Al menos una vez al mes surge un grupo liderado por un vocalista con ínfulas que intenta emular a los grandes –y a los mediocres también– del glam-rock. La mayor parte se quedan en la mera copia y no pasan del segundo disco; algunos consiguen trascender más allá. Es el caso de Bobby Conn y los suyos.
Es evidente que no son los Spiders de Bowie, pero se les intuye carisma, aunque más como banda que por su cantante: desde la arreglista de cuerda (destacadísima en las líneas finales de "Relax", por ejemplo) hasta el mismo John McEntire en las labores de productor y músico autoinvitado, todos los miembros del grupo son excelentísimos artistas de lo suyo. Sin embargo, pese a que empieza muy bien, el disco va perdiendo intensidad pronto. Aporta pinceladas muy sugerentes, pero le sobran innecesarios interludios instrumentales y algunas de esas canciones que dejan la sensación de no estar del todo acabadas, como la que cierra el disco. Con todo, las referencias no se adscriben a un único género y su repertorio se mueve por el funk, la new wave británica, el folk psicodélico (¿Cat Stevens bajo los efectos de un tripi?) o incluso el hard rock. Y experimentalismo, mucho experimentalismo freak. Un gran disco, desde luego, pero del que se podría esperar mucho más.
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