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tachenko

¿En qué momento se convirtieron Tachenko en algo tan familiar que siempre ha parecido que estuvieran ahí? ¿Cuándo nos acostumbramos a recibir, de tanto en tanto, nuevas canciones de los zaragozanos con las que hacer nuestra vida más agradable durante un rato? No sabría ubicar el momento en el tiempo pero, en cualquier caso, la de Tachenko es una carrera de fondo que ha pasado por diferentes etapas compartidas -siempre de forma clara y honesta- con sus seguidores. Una trayectoria que alcanza desde el desparpajo inicial y despreocupado de “Nieves y rescates” (Gelmar, 04) y “Las jugadas imposibles” (Gelmar, 06), al máximo esplendor pop pleno en canciones pegadizas -con el que muchos pensamos que se comerían la escena- de “Esta vida pide otra” (Limbo Starr, 08) y “Os reís porque sois jóvenes” (Limbo Starr, 10). Ahora la banda parece conocedora y en paz con su lugar en el mundo y, tras “El amor y las mayorías” (Limbo Starr, 13), el cuarteto liderado por Sebas Puente y Sergio Vinadé presenta al universo su definitiva madurez artística, concretada en este magnífico “El don del vuelo sin el arte hermano del aterrizaje” (Limbo Starr, 2018). A los principales artífices del proyecto les acompañan Alfonso Luna (batería de la banda casi desde los comienzos) y David “Libi” García, bajista a su vez de Picore.

Juntos completan un disco de diez temas impregnados con la particular estampa de la marca Tachenko, en donde destaca una (casi) constante tonalidad de nostalgia. Los aragoneses apuntan definitivamente hacia las guitarras reflexivas y el detalle enriquecedor, medido y en ocasiones incluso clásico, obviando en mayor medida aquel regusto a power-pop de otras épocas. Los medios tiempos son ahora clara mayoría, amparados por esas letras costumbristas tan maravillosa y levemente veladas marca de la casa. En esta sección se ubican las destacadas “Gafas de sol”, “Domingo de Resurrección”, “Suave conmigo”, “La pena capital”, “Los santos protectores”, o “Los listos” ejerciendo como magnífico cierre. También hay cabida para alguno de esos himnos que pasarán directamente a formar parte del momento festivo en los conciertos del grupo, caso de “Los estilos” y, sobre todo, “Justo y necesario”. Una referencia que se degusta con despreocupación, y que tiene el valor añadido y sentimental del reencuentro. El reencuentro con esas sensaciones balsámicas, positivas y siempre agradecidas, que llegan empacadas en canciones de tres o cuatro minutos. Las propiciadas por un grupo que, ya va siendo hora de decirlo, ostenta desde hace tiempo el título de mítico dentro de esa liga estatal que juegan los mejores del pop. Ojalá no nos falten nunca.

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