Shore
Discos / Fleet Foxes

Shore

9 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — 25-09-2020
Empresa — Epitaph
Género — Folk Rock

Robin Pecknold se dio cuenta, parafraseando a Bill Shankly, de que la música no es una cuestión de vida o muerte: es algo mucho más importante que eso. El mundo se detenía, las calles se vaciaban, la música callaba mientras las sirenas de las ambulancias bramaban y las UCIs se desbordaban, y el de Seattle pensó que quizá no era tan trágico que, llegado el mes de abril, tuviera ya completas quince canciones para las que no daba con una mísera letra. Entonces se cercioró de dos cosas: en primer lugar, de que su rol de músico célebre, eso de ganarse más que dignamente la vida con ello, no debía ser (en ningún momento) una fuente de ansiedad ni autoexamen permanente. Era, más bien, una bendición. Y en segundo lugar, que la belleza podía perfectamente residir en las pequeñas cosas. En aquellas que tenemos más a mano. En el atardecer, en el fuego, en el aire, en el agua, en la luz (menciones no gratuitas: resuenan en sus textos), aunque todo esto suene a manual de autoayuda de hippy trasnochado. En coger el coche y transitar Nueva York abajo, por la costa este, sin un destino determinado. Y dar por fin con las musas extraviadas, con el hilo conductor.

Fue así como se olvidó, quizá también por el clásico efecto acción – reacción, de la complejidad de “Crack-Up” (2017), y le dio por enhebrar una colección de canciones que, en sus propias palabras, “celebran la vida en la cara de la muerte, como un alivio, como tus pies tocando la arena de la playa tras el descenso de la marea”. El equinoccio de otoño de tan nefasto 2020 hizo el resto, cerrando el círculo – el álbum se empezó a gestar justo un año antes – y completando el sortilegio: la vuelta de Fleet Foxes a su mejor estado de forma. Lo más brillante que han hecho en muchísimo tiempo. Desde el “Summer all over” con el que anuncian la inaugural “Wading in Waist – High Water”, apuntalada por la preciosa voz de Uwade Akher, jovencísima estudiante de la Universidad de Oxford, hasta las notas de piano con las que la delicadísima “Shore” despide casi una hora que en ningún momento se hace larga.

Están aquí de nuevo todas las cualidades que hicieron de ellos una de las bandas de referencia del rock norteamericano durante la última década: las armonías vocales prístinas, de una pureza que no se adquiere en los mercadillos de tendencias, los coros delicados, la querencia por un folk rock pastoral que va diseminando regueros de una espiritualidad serena, difícilmente impostada. Y están todas mejor enfocadas de lo que nadie hubiera podido esperar: escuchen el fogonazo pop de “Young Man’s Game”, digno de ser codiciado por Real Estate o Rolling Blackouts Coastal Fever, la forma en la que bordan filigranas como “Featherweight”, que les acercan a la sutileza de Whitney, el cegador brillo áureo de “Quiet Air/Gioa” o el bálsamo puro que es “Going-To-The-sun Road”, con delicioso remate a cargo de la voz del portugués Tim Bernardes, o la forma en la que “Cradling Mother, Cradling Woman” progresa hasta convertirse en su particular minisinfonía adolescente (bueno, no tanto: son 32 castañas ya) para Dios – parafraseando a Velvet Crush – , sirviéndose de un sample de la voz de Brian Wilson para acabar emulando, de paso, al mejor Sufjan Stevens.

Van Morrison, Nina Simone, Curtis Mayfield o Arthur Russell fueron algunas de las escuchas confesas de cabecera de un disco con el que Robin Pecknold, en realidad, acaba rindiendo el mejor tributo posible a los malogrados Richard Swift y David Berman (Silver Jews), mediante la difícil tarea de mirar hacia dentro de sí mismo y rescatar aquella ingenua pureza, sin contaminación posible, que marcó sus dos primeros trabajos. Maldita pandemia, pero bendito autoanálisis el suyo.

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