Cómo ser famosa
Libros / Caitlin Moran

Cómo ser famosa

7 / 10
José de Montfort — 02-03-2020
Empresa — Anagrama

“Cómo ser famosa” (Anagrama, 20), la última novela de la escritora inglesa Caitlin Moran (y segundo episodio de su proyecto de trilogía autobiográfica), es en realidad, más que una novela, el punto de colisión de dos ideas de novela: la de la propia Caitlin Moran (que se quería centrada en la fama) y la de su editora (que pugnaba por una trama central de abuso y pornovenganza). Así, más que una novela, la narración funciona como una bildungsroman abortada a la que, en un determinado punto, se le adhiere una (falsamente) resolutiva novela de tesis (elaborada, empero, en términos de fantasía adolescente –o cuento de hadas punk–), que contra la idea lógica del epílogo se pretende consecución natural de la trama. Dicho de otra manera, la protagonista del libro, ingenua e inmadura (como corresponde a una adolescente de diecinueve años), se convierte al final de la novela, de una forma absolutamente instantánea, en una suerte de superheroína justiciera feminista y ejecuta un acto de venganza público (de resarcimiento, más bien) poco probable para su contexto, condición y maduración mental.

“Cómo ser famosa” es, en sus tres primeros tramos (la novela se compone de cuatro partes), una novela de formación en retrospectiva, una autobiografía disfrazada de la propia autora, cuyo personaje central (Johanna Morrigan, protagonista también de su anterior libro, “Cómo ser una chica”) es un alter ego de Caitlin Moran. Morrigan llega a Londres, donde pasan las cosas, el lugar donde llegan las gentes que “en su casa no se sentían normales” (“Londres es un juego, una máquina, una lupa, el crisol de un alquimista”, escribe la autora) desde Wolverhampton y se inicia en la prensa londinense británica bajo el pseudónimo de Dolly Wilde (el Wilde es su invento de bebida preferida: tres chupitos de Jack Daniels en un vaso de pinta, una Coca-Cola por encima; se puede tomar a sorbos como si fuese una pinta, pero sube como si fuese licor). A partir de aquí, nos encontramos con una versión individualista, deslenguada, cafre y honesta de “Las chicas de Candem”, de Jane Owen. Una alocada, ingeniosa y ocurrente visión de los noventa, con el masculinísimo britpop en todo su apogeo (“una fiebre del oro fáustica”).

“Cómo ser famosa”, en su instancia más íntima, es un intento de “reinventar el enamoramiento” (desde las claves del feminismo de Audre Lorde y Jane Eyre) pero que, sin embargo, acaba en una diatriba algo pueril; siempre necesaria, si se quiere, pero bastante ingenua para 2020, y ampliar el catálogo de mujeres que molan (y esto sí que a fe que lo consigue).

Entretanto, muchos e interesantes temas jalonan la trama: la conciencia de clase (Morrigan pertenece a los entornos obreros), la dificultad de deshacerse de las raíces, los remordimientos, la difícil relación con los padres (“está deseando que la llames [su madre], pero, luego, cuando la llamas, te hace sentir culpable”), lo agotador que es ser mujer, la autoestima y la aceptación de una misma, pero, sobre todo, de su cuerpo (“mi gordura era mi karma”). La guerra de sexos (“lo de los hombres y las mujeres solo es una guerra de palabras”), el sexo mismo (“sin buenos besos no puede haber un buen polvo”) y el sexo con uno mismo (“me estoy haciendo una paja porque es importante correrte cuando has pasado un tiempo fuera y llegas a tu casa: así, la casa y tu cuerpo se enteran de que has vuelto”) y también lo que significa tener una pandilla, piso propio, organizar las primeras fiestas. El famoseo, la droga, el mal sexo (pero también el bueno; más escaso), y la herencia familiar (“heredar partes del cuerpo de los padres es muy duro”). Pero, sobre todo, la celebración de un espacio mítico, el pub: “el templo de la felicidad”.

Sin embargo, lo que me temo que más interesará a nuestros lectores es su visión de la industria musical de los noventa y sus entornos: las pequeñas discográficas (“hasta ahora, no me había dado cuenta de que eso es lo que son las pequeñas discográficas independientes: comerciantes de amor y fe”), la figura de la groupie adolescente (que Moran defiende con denuedo y es, además, uno de los asuntos centrales y muy importantes del libro), la prensa musical (“es un mundo tan pequeño e incestuoso que las revistas se utilizan a menudo como un buzón de cartas sin entregar, donde los escritores se disparan unos a otros empleando un lenguaje codificado, frente a ochenta mil lectores desconcertados”) y el dinero (The Face –“la mejor revista del mundo-, le paga a Morrigan 250 libras por su primera columna, ¡250 libras!), o los cantantes famosos (“los artistas son seminómadas y semisalvajes. No saben comportarse en un ambiente doméstico”) y sus problemas para conciliar el éxito con sus primeros fans. El arte (“yo creo que el arte consiste en lograr que alguien se enamore de ti”), la fama (“todos sabemos lo que es la fama, pero no lo sabemos”), la composición de canciones (esa “especie de Jardín del Edén comunitario en el subconsciente colectivo” de donde salen todas las canciones buenas) y la paradoja de dedicarse al negocio musical (“Puedo emborracharme gratis -y viajar gratis por el mundo, entrevistando a grupos-, pero no tengo dinero para comprarme ropa”).

Asimismo es importante en el libro el papel de una de las amigas de Morrigan, ya en su faceta de Dolly Wilde, Suzanne, una norteamericana adicta a las pastillas, quien forma un grupo llamado a triunfar (The Pranks) y cuyo mayor objetivo es el de “escribir canciones para chicas feas” (pues, como ella misma dice, “todas las canciones tratan sobre chicas guapas”).

Pero volvamos al problema de la reescritura histórica. “Cómo ser famosa” reescribe los años noventa (y convengamos en que ya es una época que no solo forma parte del pasado, sino de la historia) en clave de novela de época, pero con un matiz: como decíamos antes, se escribe con las claves interpretativas del presente. Así, contra ser una novela postmoderna noventera, el libro mezcla lo cotidiano (las tres primeras partes del libro) con lo espectacular (la cuarta parte). Esto es, impone un relato altermoderno en un contexto postmoderno. De otro lado, y como corresponde a una columnista de éxito, la novela de Caitlin Moran está llena de apreciaciones brillantes y giros rijosos, completamente estrambóticos, divertidísimos y llenos de inteligencia (en la estela de las armas con las que la escritora se defendía en los años noventa, en la prensa musical). Solo que una novela es algo mucho más complejo que una colección de frases graciosas y apuntes certeros. Con todo, lo peor no es esto, sino que, como bien ha hecho notar la mayoría de la prensa española y anglosajona, Caitlin comienza a sonar repetitiva, a algo que ya nos sabemos demasiado bien, porque la autora se ha ocupado de decirlo demasiadas veces.

No obstante, me gustaría cerrar con un último apunte sobre otro de los diferentes asuntos de la novela, y aquí destacaría la mención constante de obras literarias que hace Caitlin Moran y la importancia que le da a los libros en su conjunto. Escribe de una manera ciertamente poética: “Un libro es un precioso mausoleo de papel o una tumba, donde almacenar ideas… para que los huesos de tus pensamientos se mantengan eternamente”. Ojalá, y a pesar de las pegas expuestas, haya sido capaz de hacerles entender que hay muchos pensamientos en este libro que sí valen mucho la pena.

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