Hace casi treinta años un puñado de jóvenes “desarraigados” encontraron en el rock combativo el refugio que les faltaba en la fría Bogotá. Su proyecto, la banda colombiana 1280 Almas, sigue más viva que nunca tres décadas más tarde, consolidada como una de las voces más prominentes del rock latinoamericano. Para su último disco, “Marteko Euriak”, fueron a buscar la inspiración en el País Vasco, un referente para ellos de la música reivindicativa. Concretamente se fueron hasta el estudio de grabación Haritz Harreguy Studia, en el pueblo Usurbil, cerca de Donostia. El resultado: un álbum trabajado, contestatario, poético, y con título en euskera (“Lluvias de marte”). Fernando del Castillo, el cantante de la banda, nos lo explica.

¿Por qué decidisteis grabar vuestro nuevo disco en el País Vasco?
Sentimos que en Colombia habíamos agotado ya todas las experiencias posibles de grabación sin lograr alcanzar el estándar de calidad de sonido que estábamos esperando. En cierta forma era una prueba para nosotros mismos. Pero nos aportó muchas otras cosas además de la cuestión puramente técnica, sino que también hubo una parte vivencial que termina influyendo hasta en la propia sonoridad de la música.

¿Qué os aportó desde lo vivencial?
Es una cosa extraña y difícil de definir. Nosotros íbamos con la expectativa de grabar en el País Vasco por las innegables influencias que ha tenido para el rock latino el rock y punk rebelde vasco. Bandas como Kortatu o Negu Gorriak fueron muy importantes para la gente que nos metimos en el cuento del rock en cierta época aquí en Latinoamérica.

¿En qué os influyó?
Esa contundencia sonora fue algo que nos influyó mucho al principio, cuando empezamos, y la posibilidad de hacer un rock consciente y combativo fue en parte lo que nos hizo arrancar a hacer música. También la posibilidad de dejar que la propia identidad cultural de uno, la que le proviene a uno naturalmente de sus padres y su cultura, emergiera y fuera un componente importante de la musica que hace uno. Eso para nosotros nos lo demostraron esas bandas.

“Marteko Euriak” sí suena mucho más depurado a nivel de sonido que vuestros discos pasados.
Sí, y esa limpieza proviene justamente de lo que logramos hacer allá. El aporte super valioso de Haritz Harreguy fue justamente ese. Nos dimos cuenta que en muchos casos teníamos ideas bien diferentes a lo que él está acostumbrado. Allá en el País Vasco están muy acostumbrados a una cierta fuerza y contundencia en las guitarras y la batería. En cambio nosotros buscábamos unas ciertas sutilezas a las que somos muy afectos los latinos, como esos detalles y filigranas que emanan de nuestra relación con la música tropical. Donde tuvimos las discusiones más interesantes con Haritz fue justamente en lograr comunicar que esas minucias para nosotros no son errores que hay que corregir sino son precisamente sutilezas que hay que conservar.

Imagino que no sería fácil de comunicar.
Nosotros hemos grabando siempre en Colombia, y con la gente de acá no había que explicarlo y racionalizarlo. Tener que hacerlo es algo que le hace reflexionar sobre qué es lo que uno hace. Nos hizo tomar consciencia de nuestra colombianidad.

En vuestras canciones, y especialmente en el último disco, hay muchas alegorías del cielo y del espacio. ¿Qué os inspira?
Es verdad. Hay un tema muy recurrente en nuestras letras que tiene que ver con la soledad humana. Para nosotros es el problema principal de la humanidad… es bien complicado de poner en pocas palabras. A ver, te voy a contar cómo es monográficamente el disco. A medida que íbamos haciendo las canciones iba emergiendo una especie de narrativa… yo lo llamo una metáfora de ciencia ficicón que habla de la destrucción del mundo, del apocalipsis. Un apocalipsis no religioso, más bien un apocalipsis de la ciencia ficción de los 80, que es de donde provenimos nosotros. De ahí surgen ideas relacionadas con la imposibilidad de un futuro brillante para la humanidad por culpa de la propia humanidad, por culpa del propio egoismo que nos caracteriza a los seres humanos. Es un canto al fin del mundo. Por eso habla de las lluvias de Marte, porque Marte es un desierto y no llueve. La lluvia de Marte lo que trae es desierto, pero trae desierto al alma. Donde realmente empieza el desierto es en los corazones de las personas. Ahí es de donde arranca la soledad.

Imagino que toda esta soledad y distopía la conectáis también a la parte más política y reivindicativa de vuestras canciones, que siempre está presente en vuestros discos. En “Marteko” una de las canciones más explícitas en ese sentido es “Barricada”.
Por supuesto. “Barricada” es una canción que surgió al día siguiente del plebiscito que se hizo sobre el acuerdo de paz en Colombia, donde ganó el no, absurdamente, en un país tan maltratado por la guerra durante tanto tiempo. Fue completamente aplastante para el ánimo, ese momento. Y eso es de lo que habla esa canción, pero también de los muchachos que salen a las calles y siguen peleando y siguen tercos y siguen poniendo la cara para que le saquen los ojos.

Vosotros surgís de una década de los 90 en la que el rock y el punk sacudieron Bogotá. ¿Cómo explicaríais ese momento tan bonito a quienes no viven en Colombia?
Yo no sé exactamente qué pasó. Creo que había mucho desencanto. Somos generaciones sin asidero. Bogotá es una ciudad que de desplazados, de gente desarraigada. Casi todos mal que bien provenimos de gente que tuvo que salir de su tierra y perder la raigambre. Eso hizo que en un momento dado hubiera la necesidad de crear artificialmente esa pertenencia, lo que necesariamente pasa por las expresiones culturales. Lo que sucedió fue eso, que uno no encontraba donde agarrarse y se agarraba de uno mismo y de los amigos. Y eso nos sincronizó con una audiencia que sentía ese mismo desencanto y desarraigo.

Sony BMG os fichó al principio de vuestra carrera, pero al poco tiempo decidisteis produciros de manera independiente. ¿Por qué?
La sensación de estar sometido a las veleidades del mercado es un contrasentido para un grupo de rock. Uno no monta un grupo de rock para hacer lo que le manden.

¿Cómo habéis logrado mantener esa coherencia?
Es pura terquedad. Si estuviéramos esperando ganar algo, en cualquier sentido, en dinero o fama, sería cuestión de ponerse un plazo y decir: “si esto no sucede de aquí a tal fecha entonces ya no seguimos”. Eso le pasa a muchas bandas. Pero cuando uno se libera de esos plazos entonces puede hacer lo que uno quiera.

Los músicos colombianos que más están triunfando hoy en día son artistas de reguetón. ¿Os sentís desplazados por eso?
Nosotros siempre hemos sido parte de una cosa marginal, así que yo no me siento desplazado de ninguna forma, porque sigo siendo marginal. Yo tengo mucho respeto e incluso un cierto gusto por algunas expresiones cercanas a esas músicas que les dicen ahora urbanas. Pero esta idea, que parece estar en boga entre los músicos nuevos, de hacerle la corte a esos reguetoneros… Yo no puedo hacerlo, porque a mí esa música me parece la expresión más clara de la decadencia de Occidente.

¿Por qué?
Porque es música que se puede hacer sin corazón, cuyo objetivo específico no es la música como tal, ni el mensaje, no tiene un asidero artístico… sino que está ahí porque su objetivo es vender discos. Ya la historia dirá… pero yo no creo que eso se pueda reivindicar ni que aguante un análisis muy profundo. Está vacío, no hay nada allí. A mí me entristece.