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Las expectativas creadas en torno al nuevo trabajo de Cobra eran considerables. Por una parte contamos con la particularidad de agendas que impiden cierta continuidad al conjunto bizkaitarra tanto en el estudio como en apariciones en directo, y en la otra parte de la balanza el fuerte carácter que imprimen a su cancionero donde podemos encontrar un auténtico mare magnum de estilos, registros e intensos desarrollos centrados en su fuerte personalidad.  Hay quienes lo describen como stoner, o metal, en ocasiones aparece la psicodelia o el término hard, o el que ellos mismos se otorgaron: thriller rock. Indiscutiblemente englobamos todo ello en el rock recio de guitarras encendidas y contagiosos riffs, esos que hábilmente han compuesto y preparado para esta máquina troqueladora llamada “Riffyard”, un disco de laboriosa elaboración que les ha obligado a estar a caballo entre diversos estudios repartidos por Madrid, Barcelona, Donostia y Bilbao (Estudio Uno, Estudios Ultramarinos, Grabaketa Estudioa y Koba Estudios respectivamente) para buscar diferentes emociones o diversas sonoridades que les pudieran inspirar y crear distintos ambientes o dispares sensaciones que acaban siendo canciones cuyo tratamiento final puede depender de todos estos factores.

Canciones que sean capaces de captar, precisas o progresivas. Planteamientos que pueden surgir de un boceto, de un riff, ese mismo que no cesará y nos obligará a permanecer atentos desde el segundo uno hasta su finalización, porque estos tipos se nutren de una intensidad racial impactante, Lete demuestra su gran capacidad vocal y sus compañeros destreza y garra con unos instrumentos opulentos: armonioso David con el bajo, dinámico Ekain a la batería y eléctrico Josu a las seis cuerdas en un álbum lleno de matices y pretéritas reminiscencias (“Light Bearer”) que transportan en el tiempo y mantienen el secreto de aquellas madrugadas donde escuchabas a todo trapo en la intimidad que otorgan los auriculares bandas procedentes de Seattle. Y avalas la enorme trascendencia que tiene en nuestros días una escena que a pesar de los pesares sigue vigente, trasciende al tiempo, muta en camaleónicas propuestas que beben de su legado (“Rosebud”) o combinan con himnos futuros (“The New Rebels”), un emotivo encuentro entre lo divino y lo humano, sensaciones que todos tenemos, sufrimos, soñamos o lloramos, incluso hasta reímos. Un disco ágil, adictivo, constante y versátil que troncha huesos desde la consistencia del grito inaugural “Skull & Bones”, seduce con melodías etéreas como “Night Call”, obliga a pisar el acelerador en “’70 Challenger”, gravita henchido y orgulloso en “Zaldun Inaute Berpiztuak” o crece en un temperamental final lleno de armonías, ritmos y  paisajes crepusculares que sugiere “It’s Just A Ride”, el apocalipsis cinematográfico de un álbum muy visual, muy musical, equilibrado. Consistente.

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