¡ATENCIÓN: SPOILERS!... ¿En una crónica de un concierto?: Pues sí, damas y caballeros, el de Stacy Antonel es uno de esos recitales en los que es mejor no conocer previamente nada de su setlist –o solo lo justo para abrir boca– y dejarse sorprender por la presencia escénica, una voz capacitada para cantar lo que le echen y una simpatía desbordante que incluso haría a la protagonista de la velada ganarse la vida como monologuista, en caso de que se le acabara el talento creativo musical. Del cual, de momento, va sobrada. Y no confundan ser eso que los norteamericanos llaman ser una storyteller con ser una brasas, cual cantante de The Hives, por poner un ejemplo ilustrativo.
La noche del lunes tenía algo de excepción. La cantante de Nashville, aunque nativa californiana, convirtió junto a su electrificado secuaz guitarrero, el escenario de Monte Alto en un pequeño club del sur de Estados Unidos. Desde los primeros compases quedó claro que Antonel no es una intérprete al uso. Dueña de una voz cálida y expresiva, se movió con naturalidad entre el Country clásico, el Honky Tonk y las pinceladas de Swing y Americana que caracterizan su repertorio. Cada canción contaba una historia propia, poblada de carreteras interminables, amores imperfectos y personajes de frontera. Rara era la tonada que no pasaba una factura.
Junto a su repertorio propio, nos ofreció versiones básicamente outlaw –y aquí llegan los SPOILERS–, de Merle Haggard, Willie Nelson (entre ellas la tremebunda “Ramblin’ Fever” del californiano pionero del Bakersfield Sound junto a Buck Owens) o incluso las famosa truck-driving songs “Six Days On The Road” de Dave Dudley, además de “Route 66”... También descolocó con rendiciones Country del famoso “Crazy” de Gnarls Barkley o con el bolero por excelencia, “Bésame Mucho” (resulta que Stacy vivió un tiempo en Argentina y se defiende bien en nuestro idioma).
La cercanía de la Mardi Gras, un espacio convertido desde hace décadas en refugio de la música en directo y de las propuestas alejadas de los circuitos más comerciales, favoreció una conexión inmediata entre artista y público. La cantante alternó momentos de energía contagiosa con pasajes más íntimos, creando un concierto de ritmo cambiante, complicidad total, además de muy rico emocionalmente.
La absoluta naturalidad de Stacy, su capacidad para transmitir y su evidente amor por las raíces de la música norteamericana conquistaron fácilmente a los asistentes. Cuando llegó el final, quedó la sensación de haber asistido a una de esas veladas que justifican la existencia a las salas pequeñas: conciertos cercanos, honestos y sin artificios, donde la música se escucha a pocos metros de quien la crea. Stacy Antonel se despidió dejando en la Mardi Gras el eco del Country puro. Ela é artista!!!... Y alienígena, pero esa es otra historia, que solo conocerán asistiendo a alguno de sus shows.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.