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Que tire la piedra sin esconder la mano el grupo que no se haya inspirado en nadie para dar forma a su cancionero. Obviamente existen grupos más personales y otros que lo son menos. En su segundo largo, Delorean nos descubren varias cosas.

Primero que han avanzado un mundo desde su anterior y decepcionante álbum; segundo que si antes se inspiraban únicamente en New Order y les salía el tiro por la culata, ahora se han empapado del repertorio de aquellos con mayor criterio; tercero, que, como jóvenes que son, se lanzan de cabeza a las aguas de aquellos grupos que les gustan sin ruborizarse (sumen a todos los que aparecen en esta reseña a The Cure y Devo). Como ya ocurrió en su momento con Tokyo Sex Destruction -no hablemos de referentes, están clarísimos-, Delorean suenan miméticos y les resulta imposible esconder qué artistas les tienen cautivados, pero nos ofrecen algo a cambio de que entremos en su juego de homenajes. Y ese algo son buenas canciones de indudable efectividad, bailables hasta lo indecible, de una rítmica que nos transporta a los ochenta y nos catapulta desde allí a la más rabiosa actualidad. ¿Oportunistas. Quizás, pero qué quieren que les diga. Disfrutando de los grupos que disfruto en la actualidad me resulta francamente imposible negar que sus composiciones funcionan y mucho. Con las guitarras y los teclados compartiendo todo el protagonismo, Delorean han dado en el clavo, convirtiéndose en la respuesta nacional a The Rapture y The Faint.

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