Sudden Deaths (Revisited)
DiscosJon Iturbe And The Radio Gangsters

Sudden Deaths (Revisited)

9 / 10
Kepa Arbizu — 14-05-2026
Empresa — Folc Records
Género — Rock

La historia del rock and roll se sostiene, también, sobre su propio relato mitológico, un ingrediente que, más allá de servir como atractivo soporte literario, despide un fascinante magnetismo. Sin la existencia de dicho elixir, muchos de los hoy iconos del género probablemente no habrían decidido donar su talento creativo a una forma de expresión convertida en un modo de vida que, bastantes veces, ha hecho de sus renglones torcidos el imprescindible alimento de unas canciones convertidas en la banda sonora de distintas generaciones. Conocedor, y admirador, de esas paganas hagiografías, Jon Iturbe amasó esa herencia hasta acabar perteneciendo a la selecta estirpe de monarcas del subsuelo. Lejos, en el calendario pero también en su naturaleza, de un ecosistema construido entorno a ídolos de barro entregados a una monocorde promoción o rendidos a las dádivas vertidas en las redes sociales, su figura encarna el sentido bohemio y aventurero -en la acepción más existencial del término- de unos ritmos que precisamente nacieron con la aspiración de inventar un paisaje ajeno a los horarios laborales y a la tediosa dictadura de la rutina.

Finiquitada la trayectoria de su banda, The Hot Dogs!, justo en el paso de un siglo a otro, sin embargo el guipuzkoano seguía manteniendo intacta la necesidad de traducir su turbulento clima emocional en composiciones. Una traslación de ese ánimo en constante tempestad a un repertorio que pronto se convirtió, con su lanzamiento en el 2003 tras el título de “Sudden Deaths” a través del sello El Beasto, en un codiciado objeto de deseo sobre todo consecuencia de su pronta desaparición de cualquier catálogo. Bautizado de esa forma como reliquia del underground, el álbum sin embargo abandona ahora ese país de las leyendas para transformarse en una realidad gracias al esfuerzo de FOLC Records, quienes publican una remasterizada y especialmente cuidada edición de un trabajo infectado de todo eso rock visceral escrito a lo largo de los años entre noches anónimas y épica tabernaria. Una nueva vida que, al contrario que otras famélicas restauraciones que priorizan el aspecto mercadotécnico frente a cualquier respeto artístico, entroniza todavía más a un trabajo que, manteniendo su brumosa naturaleza, adopta una inédita consistencia, haciendo que sus latidos de desclasado pedigrí retumben todavía con mayor intensidad.

Reconociendo el concepto radicalmente individualista que desprende el disco, en cuanto a Odisea particular en constante muerte y resurrección, sin embargo su gestación representa un ejercicio de confraternización con muchos de esos corredores que acompañaban a Iturbe por su turismo alrededor del filo. De esa forma los créditos del álbum se pueden observar como un absoluto paseo de la fama del rock vasco, un mapa que recoge a integrantes de Nuevo Catecismo Católico, Bonzos, Atom Rhumba o Rubia, copartícipes y necesarios aliados, incluso esbirros si tenemos en cuenta el nombre bajo el que aparecen agrupados, Radio Gangsters, para cincelar un repertorio que interpreta con perfecta maestría lo que significa, y así será siempre por mucho que los tiempos actuales desfilen cual reyes desnudos aplaudidos por las masas, hacer de la música un imperecedero diálogo con nuestro yo más puro, uno que a veces necesita ser traducido por bardos amamantados por el lumpen.

Probablemente toda la historia del rock and roll, y de sus antecedentes, se comenzó a fraguar en algún bar de esos que su único horario legítimo responde al último alma que cierra la puerta prometiendo un regreso temprano. De igual manera, “Sudden Deaths”, comienza su andadura con un “The Neverclosin’ Bar” que, como buen enclave beodo, mezcla euforia y melancolía, donde la algarabía entonada por una hermandad de exiliados de la normalidad nunca se sabe si está llorando o celebrando, espíritu que recoge un tema que también confisca esa nostálgica condición de los Jacobites. Un nombre, o el de Nikki Sudden si se pretende individualizar más el rastro de la herencia, que acepta la brújula de esa parte del álbum destinada a encaramarse al día después (metafórico, o no tanto) del alboroto, cuando las sombras ya no pueden ser disipadas con humo o licor y su apariencia reproduce otro tipo de ruido, uno que nos sitúa en un laberinto del que en demasiadas ocasiones cuesta encontrar la salida, aunque sea la de emergencia. Un espacio, al que acude la zozobra sonora de otros desterrados de cualquier Edén, como The Only Ones o incluso Epic Soundtracks, ocupado por “Niagara Falls”, donde las guitarras demuestran que cuentan con su propio corazón que se desangra a través de las cuerdas, o ”I. A. Z”, que repunta una condición de crooner envuelto en ese tipo de niebla a la que en muchas ocasiones cuesta toda una vida enfrentarse, y no siempre se obtiene el éxito de observar un horizonte despoblado de nubes de humo.

A pesar de que hay dos climas diferenciados a lo largo del disco, ambos pertenecen al mismo ecosistema tembloroso, y el citado aroma a romántico decadentismo en clave de rock, lo que no excluye de la ecuación el influjo de firmas estampadas en los libros de Wilde, Paul Verlaine o Becquer, no deja de ser el reflejo puntual de una cronología que también se expresa desde un carácter que linda con el punk. A medio camino entre ambas atmósferas, la épica glam tan característica de Mott the Hoople en “Crab Nation”, ejerce de eslabón hacia una ferocidad que se quita la levita del dandismo, aunque nunca desprendida del todo, para dejar paso a las tachuelas y las chupas de cuero, un fondo de armario donde se apilan los discos de Vibrators o Dead Boys, quienes serían una noble compañía de un listado de temas que a modo de increscendo, haciendo de “There’s A Big Thing Goin’ Round” y “Live Wire With A Bad Liver Life” una paulatina aceleración, toman destino a la desbocada y violenta “Kill Minimotorbike Kids”, situando la discografía cómplice casi a la altura de la virulencia expuesta por Germs. Representaciones del rugido que produce el abismo cuando abre de par en par sus fauces para entregarnos una invitación al abismo, disimulada entre despreocupados vítores, sin posibilidad de regreso.

La reedición de “Sudden Deaths” no es solo, y probablemente no sea lo más importante, un lujo para coleccionistas; tampoco pretende ser un ataque de nostalgia para quienes vivieron tan acelerados esa época como sus protagonistas y se observan representados en este álbum de fotos, de hecho su presentación aporta dos temas actuales que se diría que tienen la misión de dar continuidad al epílogo del trabajo original. Si allí, gracias a unos jubilosos teclados y la voz de Sara Iñiguez, hacen del tema homónimo un acercamiento a una melódica new wave, sus dos “continuadores” asumen esa mayor armonía, como el caso “A Spark is Enough”, o incluso por medio de la oscurantista “Desde el principio me entendiste mal”. Poder acceder a este álbum más de dos décadas después de su lanzamiento supone otorgarle una nueva existencia a un disco esencial y majestuoso, donde todos sus elementos hablan un mismo idioma, uno que, pese a ser universal, solo está al alcance de ser reproducido por quien respira a través de acordes y riffs, o incluso de aquellos que se ven imposibilitados a mentir ni buscar disfraces impostados frente a un micrófono, ya que su propia vida resulta en sí misma una canción de rock.

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