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Ya hemos perdido la cuenta de cuántos llevamos ya, pero he aquí un nuevo ejercicio saca cuartos de la islandesa. Después de haber estado lanzando a cuentagotas una serie de ochos epés de remixes de la era “Biophilia”, ahora ha querido recopilar parte de ese material en un único disco que, ni en sus mejores sueños, puede hacer sombra a aquel “Telegram” que funcionaba como un todo y colocó (aún más) a Björk dentro de ese reducida lista de artistas que en los noventa eran la vanguardia personificada. “Bastards”, tramposo como él solo, ha prescindido de las aportaciones de El Guincho y King Cannibal sin que sepamos muy bien el porqué. Y, para más inquina, da pie a que glorias como Matthew Herbert que no pasan por su mejor momento creativo plasmen tres de sus reinterpretaciones (la única que realmente vale la pena es la que ejecuta de “Crystalline”). Más allá de las aportaciones de Omar Souleyman y el terrorismo sonoro de Death Grips, aquí no hay mucho que rascar.

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