La música que hacen los neoyorquinos Levy (nombre que proviene de su frontman James Levy) ha sido asociada con bastante frecuencia por parte de la crítica estadounidense al sonido C86, heredero solo en parte de la cinta homónima que repartió NME hace veinte años.
Levy se dedican a la música pop bien hecha, que da igual importancia a los estribillos que a las guitarras, que suena un pelín ampulosa debido a los teclados y ambientes que crea Dave Quattrini, también productor del disco, y que sin aportar nada nuevo al panorama musical presenta una colección de canciones resultonas y bien trabajadas (ejemplos: el sonido opíparo de “So Hard” o la canción que titula el disco, que sigue la tónica lírica oscura de todo el repertorio). No esperen, sin embargo, que su imagen encaje tan bien en las portadas de las revistas como lo hubieran hecho The Pastels o The Shop Assistants, dos de las bandas más representativas de la evolución C86, que en su forma original –la cinta de cassette– sonaba mucho más cruda gracias a los primeros coletazos de Primal Scream o The Soup Dragons: Levy aspiran a la gloria con sonoridades menos rasposas y mucha inspiración trabajada día a día.
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