Especial Pau Vallvé, “Pels dies bons”
Entrevistas / Pau Vallvé

Especial Pau Vallvé, “Pels dies bons”

Yeray S. Iborra — 05-10-2014
Fotógrafo — Xabier Puig

Hemos vivido los preparativos, el cocinado y el resultado del nuevo trabajo del cantautor catalán Pau Vallvé: tres encuentros, tres paisajes, tres entregas hasta la salida del disco “Pels dies bons” el próximo 14 de octubre. Hoy, segunda entrega: mientras duermen los pájaros…

El objetivo está claro, debo llegar antes de que se ponga el sol, hay que salir a dar un paseo con la puesta de sol. Es lo que hace Pau cada día antes de encerrarse a grabar. Debo llegar, pero por si fuera poco el bullicio de las rondas a las 18h, me encuentro un tráiler cruzado en plena A-2 dirección Igualada. Dos kilómetros de cola, media hora perdida. “Lo llamo”, pienso, ya aburrido de embrague-primera-freno. Un tono, dos tonos, tres… Nada. Vuelvo a probar. Nada. A la tercera, ni señal. Cuando ya agonizo escuchando RockFM –lo único que sintoniza el Seat Ibiza–, un mensaje: “Salida Calaf nord, a la izquierda y después llámame”.

Poniendo en práctica todas mis nociones de cartografía 2.0 –una ojeada a Google Maps, para entendernos– y con mucha suerte, salgo por donde toca. Tras veinte minutos de comarcal, cruzo un pueblo: calle, iglesia y bar. Un pueblo. Y pregunto, porque sé que me he equivocado. Un abuelete me atiende y sigo instrucciones, muy sencillo: salgo, bajo la segunda, tiro cinco minutos.

Ya con el sol en el cogote, llamo. “Es muy fácil: cruza el puente, coge el camino de tierra que parece que no pueda ser, verás un pueblo en lo alto, pues tira a la izquierda hacia arriba, tira, tira, tira y te espero allí”.

Atravieso matorrales y campos, levantando polvo como si estuviera señalando el camino al de detrás. Y cuando ya pienso que tengo que volver a coger el móvil, una cuesta en primera ahogando el coche y… Veo a Pau Vallvé: botas, pantalón de pana y jersey –estamos a 797m, mayo duro en la Alta Segarra–, manos en los bolsillos.

¿Os cuento esto para que veáis lo fiable que soy como guía? No, simplemente, os pongo en contexto: hora y media hasta llegar a Pau Vallvé. ¡Hasta aquí arriba se había ido el músico barcelonés para grabar “Pels dies bons”! Lejos del mundo, sí, pero cerca de sus raíces.

A una pedanía sin ayuntamiento ni alcalde, concretamente. ‘Cuatro casas’ regidas en asamblea y levantadas por su familia. “En los 70 esto era un pueblo abandonado, y mi familia –principalmente mis abuelos, que tenían diez hijos y buscaban algun sitio donde veranear– y otra gente lo fue recuperando de las ruinas sin paletas ni maquinaria. Mis padres compraron un terreno con una antigua casa derrumbada que han ido arreglando durante los fines de semana los últimos veinte años”. Lo constato en un álbum de fotos donde se ven las paredes iniciales y a un Pau todavía imberbe, ayudando en la construcción.

Antes una cuadra de hierbajos y piedras, ahora un hábitat cálido, un espacio que dice mucho del propio temperamento del disco, así como de los orígenes e inquietudes de Vallvé. “Es un pueblo que no tiene nada, y donde los veranos debíamos buscar distracciones: unos hacían video, los otros teatro, música… Un espacio sin dinero, un lugar donde incluso ahora el dinero no puede servirte para nada: no hay tiendas ni nada por el estilo”. Doce habitantes de larga estancia y unos 200 en verano, un espacio que siempre había servido como ‘stage’ para ensayos pero a donde el barcelonés, siendo como ya hemos apuntado tan ‘de bosc’, nunca había ido a grabar.

Todo esto me lo explica mientras damos un paseo entre los molinos que abastecen al pueblo de energía: he llegado a tiempo a la puesta de sol. Y merecía la pena.

 

Nada más llegar a la casa, me enseña un porche de madera, fruto del último entretenimiento con su padre. En este pueblo, ¡todo se hace con las manos! Ya no sorprende la obcecación de Vallvé por lo artesanal… De casta le viene al galgo, que dicen.

Ya en la salita, nos encontramos con la tramoya de este “Pels dies bons”, el auténtico esqueleto de micrófonos y altavoces, además de colchones en los cristales para evitar rebotes, y más micrófonos en la parte de arriba; los que dan profundidad y efecto de sala al largo. “Los de arriba siempre estan abiertos, para tener como un pre-delay”, aclara.

El disco, menos producido que el anterior, aunque sí muy “ensuciado con el sonido ambiente”, tiene una estructura mucho más folk, con un funcionamiento más clásico de los temas. “Un disco de canciones, después de haberle metido todo lo que quise al “de Bosc”, que tal vez eran canciones más complicadas con arreglos más fáciles, en éste son más fáciles pero con arreglos más raros. Todas son A-B-C. No hay complicaciones culturales, la virtud está en la actitud, la crudeza”. Crudo, crudo; grueso, grueso. Empezando por las guitarras; rugosas, del agrado de un Eddie Vedder en “Into the wild”, por ejemplo –efecto conseguido gracias a enviar la guitarra acústica al amplificador con slap-delay y distorsión–.

Varias capas, con la más brillante siempre en primera fila, es igual a textura, espesor, en el producto final. Así, la batería, por el mismo efecto de sala, rebota sin oposición, con el añadido de un bajo que más que bajo, hace de guitarra solista en la mayoría de temas: “El bajo es muy melódico, sobretodo en la primera y la segunda canción [“Muntanyes i glaciars” y “Benvingut als Pirineus”], porque la guitarra ya le esta aguantando bien la harmonia”. Los bajos, algunos tocados por Jordi Casadesús –o “Casadegroove” como lo llama Vallvé mientras me hace un gesto a dos brazos de cómo un buen bajista, con ‘rollo’, se movería sobre el mástil– son, en la mayoría de los casos, los brazos que sostienen la voz, muy tratada y con claras reminiscencias Radiohead. Vallvé, que grabó las voces al final de todo, se sirvió de sus hermanas para algunos agudos, aunque muchos de los del disco también son suyos: la peor parte de andar sólo la mayoría del tiempo, admite, mientras imita el tono agudísimo que debía poner para hacer las voces ‘femeninas’.

Poco antes de empezar a cenar, hablamos, como no podía ser de otra manera, de música, y no precisamente actual –Vallvé no es muy dado a seguir las listas del año de las cabeceras–. Hay algún disco que le ha sorprendido últimamente, el de Damonn Albarn (“Everyday Robots”), por ejemplo. Pero en general, sigue siendo de los de analizar obras, buscar en los recovecos del sonido el mensaje. Gran amante de “las tristes” de Los Planetas, sabido admirador de los antes citados Radiohead, siempre con un poso para el ‘loser’ de manual Robert Smith y sus The Cure, con espacio para el post-rock de unos Thee Silver Mt. Zion Memorial Orchestra, es en este “Pels dies bons” en el que más claro se ven esos referentes. De todos ellos hablamos, y todos ellos están en el disco: así lo constatamos con Joan S. Luna en su estudio de Gracia, tres meses después del encuentro aquí narrado. “Si me pongo ‘hippie’ me salen unos referentes y cuando estoy sentimental me salen otros, cuando estoy en plan desamor, el punto me lo dan The Cure, Radiohead, Los Planetas, etc. Y el lamento es Goodspeed y Silver Mount Zion… Me mola mucha música, pero cuando me voy abajo, esta es la que me llega”.

Ha hecho un día muy soleado, pero toca a su fin. Los dos recabamos en que los pájaros siguen cantando de lo lindo, y el detalle no es de recibo, lo juro, pues los pájaros tienen mucho más peso del que podáis creer en esta historia…

“Alquilé una furgoneta para todos los instrumentos y materiales que me habían dejado, además de toneladas de comida para pasar sólo todo el mayo grabando. El primer día lo monto todo y… ¡Se me colaban los pájaros por cada uno de los micros! Estuve a punto de pegarme un tiro”. Los pájaros, los mismos que suenan en “Aquesta és pels dies bons” y con los que aprendió a convivir, condicionaron parte del proceso de grabación y el espíritu del disco. “Descubrí que se callaban a las 22:10h y volvían a despertarse a las 4:20h. Vamos, que pasé de tener jornadas maratonianas de tiempo para grabar, a apenas seis horas, un despropósito”, ahora ríe, reconoce gustarle más el resultado final gracias al silencio y la introspección fruto de la noche. Pero durante unos días tuvo dudas; él que se había exiliado para componer y grabar para hacer las cosas en libertad, al final cedió: durante un mes los pájaros fueron sus únicos jefes.

Puedes leer la primera parte de este especial sobre Pau Vallvé en este mismo link:

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