La ausencia, ese gran puñado de vida y fuente de pena, como quedó bautizada por el escritor Octavio Paz, se convierte en protagonista en el nuevo disco de Bringas, “Aprendices”, un trabajo que, haciendo buenas las palabras del autor mexicano, rastrea las palpitantes huellas que dejaron aquellas figuras ahora evaporadas, ya sea física o emocionalmente. En ese contexto, en absoluto ajeno para el rock and roll, germinan unas composiciones que se perciben viscerales en la entonación de una despedida que desprende un torrente de sensaciones. Una carta de adiós que, como es evidente, lagrimea rememorando a quienes un día habitaron el ecosistema propio y hoy son ya un recuerdo, pero que igualmente se puede leer como un cuaderno de bitácora sobre la obstinación por mantener la estabilidad frente a unas embestidas que, por inevitables, solo pueden ser enfrentadas bajo un ejercicio de regeneración anímica. Un necesario proceso de aprendizaje que, como quien olvida el habla, tiene el cometido de hacernos recuperar ese idioma que nos muestre otra vez donde apoyar nuestro siguiente paso.
El quinto trabajo de este proyecto, que toma el apellido de Gorka Bringas, presente en las últimas décadas en bandas como Canal Blues, El Jinete Eléctrico o sobre todo en unos actualmente revitalizados The Flying Rebollos, significa otro episodio de una trayectoria puesta al servicio de quien, más allá de sumar esfuerzos y talentos en empresas colectivas, persigue tener su reducto de expresión única y personal. Un hogar que si empezó construido bajo un formato de trío, paulatinamente ha ido ensanchando su configuración hasta quedar consolidado en estos tiempos como quinteto. Un aumento en su morfología que, lejos de ser una expresión meramente cuantitativa, cuando entre sus piezas cuenta con las firmas instrumentales de Pit Flanagan o Isra Redondo, su sentido refleja una naturaleza absolutamente cualitativa. Una entente que aborda un camino común en busca de cicatrices y esperanzas a través de un sonido que, quizás consecuencia de esa urgencia intimista, se agrupa bajo un concepto global más homogéneo e intenso.
Las siete canciones de este trabajo, propiciado posiblemente también por ese número reducido de temas, ostentan la facultad de presentarse bajo un rastro homogéneo y concentrado, lo que nada tiene que ver con la monotonía, sino con una determinación por hallar una firme y cohesionada identidad. Rasgos que en esta ocasión se alinean con el rock americano clásico, obviando parcialmente ese aspecto más dinámico y flexible expresado en ocasiones pasadas por la formación, pero manteniendo su distintivo color melódico. Da la sensación, y el más que notable resultado avala dicha aspiración, de que “Aprendices” ha asumido desde su nacimiento encarnar un papel concreto, en su forma y fondo, al que nada debe despistar de sus propósitos artísticos y emocionales. De ahí que su homónimo e inaugural tema, presentado por una salva de riffs que rememoran los míticos del “Sweet Jane” de Lou Reed, se instale en ese rock clásico de espíritu reflexivo y melancólico que caracteriza, por ejemplo, a Tom Petty; un idioma transmitido por una voz interpretativa que demuestra, con su tono sereno pero desgarrado, que le va la vida en lo que canta.
Hay algo que resulta paradójico y particular en el desarrollo narrativo del disco, y es que frente al “natural” curso de los acontecimientos, donde el duelo desemboca en la aceptación, aquí el relato invierte dicho itinerario, porque si el comienzo discurre entre la asunción de la incertidumbre como un estado perenne pero incapaz de noquear definitivamente al ánimo, el cierre con “Yo no hay nada”, ya desde su título, es la exposición más cruenta de esas despedidas, un escalofrío celebrado bajo un desolador tono soul, con unos fraseos que pueden recordar a Los Secretos, alimentado de corazones rotos. Para llegar hasta ese culmen, el álbum va ir decolorando paulatinamente su estado emocional, situándose en esa primera parte la luminosa “Sobran las palabras”, contraria a escribir ningún final anticipado, o “Deberías saberlo”, una radiografía, hecha de dinámicas locuciones eléctricas y nostálgica enunciación digna de Quique González, donde más peligroso que el miedo a volar resulta renunciar a intentar despegar los pies del suelo. Unas heridas en proceso de cicatrización que sin embargo romperán sus puntos de sutura pronto. Intercalando una sureña “La corriente”, escenario de un diálogo majestuoso entre teclados y guitarras, que nos convierte en seres anfibios adictos a las aguas revueltas, las ausencias conseguirán convertir en protagonista su sombra alargada. Un vacío a veces generado conveniente pero también dolorosamente como respuesta a quienes obstaculizan el avistamiento del horizonte, labor asignada a “El sol” bajo un esqueleto melódica propio de Ariel Rot, y otras duramente añorado, sensación condensada en “Por ti”, excelente y particular composición, gracias a una cadenciosa coreografía musical pero cargada con el peso de la tristeza, nutrida de esas personas especiales que, sin palabras, eran capaces de ofrecer el antídoto contra la tormenta.
Si nos atenemos a la definición de aprendiz, se trata de una naturaleza en continua construcción, alumnos perennes dispuestos a recibir una ininterrumpida lección. Un diagnóstico aplicable tanto a la música como a la propia vida, ya que cada publicación de un disco supone, a su manera, un nuevo inicio, algo similar a lo sucedido en el recorrido biográfico, que no deja de ser una acumulación de finales y principios. En realidad, y sin que eso suponga desandar lo expresado hasta este momento, lo importante no es si este sumamente elogiable cancionero se presenta avalado por un certificado que demuestre su condición de estar basado en hechos reales, porque en el arte, lo único verdaderamente esencial es conseguir transmitir ese sentimiento. Y escuchando el repertorio de este nuevo trabajo, uno tiene la certeza de estar asistiendo a una emocionante confesión, ejerciendo como oyentes de una ceremonia íntima abierta al público.
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