Ya podrían ser así todas las escapadas de la presión cotidiana. Troy ha aparcado ¿momentáneamente? a Chokebore y ha rebajado el tono para montarse un disco de pop sensible lo-fi deconstruído –sólo un pelín- con la dosis de electrónica casera que ahora resuelve la papeleta a cualquiera.
Ese es precisamente el pero más grande que se le puede colgar a este disco, que la resolución electrónica a veces parece más un juego aleatorio que algo serio, y en esos fallos es donde radica uno de los encantos de estas canciones, en que parecen vivas, sin terminar, cercanas, entrañables y hasta sensuales. Hay cortes que ni siquiera son canciones sino pequeños apuntes melódicos, juguetes con los que uno de estos días va Troy Von Balthazar y nos construye un gran disco. De momento es la encantadora crónica descuidada del procedimiento de un pequeño genio en movimiento continuo.
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