Everyday Life
Discos / Coldplay

Everyday Life

7 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — hace 3 semanas
Empresa — Parlophone
Género — Pop

Más allá de los comentarios maliciosos acerca de que el mejor favor que Greta Thunberg ha podido hacer a la humanidad es convencer a Coldplay para que se abstengan de presentar este álbum en directo por la preservación del medio ambiente (y de algunas cosas más), lo que está claro es que el cuarteto británico tiene todo el derecho del mundo a resetear su carrera, hacer borrón y cuenta nueva y abrir una etapa – o bien cerrar otra – con un álbum doble de lo más diverso. Y tenían que hacerlo, claro está, en su más puro estilo: a lo grande. Ellos también merecen aspirar a tener su “Exile on Main Street” (1972), su “London Calling” (1979) o su “The River” (1980), aunque en realidad (y esto también era de esperar) este “Everyday Life” (2019) acabe por quedarse más cerca de ser su “Rattle & Hum” (1988), y el parecido no resulta caprichoso a poco que uno atienda a sus textos, más que nunca henchidos de esa bonita pero plúmbea aspiración benefactora a lo Bono. Suficiente, en cualquier caso, para ser su mejor trabajo en más de una década (desde “Viva la Vida or Death To All His Friends“, 2009), y para frenar la sangría de crédito que les venía sajando desde que les dio por pasarse al euforizante pop electrónico con vistas a la EDM mientras miles de fans agitaban sus pulseritas luminosas como luciérnagas en la noche desde el césped de cualquier estadio de fútbol.

Hay algo que une a algunas de estas canciones con sus dos primeros álbumes: la sencillez, la ausencia de pretensiones, la desnudez instrumental que desecha toda la innecesaria hojarasca y que permite que el escueto piano de “Daddy” o el tacto acústico de “Old Friends” o “Guns” brillen y conecten con los Coldplay de su debut, algo que parecía ya prácticamente imposible a estas alturas. También hay un cierto sentido de la aventura nada impostado, el que incurre en el gospel con “BrokEn” o en el soul juguetón con “Cry Cry Cry”, ratificando con acierto ese carácter de carta de navegación mundial del que se precia el álbum, supervisado por el trío de productores formado por Rik Simpson, Dan Green y Bill Rahko. Y, como no podía ser de otro modo, experimentos que arriban a mejor (los vientos funk y el ritmo afrobeat de “Arabesque”, con Femi Kuti y Stromae) o a peor puerto (el boceto inacabado que es “WOTW/POTP”, la autoindulgencia marca de la casa de “Church” o de “Orphans” y sus coros onomatopéyicos, esta última con Max Martin metiendo mano en la producción). En cualquier caso, con sus defectos y sus virtudes, con sus excesos y sus brotes de contención, esta es seguramente la mejor versión posible de Coldplay a dos décadas vista de su irrupción.

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