Juro y Prometo
Discos / El Último Vecino

Juro y Prometo

8 / 10
Fran González Aparicio — 07-02-2022
Empresa — Pias
Género — synthpop

Seis años no es tanto tiempo, si tenemos presente la prolífica actividad que Gerard Alegre Dòria ha ejercido durante el hiato que ha separado su anterior trabajo del presente disco. El líder y alma máter de El Último Vecino nos ha deleitado, especialmente en los últimos dos años, con una importante cantidad de singles que finalmente no han terminado formando parte de éste, su nuevo larga duración. Y ni falta que ha hecho, pues en palabras del propio Gerard, de nada servía aferrarse a un trabajo que no terminaba de representarle artística y personalmente. “Juro y Prometo” (PIAS, 22) es, en cambio, una media hora de razones que fortalecen la consagración de ese espíritu directo y genuino que nos recuerda a la esencia más primigenia del proyecto del barcelonés, quien en asociación con el productor Adrià Domènech (más conocido como InnerCut y por ser la mente en la sombra de éxitos firmados por Recycled J, Yung Beef o Bejo) ha logrado recuperar la evidencia en sus influencias y cargado de franqueza y sentimiento cada estrofa y cada verso.

Jugando con el símil fácil, accedemos a este tercer álbum de El Último Vecino a partir del que fuera su segundo adelanto en formato single, “Ábreme La Puerta”, un canto desesperado y repleto de amargas analogías que reposan lánguidas sobre un muestrario de bombos post-punkeros y sintetizadores añiles. Todo lo que cabría esperar y desear en el arranque de un disco de El Último Vecino. Esa cadena continuista que parece empalmar “Mundo Mágico” se rompe puntualmente con una luminosa y creciente aureola de beats agitados y urgentes que bien podrían llevar la firma de Tears For Fears y que construyen “Átame”, una plegaria directa y sencilla, donde una vez más el artista no requiere de una extensa letra para expresar sus anhelos más intensos.



“Niño Discúlpame” puede ser la pieza que reúna exactamente los dos principios que mejor definen este nuevo disco: la excelsa combinación entre una mirada directa a ese primer álbum homónimo que vio la luz en un ya lejano 2013 y la depurada técnica de la que ahora Gerard hace gala y que solo el tiempo y la experiencia traen consigo. A pesar de los juegos retóricos que tanto caracterizan y definen su divagar, el barcelonés no consigue camuflar entre esas capas de impersonalismo la pátina nostálgica que este tema desprende. Versos agridulces como un “te sigo esperando en casa” mientras se acumulan revoloteando sobre sí esas notas orffianas tan propias de una armonía infantilizada. Cuando queremos darnos cuenta, esos recodos de inocencia están completamente diluidos y nos sacude una de las caras más arrolladoras de Gerard, equipado de una inusitada rabia que escala peldaño a peldaño hasta metérsenos de lleno en la cabeza con un reiterativo estribillo en “No Me Dejas” y esas frases escupidas desde el alma como “¿y cuánto va a costarme que dejes de joder el único planeta que tengo ante mí?”. “El Desastre”, por su parte, es ese aislado y casi insólito momento de fortaleza personal en el que, por unas o por otras, todo parece encajar y fluir, aunque tan solo luzca así en nuestro pretendido y volátil auto-convencimiento.

No perdemos de vista el último tramo del disco, que nos regala una nueva confirmación de cómo Gerard ha decidido en esta ocasión abrazar sus raíces sin complejos, sin trampa y sin cartón. Hablamos de ese corte homónimo, “Juro y Prometo”, en el que los guiños aflamencados, el surrealismo costumbrista y las tonalidades que remiten a “Mar Antiguo” o “Canta Por Mí” son tan evidentes como emocionantes. No es ningún secreto toparse con estos tributos personales a Manolo García en el imaginario de El Último Vecino, pues su responsable directo es confeso y abierto admirador del que fuera líder y vocalista de El Último de la Fila, y es en este tema donde sin miedo a equivocarnos disfrutamos de manera más patente que nunca de ese delicioso hermanamiento de sonidos intergeneracionales. Sonará a tópico, pero “Juro y Prometo” es exactamente el álbum que reencauza la carrera de El Último Vecino, situándola donde su propio artífice quería y suponiendo un punto de inflexión en su particular manera de concebir el devenir de su música.

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