Ahora volverá a visitarnos para actuar en Vilanova i la Geltrú (4 julio, Vida Festival), Sevilla (14 julio, Icónica Fest) e Ibiza (16 agosto, Las Dalias Akasha), ciudades en las que también firmará su libro “Esto no acaba… hasta que Fatboy Slim cante “, recientemente publicado en castellano de la mano de Banizu Nikuze.
Apenas iniciarse nuestra conversación, Cook me comenta que siempre ha sentido una conexión especial con el público español, y aunque es algo que podría decir cualquiera, ahí está su larga relación con Ibiza. Esta nueva visita coincide con el cuarenta aniversario de su carrera y con la publicación ex profeso del libro autobiográfico “Esto no acaba… hasta que Fatboy Slim cante”. Cuarenta años que se cumplen, claro está, de su debut en el seno de The Housemartins, antes de embarcarse en los proyectos Beats Internacional, Freak Power y Fatboy Slim desde 1997, que es el que le ha granjeado mayor popularidad. Ocasión propicia para una conversación por Zoom a la que quince minutos se le quedan cortos, dada su locuacidad.
“Es un poco aburrido que ya no haya punks, skinheads, mods, suedeheads, rude boys y todas aquellas tribus urbanas
Norman es un tipo con el que te irías de cañas o directamente de farra, sin dudarlo. Cuando le comento lo mucho que me sorprende el desparrame de fotos, carteles, flyers y toda clase de memorabilia que alberga su libro, más todavía teniendo en cuenta que (él lo confiesa) ha pasado parte de su carrera sumido en una nube etílica, lo justifica por su afán coleccionista. “Soy un gran fan de la música, y además de eso, guardo todo lo mío de los últimos cuarenta años porque soy un coleccionista compulsivo, he organizado mi propio archivo en un montón de cajas y hasta colecciono langostas de plástico, mira”, me dice mientras gira la pantalla y me muestra una pared entera repleta de eso, de langostas de plástico colgadas en su propia casa. Tal cual. También San Google le ayudó a sortear las lagunas mentales, asume: “He googleado mucho, de verdad, he tenido que verificar así muchos datos, porque en un libro has de ceñirte a la realidad, aparte de que muchos de los flyers y los posters lograron activar recuerdos que tenía dormidos, pero sin Google y sin mi colección de objetos, el libro habría sido mucho más corto”, admite.
Personalmente, lo que más aprecio de él es que da la impresión de no haber perdido aquella inocencia juvenil, la capacidad de maravillarse ante un éxito que nunca esperó. “Nunca pensé que sería famoso ni que pudiera tener una carrera tan larga: cuando The Housemartins nos separamos en 1988, tras tres años y dos álbumes, pensé que me tendría que reciclar y ganarme la vida como bombero”, expresa. “Nunca tuve un plan, salvo hacer lo que me gusta, igual que ocurre con este libro, que tampoco pensé en hacerlo, pero alguien me lo propuso para celebrar mis cuarenta años en el negocio”, explica. De hecho, aún no se cree que al día siguiente a esta entrevista vaya a actuar por primera vez en el estadio de Wembley. “A veces suena el teléfono y ocurren estas cosas”, dice.
Le comento que debe ser de los pocos músicos del planeta que ha bautizado un estilo entero, aunque fuera por casualidad: el big beat, que procede del Big Beat Boutique, el local en el que hacía de maestro de ceremonias en Brighton durante la segunda mitad de los noventa. El post-rock lo acuñó Simon Reynolds. El post-punk, Jon Savage. El new pop, Paul Morley. Todos periodistas, no músicos. Pero él me recuerda que esto es algo clásico en la música de baile. “En la cultura de club y de la música de baile sí es más común: el garage viene del Paradise Garage de Nueva York y el house procede del Warehouse de Chicago, pero me alegra que lo del big beat venga de ahí, la verdad”, reconoce. Un código genérico del que no ha necesitado desligarse a lo largo de las últimas tres décadas para seguir convocando a miles de personas. “Hay que ser fiel a tu propio sendero: yo solo hago música, pero la que hago es como las camisas hawaianas, a las que soy tan aficionado que llevo treinta y cinco años vistiéndolas, y en todo ese tiempo han estado de moda, han dejado de estarlo y lo han vuelto a estar. Pues lo mismo pasa con mi música: el dubstep, el drum’n’bass, la EDM, todo eso está muy bien, pero va y viene, mientras que la base de la música house, que es de donde procede mi fórmula, sigue estando ahí. Tiene esa longevidad”, explica.
Me resulta inevitable preguntarle si se arrepiente de algo. “Ojalá me hubiera fotografiado con Madonna cuando compartimos camerino antes de hacerme famoso”, dice. Y ya algo más en serio, reconoce que “quizá debería haber dejado de beber un poco antes de cuando lo hice, un par de años antes, aunque, bueno, he sobrevivido, he mantenido a mi familia intacta y mis hijos tampoco se enteraron mucho de todo aquello”, matiza. ¿Qué clase de música escucha habitualmente por puro placer? “Pues cosas que no tengan nada que ver con lo mío, nada bailable ni particularmente electrónico. Soul y blues muy viejos, de los años treinta, de hecho, el nombre de Fatboy Slim bien de ahí, de gente como Memphis Slim, o de The Beatles… porque cuando escucho música dance soy incapaz de evitar pensar ‘Bastardo, ¿por qué no pensaste en eso, por qué no diste con esa idea?’. No puedo escucharla desligado de la visión profesional”, confiesa.
Padre de dos hijos como es, una adolescente y un veinteañero, reconoce que “Internet ha eliminado barreras entre la vieja y la nueva música”, y lo celebra, pero al mismo tiempo cree que “es un poco aburrido que ya no haya punks, skinheads, mods, suedeheads, rude boys y todas aquellas tribus urbanas, que vestían distinto y escuchaban música distinta: eso me gustaba, y es una pena que se haya perdido. Pasa como con los centros comerciales, que son exactamente el mismo en todas partes”.
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