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Asegura el músico norteamericano que éste es realmente el primer disco de su nueva “banda”, la formación que cuajó en el espléndido “The Best Day” (Matador, 14): Steve Shelley a la batería, James Sedwards (Nought) a la guitarra y Debbie Googe (My Bloody Valentine) al bajo. Un grupazo que profundiza en los hallazgos sonoros de su anterior apuesta, en pos de una espiritualidad eléctrica conjurada mediante bucles obsesivos y pasajes en los que el de Florida vuelve a mostrar su maestría con la guitarra y modulando estructuras y dinámicas, armonías y disonancias.

Hay aquí una deliberada y mayor colisión armónica de vanguardia y clasicismo rockero, desde ese título que juguetea con el concepto budista de conciencia y el entusiasmo eterno de nuestro hombre por la música de guitarras, intacto hoy cuando se acerca a los sesenta. Como en “The Best Day”, la luz se impone a la oscuridad.

Treinta y seis años después de que Sonic Youth reventaran los códigos del rock, las canciones de Moore siguen siendo totalmente reconocibles en sus armonías vocales y los característicos juegos de guitarras. Aunque ahora, la serenidad de la madurez se impone sobre la rabia juvenil. Y Sedwards, que se marca solos de guitarra de una ortodoxia que habría escandalizado a unos cuantos indies de los noventa, gana más protagonismo. De la calma del prólogo de “Exalted” y su violenta explosión central con ecos tibetanos a la trepidación de “Cusp” y las turbulencias de “Turn On” (con ese estribillo esquinado que es puro Sonic Youth) o las guitarras desgarradas y ariscas de “Aphrodite” y su tremendo bajo en bucle, el álbum muestra, de nuevo, hasta dónde puede llegar el lenguaje del rock en su más amplia acepción. Todo, incluyendo el sonidazo conseguido en el estudio The Church junto al ingeniero Paul Epworth (Coldplay, U2), remite a un músico tan inquieto como dominador de su lenguaje, y consciente de tener un pedazo de banda con la que puede pasar de un extremo al otro en segundos.

Sinfonía rockera compuesta por cinco piezas largas en las que buena parte de las letras, repletas de enigmática simbología mitológica, vienen a cargo de su colaboradora Radieux Radio, en “Rock n Roll Consciousness” Moore no ha perdido un ápice de su pasión por lo que hace; exprimiendo, con inteligencia, la química orgánica y natural de un grupo en estado de gracia.

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