Los clásicos no lo son porque sí. Ni siquiera los menos conocidos. Si habéis visto “La noche del cazador” (Charles Naughton, 1955) os acordaréis de la canción que cantaba Robert Mitchum mientras perseguía a los niños para matarlos y quitarles su dinero: la esencia del mal personificada un viejo espiritual.
En su huida los niños encuentran a una buena anciana que los cobija. Llega la noche y mientras los niños duermen la anciana vigila en el porche y canta una canción, el mismo viejo espiritual que cantaba su perseguidor, la canción que hasta entonces era la banda sonora de su suplicio erigida canto protector. Bastaría escuchar su versión en “War Prayers” para entender a Young People: Inteligentes, primitivos, referenciales y únicos, la sencillez hecha exhuberancia. El primer disco de Young People sin Jeff Rosenthal (ahora en Lavender Diamond) es un paso más allá en su extraordinaria carrera. Más aseado pero igualmente espontáneo, con una Katie Eastburn cantando más que nunca como una Shirley Temple sexuada o una Björk que no hubiese escuchado otra cosa en su vida que la Carter Family y Jimmie Rodgers. Siguen los ritmos marciales, sigue la sensación de que cada uno de los elementos que forman la canción va por un lado distinto y sin embargo forman un todo inseparable y súmale detalles y brillo.
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