Esta era dorada de las reediciones en vinilo nos ha deparado ya la alegría de reencontrarnos con la mitad de la obra de los de Albacete, además de un suculento recopilatorio de rarezas. La secuela del enorme “78” llega en versión limitada para el Record Store Day -ese raro invento mercantil que genera colas kilométricas para hacerse con el último lanzamiento de Taylor Swift o Pink Floyd-, un único vinilo naranja, arte estupendo y, por encima de todo, canciones tan frescas y redondas como el día en que se publicaron.
“Tejido de felicidad”, como toda la obra de la primera etapa de Chucho hasta su resurrección hace una década -cuatro álbumes y un reguero de singles-, ha superado el juicio implacable tiempo y desafía a los estrictamente nostálgicos. Un universo personalísimo entre lo turbio y lo tierno que sigue siendo parte esencial de nuestra Historia del rock. No sólo contiene algunas de las mejores canciones escritas por Alfaro y compañía (“Cirujano patafísico”, “Hamorambre”, “Alicia rompecuellos”, “Revolución”, “Perruzo”, etc…): es un álbum total, expansivo, que exhibe sus dos almas solapadas -del rock visceral frenético al pop luminoso-, a partir de la acertada producción naturalista de Kaki Arkarazo.
La crudeza sonora del álbum se combina con unas cuerdas que le dan un aire majestuoso y atemporal. Los matices electrónicos muy del momento no molestan. Y el pletórico momento de la banda a finales de los noventa se refleja en clásicos de la casa como “Magic”, con esos arreglos indisimuladamente pop que se siguen negando a caer en el pastiche. La euforia de esta canción condensa el espíritu veraniego y vitalista del álbum, de ese amor pletórico, tan físico como espiritual, que nos eleva.
Publicado en cedé hace ya más de un cuarto de siglo, “Tejido de felicidad” mostraba las mejores cartas de un grupo de músicos empeñados en desplegar su talento en su idioma, en un momento bisagra en el que muchos otros se decantaron por un inglés más o menos elemental.
Se trata de un álbum generoso, signo de aquellos tiempos en los que el cedé alentaba el exceso. El sonido algo opaco de este vinilo es la prueba de que no habría venido mal desahogarlo en una edición doble, añadiendo quizá el aliciente de algunas caras B del momento. Publicadas ya algunas de esas rarezas en otro disco reciente, no seamos cenizos, y disfrutemos de esta necesaria reedición, a la espera de reencontrarnos con el torrencial “Los diarios de petróleo”.
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