El jardín de vidrio
Libros / Tatiana Tibuleac

El jardín de vidrio

9 / 10
Marcos Gendre — 25-05-2021
Empresa — Impedimenta

Tras habernos cortado la respiración con la desbordante belleza narrativa de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, la moldava Tatiana Tibuleac retorna con su segunda novela, “El jardín de vidrio”, devastadora descripción de la carta imaginaria escrita por la niña Lastochka en tiempos de pleno derrumbamiento de la Unión Soviética.

Dispuesta de forma fragmentaria, Tibuleac aprovecha para extraer el mayor flujo posible poético en su narrativa a través de trescientas cincuenta y cuatro páginas dispuestas en ciento sesenta y siete escenas vitales que se muestran como las piezas de un jarrón roto, como la memoria de esta niña, que describe su relación la anciana Tamara Pavlovna, que la rescata de un orfanato moldavo para utilizarla como su esclava personal. Incluso en los momentos de máximo dolor y dureza, Tibuleac saca partido de la escuela Cartarescu, mediante la que congela las lágrimas de desolación en cristales preciosos, borrachos de metáforas y toda clase de ejercicios poéticos en pos de alumbrar el espíritu embellecedor, e ingenuo, de la infancia ante situaciones tan expeditivas y crueles como las aquí descritas. Porque, ante todo, “El jardín de vidrio” muestra un acto de supervivencia en su máximo esplendor, el de una niña que crece en una época muy concreta de la historia, que Tibuleac dibuja mediante trazos de emotivo poder emocional.

Tal grado de capacidad por mostrarnos esta realidad caleidoscópica se produce a través de la progresiva pérdida de inocencia de una protagonista abocada a una tragedia sin red, donde las vejaciones y actos de esclavitud doméstica están a la orden del día. Y que hacen de tan desgarrador relato una pieza narrativa de valor incalculable. Por cierto, nuevo (gran) ejemplo de que, a día de hoy, si queremos encontrarnos con los referentes literarios que sobrepasarán la ITV del tiempo en el futuro, hay que trasladar la vista a Europa del Este, ya sea mediante Dubravka Ugresic, Mircea Cartarescu o esta alumna aventajada de sus modelos reconocidos, Fiódor Dostoyevski o Léon Tolstói. Sin olvidarnos del halo subyacente al existencialismo camusiano que prende en tan inmersiva lectura, que refrenda el genio de esta avezada funambulista de las palabras.

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