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Hace dos años, con “Woke On A Whaleheart” y dela mano de Neil Michael Hagerty, Bill Callahan pareció amagar en elprimer disco firmado bajo su propio nombre con una carrera paralela ala de Smog, apostando por sonidos más rockistas que encajaban con elacomodo en Drag City. Tal vez por eso que “SometimesI Wish We Were An Eagle” nos ha pillado con el pie cambiado y seconvierte en una de las mayúsculas sorpresas de lo que llevamos de2009, más aún si cabe viniendo de todo un veterano cuya capacidad desorpresa parecía casi agotada. Y lo hace con un décimo tercer álbumque, lejos de suponer una ruptura con su obra anterior, vuelve a contarcon los elementos por los que nos enamoramos de obras como “Wild Love”,“Red Apple Falls” o “Supper” -la que para mí era su última gran obrahasta la fecha-: un pop sereno y desprovisto de estridencias, como unosBeach Boys de dormitorio (impresionantes los arreglos de cuerda,deliciosos los slides y vientos que adornan algunos temas) y que seapoya en la sombría voz de barítono de Callahan para sembrar dedemonios unas melodías en apariencia tan simples como celestiales.

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