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La teoría es que Sidonie han dado un golpe de timón en su séptimo trabajo y en su sonido con un giro hacia la electrónica, pero no hay perturbaciones en su actitud: cambia el contenido, pero no la forma. Nunca han buscado la canción pop perfecta, aunque en ocasiones han estado cerca de conseguirla, pero sí han apostado por producciones distintas a lo largo de su carrera. En la práctica, los beats (que los hay) no empañan un corazón que no por ser robótico tiene menos capacidad de romperse; en ningún momento el álbum deja de sonar a Sidonie. Articulado a través de la relación entre Sierra y Canadá, dos robots enamorados a destiempo el uno del otro, el disco presenta estructuras a las que no nos tenían acostumbrados (“Yo soy la crema”, “Hiroshima mi amor”) y un sonido mucho más sintético (“Rompe tu voz”, la delicada “Canadá” o “La noche sin final”). “Sierra y Canadá” no asustará a los fans. El pop superlativo (“Un día de mierda” o los estribillos redondos de “El mismo destello” o “Las dos Coreas”), los ecos de los años lisérgicos de Carnaby Street y el costumbrismo de The Kinks siguen presente a lo largo de un trabajo en el que hay menos guitarras y más teclados –compusieron muchas canciones a partir de un órgano Lowrey del 74- e influencias bien asimiladas de Pet Shop Boys o The Human League, pero también de Kraftwerk, Silver Apples o pioneros en el uso de los sintetizadores como Joe Meek.

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