hacer efecto. El tipo más simpático en la industria del rock pilla el micro y nos agradece que hayamos venido. Que es uno de los discos que más ha disfrutado grabando. “Tres semanas y listos. Como en los viejos tiempos”. Alguien le da al play y empieza a sonar lo nuevo de los Foos. Diez cortes. Poco más de media hora. Rock urgente sin aditivos. Es el disco de un hijo ilegítimo de Lemmy criado en Seattle y residencia en Los Angeles. Si añorabais a los Foo Fighters de los inicios, tal vez aquí los volváis a encontrar. “Sí. Y este disco tiene esa potencia cruda, ese sonido contundente”, me confirmará dos días más tarde Dave Grohl en nuestra charla cara a cara. “A lo largo de los años hemos tenido muchas dinámicas diferentes en nuestro sonido. Creo que la mayoría de la gente, cuando piensa en Foo Fighters, piensa en guitarras agresivas, grandes baterías y cosas así. Pero si vuelves atrás y escuchas cada disco, hay pequeños momentos de otras cosas. Hemos cubierto mucho terreno. En el último año y medio o dos años ha habido muchos altibajos. Y estuve escribiendo música durante todo ese tiempo en casa, en mi estudio, que es una habitación muy pequeña. Es como mi terapia. Mi válvula de escape. Un lugar al que puedo ir a confesarme, a reflexionar. Después de un año grabando cosas yo solo, había como cuarenta o cincuenta canciones. Y pensé: ‘Vale, es hora de volver a la banda y al mundo y hacer música’. Estaba escuchando todas esas canciones y había diez seguidas que tenían exactamente la energía que necesitábamos. Esa energía que, después de treinta años como banda, te explota en la cara. Como diciendo: ‘Venga, vamos’. Y es genial porque nuestra banda es una combinación muy especial de elementos: Pat, Josh, Nate, Chris, Rami… Siempre digo que es como las ruedas de un reloj. La grande, la que está al lado, la de abajo… Si todas encajan, el reloj marca el tiempo. Y esta vez el tiempo ha pasado muy rápido. Un lunes les mandé un whatsapp al resto diciendo: ‘Vale, empezamos el miércoles’. Tres semanas después ya habíamos acabado el disco. Llevamos tanto tiempo juntos que tenemos como una especie de telepatía musical. Nos miramos y lo sabemos. Y en ese espacio pequeño y con esa conexión entre amigos, todo sucede rápido. Y para este disco era importante tener esa energía espontánea. Y funcionó”.
“Este disco tiene algo de nuevo capítulo en la trayectoria de Foo Fighters. Hemos pasado años difíciles. Ha sido una etapa complicada”
“Grabamos el disco en casa de Dave. Nos centrábamos en dos o tres canciones al día, así que nunca me sentí como ‘Tengo que aprender veinte canciones’. Fue algo gradual. Además, es muy cómodo grabar allí”. Rubio (bueno, un rubio que se confunde entre lo rubio y lo canoso), ojos claros, en buena forma, de los que salen a correr, hacen surf y solo comen comida orgánica. Chris Shiflett tiene tanta pinta de californiano que podría sustituir al oso que hay en la bandera del soleado Estado de la Costa Oeste americana. “Por el sonido, pero especialmente por la llegada de Ilan Rubin a la batería, este disco tiene algo de nuevo capítulo en la trayectoria de Foo Fighters. Hemos pasado años difíciles: perdimos a Taylor Hawkins, hicimos un disco, giramos con Josh Freese… Ha sido una etapa complicada”. Eso se refleja en una rabia sónica que también puede tener su génesis en el actual momento social y político que viven los Estados Unidos. “Probablemente esté conectado, aunque no de forma consciente. Yo vengo de la escena punk y hardcore, pero en realidad no era muy política. Más bien, nihilista. Sin embargo, girar por el mundo fue mi mayor despertar político. Nunca había salido de Estados Unidos y de repente hablaba con punks alemanes que sabían más sobre la política exterior de mi país que yo”. Shiflett no estaba ahí cuando Dave Grohl empezó con Foo Fighters en 1995, pero en realidad siempre estuvo ahí. Adolescente metido de pleno es la escena hardcore punk californiana, fue el bajista de Rat Pack, una banda que no es más que un breve en las páginas de Maximum Rocknroll, pero que duró lo suficiente como para hacer de teloneros de Scream, el grupo del que Grohl era batería antes de su llegada a Nirvana. “Recuerdo perfectamente que antes del concierto todo el mundo me decía que me fijara en el batería, que era la bomba. Y lo era. Años después, antes de que saliera el primer disco de Foo Fighters, circulaba una cinta de casete con algunas canciones. Cuando la escuché, pensé: ‘Dios mío, ¡este es el batería de Nirvana y de Scream!’. Aquella demo ya era increíble. Se generó un gran hype incluso antes de que saliera el disco”. Shiflett se unió al grupo en 1999, tras la publicación de su tercer disco, “There Is Nothing Left to Lose”, sustituyendo a Franz Stahl (quien a su vez había sustituido a Pat Smear, quien más adelante regresaría al grupo), antiguo compañero de Grohl en Scream (y también miembro de Wool, una de esas bandas de semiculto de los noventa siempre a recordar y reivindicar). “Eso fue hace mucho tiempo. Creo que tenía diecinueve, quizá veinte años”, rememora entre risas Dave Grohl cuando le recuerdo su accidentado concierto con Scream en Barcelona. “Cuando salíamos de gira con Scream, todo era muy intenso: todo el grupo y todo el equipo en una sola furgoneta. No había muchos días libres. Normalmente empezábamos en Holanda y nos recorríamos toda Europa en dirección sur. Cuando llegamos a España estaba enfermo. Tenía gripe y una fiebre muy alta. Nos quedamos en casa de alguien de los que montó el concierto, en un ático cerca de Las Ramblas. Tras el bolo los demás salieron a cenar y beber y yo me quedé solo en el apartamento descansando. Lo divertido es que en el mismo edificio había un bingo. Y ya me ves a mí con fiebre, escalofríos, escondido bajo una manta, oyendo el eco del cantar de los números: ‘Cinco’ (lo dice en castellano). Toda la noche fue así. Una puta locura. Me petaba la cabeza. Era como tener alucinaciones. La mañana siguiente me desperté y a seguir con la gira”.
La bola de nieve sigue rodando
No estoy nervioso, estoy agotado, le respondo a mi pareja cuando me pregunta si hay cosquilleo por poder sentarme un rato a charlar con Dave Grohl. Ayer era miércoles, segundo día en Londres y, en un principio, no tenía ningún compromiso. El plan: patearme todas las tiendas de discos y todas las librerías de la ciudad. Todo cambia tras el desayuno continental en el buffet libre del hotel. Un nuevo mail llega a la bandeja de entrada. Es de Sony: “Hoy hay un concierto secreto de Foo Fighters en Londres. Si quieres ir, tienes entrada”. El bolo es en la Sheperd’s Bush Empire, una sala de medio aforo en algún punto entre el Apolo barcelonés y un Liceu en decadencia. Empieza a las ocho y media, pero me piden que llegue una hora antes. Chequeo el Google Maps por si puedo ir andando. Está a tomar por saco. En metro es una hora. Andando, media vida. No hay otra que subirse al Underground. “It’s gonna be a long night, motherfuckers”, advierte Dave Grohl cuando pisa el escenario. Y lo es. Dos horas y media a piñón. Solo suenan dos canciones del nuevo disco: “Of All People” y “Your Favorite Toy”. El resto hit tras hit, sobre todo de sus primero cuatro álbumes. No puedo evitar regresar a 2017, cuando los Foos dieron un concierto secreto en la sala (entonces) Barts (ahora Paral·lel 62) de Barcelona. Ni Dave Grohl ni Chris Shiflett lo recuerdan. Decepción. Nos gusta pensar que hay una conexión especial entre tu ciudad y tus artistas favoritos. Y en realidad, en la era global, todas las ciudades son iguales. Todas tienen un Zara en la avenida principal y todas han escondido un concierto secreto de Foo Fighters. “No estoy seguro de si fue en Barcelona o en Madrid, para ser honesto. Pero hace años, cuando me uní por primera vez a la banda, dimos un bolo demencial en una tienda de discos”, me comenta Shiflett. “Lo recuerdo como uno de los conciertos más locos en la historia de Foo Fighters. ¿Fue en Barcelona?”. No lo recuerdo, para ser honesto.
“Quiero que las canciones nuevas algún día se conviertan en canciones antiguas. Quiero seguir avanzando. Foo Fighters no hemos terminado”
Es jueves. Tercer y último día en Londres. Chris Shiflett y Dave Grohl me esperan en The Rosewood, un hotel de esos que solo te puedes permitir si tu sueldo mensual tiene un mínimo de cinco dígitos. Tengo veinte minutos para hablar con el guitarrista. Quince con Grohl. Con Shiflett charlamos de fútbol. Dicen que de chaval era buenísimo. Él dice que no es para tanto. Que sigue jugando siempre que puede a fútbol 7 con los colegas. Que es del Arsenal. Que, si un grupo de rock fuera un equipo de futbol, él jugaría de mediocentro ofensivo. Grohl vapea. Cazadora tejana negra. Vaqueros negros. Camiseta negra. Converse All Star Chuck Taylor (negras, claro). No es difícil imaginárselo reponiendo discos en alguna tienda underground. “Tío, yo también estoy hecho polvo. ¡Tengo cincuenta y siete años!”, confiesa. “Anoche llegamos a las mil al hotel y he dormido dos o tres horas como mucho. Me he levantado hecho polvo. Hay ciertas cosas que te hacen sentir más viejo y otras que te hacen sentir más joven. En lo físico la edad es la que es, pero creo que la alegría y el entusiasmo por la vida hacen que te mantengas en una especie de edad inconcreta. Tengo muchísima suerte de que mi trabajo sea tocar música y compartir esos sentimientos con la gente. El rock te mantiene vivo. Mantiene tu espíritu… Cuando mi madre estaba ya muy enferma, a punto de morir, su espíritu nunca se detuvo. Su mente y su espíritu seguían ahí. Somos solo células, pequeñas moléculas. Y esas cosas tienen un límite. Pero el espíritu no”. La energía del nuevo disco va un poco por ahí.
Grohl, contradiciéndose con el repertorio que presentaron anoche, asegura que no quiere depender de las canciones antiguas para el resto de su vida. “Quiero que las canciones nuevas algún día se conviertan en canciones antiguas. Quiero seguir avanzando. Foo Fighters no hemos terminado. De hecho, en lugar de frenar, hemos querido acelerar. Somos como una bola de nieve que cada vez va más rápido colina abajo. Creo que tiene que ver con sentirse afortunado, afortunado de haber sobrevivido los últimos treinta años. Afortunado de seguir con nuestro grupo de amigos y familia. Estoy agotado, pero me siento afortunado”. Se acaba. Compruebo en Google Maps cuánto tardaría en llegar andando al aeropuerto de Heathrow. Mejor voy en tren. Estoy agotado… pero me siento afortunado.
Cosas de casa
El 26 de mayo saldrá a la venta “Be Sweet to Me”, primer disco de Violet Grohl, la hija mayor del cantante de Foo Fighters. A Violet, que tiene diecinueve años, ya la hemos podido ver actuar junto a su padre y el resto de los miembros de Nirvana en el concierto benéfico FireAid que ofrecieron a inicios de 2025, donde (con Kim Gordon al bajo: Krist Novolesic, como en el legendario “Unplugged”, toca el acordeón) se marcaron una tremebunda versión de “All Apologies”. Tras escucharla es imposible no haberse enamorado de la voz de Violet. Un año después, y tras la aparición de diversos singles, debutará de largo con un trabajo que ha sido modelado junto a Justin Raisen, uno de los productores referenciales de esta década, y que, de Cocteau Twins a Soundgarden, encuentra sus influencias en el rock alternativo de los ochenta y los noventa. Dave Grohl confiesa que el primer disco de su hija ha sido una gran fuente de inspiración para “Your Favorite Toy”. “Realmente me inspiró a hacer este disco”, cuenta orgulloso el padre. “La forma en que hicieron el disco y la energía que tiene… Pensé: ‘Oh, vaya, acabo de inspirarme con el álbum debut de mi hija’. Y eso es genial”.

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