Imaginad llegar una tarde de diciembre a una masía del siglo XIX, cruzar la verja y encontraros una ristra de luces que os acompañan hasta una barra libre de cava rosado. Tras un rato recorriendo las fuentes de la entrada entráis al que fue el Gran Casino de Barcelona. Hay moqueta y espejos por todas partes, te dan una rosa al dejar el abrigo en el guardarropa, sirven cocktails y hay camareros uniformados recogiendo vasos y botellines con sus bandejas. No es el contexto al que el público medio de festivales está acostumbrado. Acabar con las suelas de los zapatos embarradas y hacer malabares para tocar lo menos posible cualquier parte de un Poly Klyn es una escena más habitual que la anterior. Llegar a un un espacio cerrado, lleno de ventanales, amplio y refinado puede parecer frívolo de primeras pero, ¿qué esperar de un equipo que consigue hacer de una masía y el bosque de Vilanova i la Geltrú la casa de millares de personas durante un fin de semana de verano?

Las pistas facilitadas hacía semanas en la web del Vida ayudaron a que todas las suposiciones fueran posibles en las porras y quinielas para este Secret Vida, que celebraba su primera edición. Inicialmente pensamos que las claves estaban relacionadas con los nombres de los artistas participantes, pero al final resultó que todos esos grafismos correspondían a títulos de canciones, aunque el patrón ya se entendió una vez vistos un par de directos.  Lo cierto es que las probabilidades de que se cumpliera el line-up que cada uno había planeado en algún recoveco de su mente soñadora eran de una entre un millón, pero eso no hizo que la esperanza decayera en ningún momento.

Ángel Carmona, el locutor del programa Hoy Empieza Todo de Radio 3, fue el maestro de ceremonias y presentó con rigurosas pistas a cada artista y banda que asomaba por los dos escenarios del Secret Vida. Cada una de estas presentaciones tenía más valor si mirabas las caras de alrededor: fue bonito compartir varias emociones en menos de treinta segundos de presentación. Y es que más allá de las expectativas autoimpuestas, esperábamos una programación hecha con un cariño y un gusto impecables y eso era imposible que fallara. Durante las veinticuatro horas que estuvo abierta la Finca Mas Solers hubo tiempo para bailar con los ritmos ochenteros de Tversky y Franc Moody o las influencias latinas de los franceses de M.I.L.K, para viajar a la psicodelia sesentera con Temples (y para envidiar sus melenas), encandilarnos escuchando la fórmula guitarra y voz de Tamino y José González o transportarnos al siglo pasado y gastar la moqueta con las zapatillas gracias a Mambo Jambo; para vivir el juego experimental de Niño de Elche, y el pop en todas sus variantes con Gruff Rhys o La Casa Azul; para la improvisación con Sara Fontán acompañada por Edi Pou a la batería, el sonido celestial de Ferran Palau y Pavvla, e incluso para la nostalgia (adelantada) con Delorean, que presentaban uno de sus cinco últimos directos antes de disolverse. Y no se puede olvidar la gran labor de los djs que estuvieron amenizando la zona de las barras de la sala Hispano Suiza, que protagonizaron algunos de los momentos más bailongos en los que el suelo vibraba; y la de Ramón Castells, Miqui Puig, Maadraasso y VEMO DJ’s, que pincharon hasta el final de fiesta apostando por una amalgama de estilos agradecido por todos los allí presentes.

Y aunque los catorce directos fueron impecables y cada una de las cuatro sesiones cumplió su cometido, no fue lo primordial de la fiesta. Las actuaciones propiciaron un hilo conductor muy bien adecuado al contexto y al tiempo, –los ritmos fueron in crescendo y nunca más de lo apropiado, teniendo en cuenta dónde estábamos–, pero la esencia del festival estuvo en el público y en una organización impecable. Pese a que puede parecer un reproche, si se tiene en cuenta que la propuesta daba protagonismo al cartel secreto, esto pretende ser un halago. Todas y todos los presentes hicimos de nuestra complicidad y compañía parte del cimiento del festival: con las bromas sobre quién saldría al escenario (un ejercicio de imaginación fantástico hasta el último instante: los artistas hacían el trayecto del camerino al escenario con una capucha negra), por ver a personas emocionadas por reconocer al artista con solo una pista de Carmona, y por lo gracioso de ver la cara de quien esperaba a un grupo que al final era otro, y decidía, igualmente, beber y bailar en las primeras filas. El público de festivales nos convertimos en aristocracia por unas horas, como para no estar fascinados.