Entre los preceptos de obligado cumplimiento figuran la fijación por Tolkien y su mundo –el nombre del grupo procede de un libro de Nick Perunov, émulo del creador de la Tierra Media-, la atracción por iconos de lo oscuro –Dead Can Dance es la máxima inspiración del teclista Rustam- y unas pretensiones de innovación un tanto mesiánicas –inclusión de flauta y bases programadas- que se desmoronan cuando el oído experto reconoce algo más que homenajes a grupos como Cathedral o Arcturus. Los aciertos –los buenos augurios de “Into”, la extenuante y folklórica atmósfera de “Planekeep/The Crypt”, el marcial ritmo electrónico de “Trust This”- no alivian la impresión de que el álbum promete más de lo que en efecto entrega y de que su atracción declina conforme se suceden los minutos.
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