El método Bunbury
Libros / Fernando Del Val

El método Bunbury

6 / 10
José Martínez Ros — 29-06-2020
Empresa — Difácil
Fotógrafo — Archivo

Empecemos por una confesión personal. El autor de esta reseña estuvo una sola vez en su vida en un karaoke. Tan ignominioso accidente, tuvo lugar a principios de la década de los dos miles. La canción que se entonó en el escenario a altas horas de la madrugada por un grupo de amigos, en un estado de perceptible alteración alcohólica, fue –por supuesto-: “Maldito duende”. Esta pequeña anécdota sólo es una muestra del impacto que ha tenido en el imaginario sentimental y cultural de varias generaciones de españoles y latinoamericanos la música de Enrique Bunbury, tanto en su rol de líder de un grupo en los altares del rock patrio, Héroes del silencio, como en su ya dilatada carrera en solitario. El autor de este libro, el poeta Fernando del Val empieza confesándose admirador de Bunbury, al que compara con dos pesos pesados como Raphael o Julio Iglesias por su condición de icono.

Pero esto no ha impedido que este antiguo fan (y que, por tanto, había memorizado muchísimas de sus letras) descubriera que Bunbury ha construido hasta treinta y siete canciones mediante el método del corta-y-pega con fragmentos de escritores tan variopintos como Fernando Arrabal, Antonio Gamoneda, Michel Houellebecq, Felipe Benítez Reyes, Fernando Sánchez Dragó, Juan Rulfo, Nicanor Parra o Mario Benedetti. En algunos casos la amalgama de ideas y frases ajenas suma la mayor parte de la canción (como sucede, tristemente, con “La chispa adecuada”, uno de los grandes temas de Héroes); en otros sólo incluye unos cuantos versos más o menos modificados. Esto era en parte conocido, debido a la agria polémica que se desató con motivo del single de Hellville de Luxe, “El hombre delgado que no flaqueará jamás”, con un estribillo tomado –sin acreditarlo– del poeta Pedro Casariego, pero ahora se nos presenta bajo la forma de un estudio casi académico por su exhaustividad. Este volumen es el resultado de un trabajo de ratón de biblioteca que se adivina tan denodado como desconcertante: ¿no habría sido suficiente con un artículo en prensa, era necesario todo un libro?

Con independencia de las dudas acerca de la intención exacta del autor, su tesis es innegable. Bunbury ha rozado el plagio en buena parte de sus canciones. En el mundo de la cultura, incluyendo a la música, se puede samplear y homenajear libremente (ahí tenemos a Tarantino, por ejemplo), pero por un mínimo de decencia hay que reconocer tus fuentes, y Bunbury no lo ha hecho jamás. No en todas ni en muchas de sus composiciones más míticas: “Maldito duende”, “Héroe de leyenda”, “Entre dos tierras”, “Con nombre de guerra”, “El rescate”, “Lady Blue”, “Que tengas suertecita” o “El extranjero” (y otras muchas) quedan incólumes. Esto nos plantea otra pregunta, para la que nunca tendremos probablemente contestación: si Enrique Bunbury ha sido capaz de componer por sí mismo, sin ningún apoyo externo, alguno de los himnos más memorables del rock en español, ¿por qué se ha metido en este, por así llamarlo, berenjenal, con el riesgo de que lo pillaran, como finalmente ha acabado sucediendo?

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