Érase una vez en Hollywood
Libros / Quentin Tarantino

Érase una vez en Hollywood

7 / 10
José Martínez Ros — 10-08-2021
Empresa — Reservoir Books
Fotógrafo — Archivo

“Érase una vez en Hollywood” fue la novena película de Quentin Tarantino; al parecer, también será la penúltima, porque parece decidido a cumplir su anunciada decisión de retirarse de la dirección tras la décima. ¿Y qué hará después? Pues, según ha comentado en alguna entrevista, dedicarse a escribir: recientemente, ha comenzado a publicar algunas reseñas de películas –en muchos casos, producciones muy olvidadas de los sesenta y setenta– que le entusiasman; y ahora nos ha llegado este libro. Una novelización de su propia obra cinematográfica.

¿Y qué podemos esperar del Tarantino escritor? Para ser sinceros, las primeras páginas no resultan nada prometedoras. Tarantino no es sólo un soberbio guionista, también es un estupendo director (es decir, no es Kevin Smith); en sus últimas películas, con el seudónimo de Robert Richardson, se han encargado también de la –majestuosa– fotografía. Por el contrario, como escritor, anda bastante corto de recursos; su prosa es ramplona y abusa inmisericordemente de adverbios y adjetivos. En cierto pasaje, invoca a los grandes maestros del western literario, incluyendo a su adorado Elmore Leonard, al que adaptó en una de sus mejores películas, “Jackie Brown” (para quien esto escribe, la mejor). Desgraciadamente, él queda muy lejos de un consumado estilista y un genio del pulp como Leonard. No obstante, poco a poco, y a medida que la trama de la novela corrige o modifica y, sobre todo, amplifica y explica ciertos aspectos de la película, esta va ganando en interés. Tarantino está lejísimos de ser un buen novelista, pero tiene una capacidad casi infinita para tejer diálogos molones y concebir escenas distintivas y poderosas. En las novelizaciones de películas, que tan populares fueron en los setenta y ochenta, muchas veces el texto adaptaba el guion original, lo que permitía utilizar aquello que se había cortado en el montaje definitivo para mantener la película dentro de lo que se entiende como un metraje comercial. Tarantino hace esto, pero también resitúa y cambia el orden a su antojo, además de incluir muchas “secuencias” nuevas, que engrandecen aquello que vimos en los cines.

La gratuita escena con Bruce Lee, que parecía un chiste a costa de la leyenda de las artes marciales, sirve para ofrecer una nueva perspectiva sobre el carácter de Cliff, que ahora resulta tremendamente más sombrío, un sociópata y asesino múltiple al que, además, Tarantino convierte en un gran cinéfilo y portavoz de muchas de sus opiniones sobre el cine y la televisión de su época (que Tarantino utilice a un personaje tan oscuro para exponer sus ideas nos evoca, inevitablemente, al autorretrato de Lars Von Trier como psicópata con el rostro de Matt Dillon en la magnífica “La casa de Jack”). Los personajes reales de la historia, Sharon Tate, Polanski y Manson cuentan con un mayor desarrollo y son mucho más interesantes en su recreación escrita. La relación de Rick con Trudi, la niña actriz y, en general, el mundo de los seriales televisivos del Oeste se convierte en el corazón del relato, y permite a Tarantino lucirse con algunos de sus mejores diálogos. Y, sobre todo, cambia el final. A algunos nos decepcionó el de la película, nos pareció repetitivo y facilón que volviera a terminar con una explosión guiñolesca de violencia. El final de este Director’s Cut trasplantado a las páginas de una novela es muchísimo mejor. Más íntimo y emocionante; y está lleno de genuino amor por el cine.

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