Hablar con Enrique Bunbury es aceptar desde el primer momento que la conversación no va a ser convencional. Su nuevo disco, “De un siglo anterior”, podría invitar a un ejercicio de nostalgia o arqueología musical, pero él se encarga rápidamente de desactivar esa lectura. “No es un disco conceptual”, advierte casi de entrada. “Tenía que buscarle un título y me pareció oportuno destacar el de esta canción, una llamada a la reflexión sobre lo perdido y lo que abrazamos en estos primeros años del nuevo milenio”. La génesis del álbum, en realidad, tiene más que ver con la continuidad que con la ruptura. Tras “Cuentas Pendientes” (25), Bunbury sintió que aún no había agotado esa vía creativa. “Quedé extremadamente satisfecho, no solo por los resultados de la grabación, sino porque habíamos creado un equipo de trabajo de gran talento y humanamente compatible”. Esa conexión le llevó a prolongar la experiencia. “Antes de realizar otro giro de timón, quería profundizar un poco más en los distintos géneros y palos del folklore hispano y latino que me interesan y apasionan”.
“Todo el mundo opina, y esas opiniones importan un carajo, porque provienen de personas con gustos tan diversos que no significan nada”
Ese anclaje en lo tradicional no implica, sin embargo, una mirada conservadora. Bunbury habla de “pigmentos rítmicos o tímbricos” que utiliza para expresarse. “No es una reinterpretación, porque son canciones propias. Al final, me da igual que me des una mandolina que una caja de ritmos, escribo una canción igual”. En ese equilibrio entre raíz y contemporaneidad se mueve todo el disco. Un trabajo en el que conviven tango, copla, ranchera, son o vals criollo como lenguajes que “casi pueden definir un país entero”. Bunbury reconoce que quienes han vivido entre dos siglos tienen “una percepción privilegiada” de ciertos cambios. Pero rehúye cualquier discurso concluyente, apuntando que “yo no tengo muchas respuestas, me gustan más las preguntas”. Y en ese terreno ambiguo se sitúa buena parte del álbum. Aunque insiste en que no buscaba un hilo conductor, admite que el paso del tiempo se cuela en varias canciones. “Pero creo que la mirada es optimista”, matiza.
Una mezcla de lucidez y distancia también aparece cuando habla de la exposición pública. En “La Voz” canta que “hay balas que apenas te rozan”. “Creo que uno se hace inmune. Antes, la crítica estaba concentrada en unos pocos medios que tenían el monopolio del circo romano”. Hoy, en cambio, “todo el mundo opina, y esas opiniones importan un carajo, porque provienen de personas con gustos tan diversos que no significan nada”. Más crítico se muestra con ciertas estructuras de poder. Cuando se le menciona la idea de “los zorros cuidando el gallinero” que surge de otra canción, no esquiva el tema. “Es bastante ineludible… dejar que decidan por nosotros nos lleva a cometer fechorías. Es la naturaleza del ser humano”. No hay aquí un discurso ideológico cerrado, sino una reflexión abierta, coherente con su rechazo a ofrecer respuestas definitivas.
El disco se grabó en el Desierto Casa/Estudio, en México, un entorno que describe casi como un personaje más. “Es un lugar privilegiado. Un bosque hermosísimo en el que se respira otro aire y tiene una calma mágica”. Pero más allá del paisaje, insiste en la importancia del factor humano, la convivencia, las conversaciones, la creación compartida. De ahí también la intención de formar una banda “panhispánica”, con músicos de distintas procedencias, pero unidos por el dominio del folklore latino y el lenguaje libre del jazz. En el estudio, vuelve a apoyarse en Ramón Gacías como coproductor, con quien mantiene una dinámica complementaria. “Yo soy muy conceptual y me guío por la intuición, Ramón tiene una atención al detalle de la que carezco”. Una dualidad que se refleja en el sonido del álbum, equilibrado entre espontaneidad y precisión.
A estas alturas de su carrera, con décadas de trayectoria, Bunbury sigue evitando cualquier tentación de cierre. Cuando se le pregunta cómo le gustaría que se escuchara este disco dentro de cincuenta años, responde con una mezcla de deseo y escepticismo. “Buenas canciones, bien grabadas, música imperecedera. Pero el paso del tiempo es demoledor. Es posible que piensen ‘Qué antiguo suena esto’”. Incluso en aspectos en los que otros artistas buscan expandirse, como el lenguaje audiovisual, se muestra distante. “Los vídeos son una parte del proceso que disfruto poco, yo pienso en música y palabras, y ya me parece suficiente”.
Donde sí parece volcar toda su energía es en el directo. El “Nuevas Mutaciones Tour 2026” se presenta como uno de sus proyectos más ambiciosos. “Va a ser posiblemente la gira más demandante, por la cantidad de material, su diversidad y el nivel de la banda”. Un espectáculo dividido en tres partes, “in crescendo”, que resume bien su forma de entender la música. O sea, evolución constante, sin mirar atrás más de lo necesario. Porque al final, “De un siglo anterior” no es tanto un disco sobre el pasado como un lugar desde el que observar el presente con cierta perspectiva. Y Bunbury, fiel a sí mismo, prefiere dejar abiertas las preguntas. “No sé yo no tengo ni idea, pero hablar y conversar sobre estos temas me parece como mínimo interesante”, reconoce en un momento dado. Y en esa incertidumbre, en ese espacio entre lo que fue y lo que está por venir, es quizá donde sigue encontrando sentido a su música.

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