Zaidín Rock, espíritu de supervivencia
Conciertos / Eskorzo

Zaidín Rock, espíritu de supervivencia

7 / 10
Eduardo Tébar — 08-09-2011
Sala — Estadio de los Carmenes / Granada
Fotógrafo — Eduardo Tébar

Con su existencia pendiente de un hilo hasta el último segundo –el culebrón se repite cada verano–, el Zaidín Rock de Granada celebró anoche la primera de tres veladas de sonidos dispares y generaciones de músicos diametralmente separadas. Eskorzo, Mägo de Oz y Loquillo se presentan como principales reclamos del que hasta ahora era el festival gratuito más antiguo de Europa (hoy y mañana se cobrará una entrada con consumición por el simbólico precio de cinco euros). ¿Problemas? Muchos. En su edición número treinta y uno, la asociación de vecinos que gestiona el Zaidín Rock lucha cual David por preservar su identidad localista y popular. Toda una odisea cuando se brega con severos tijeretazos presupuestarios y la amenaza constante del exilio a una ubicación alejada del barrio. Atrás quedan los tiempos –no tan remotos– en los que Elliot Murphy o Echo & The Bunnymen ofrecían actuaciones memorables. Toca apretarse el cinturón. Sin embargo, el Zaidín Rock no ha perdido tirón de público. Santo y seña del colofón estival, más de 5.000 personas brincaban con Eskorzo pasadas las cuatro de la madrugada. La multitudinaria formación granadina festeja quince años de trayectoria. Y sí, tiene mucho de entrañable y estoico que las bandas de la tierra salven de la anemia a un festival que siempre apostó por el producto verde casero. “¿Cómo íbamos a faltar al Zaidín?”, arengaba el cantante Tony Moreno. Eskorzo se crecen en directo. El arma con la que han conquistado a la audiencia alemana. Enérgicos y jaraneros. Fieles a una esencia rock que les permite ensamblar con los Clash o Triana. Dominadores sobrados de ese aliño de funk, reggae y latinidades varias que otros bosquejan en clichés postizos. Lo más relevante de su material aparece en el reciente álbum en vivo y DVD documental “El encanto de lo irreverente”. Una mirada retrospectiva en el mejor momento del septeto. Se notan los centenares de conciertos en Europa y la fluidez de diálogo entre metales y base rítmica. A veces, coqueteando con los ambientes jaraneros de Kusturica. Otras, demostrando pulsión de afrobeat candente. Abrieron rememorando “El árbol de la duda”, uno de sus álbumes esenciales –lo presentaron en el Zaidín hace más de un lustro–, desgranando también “La sopa boba!” y otros pasajes del milenio anterior (“Reggae pa’ mi”). Eskorzo han tenido tiempo hasta de fabricar su particular “Pet sounds” –“Paraísos artificiales” – y alcanzan el clímax entre lo opiáceo y lo bailable (“Justo después”).
La fusión llegó precedida del buen-rollo-a-tope de Los Aslándticos. Los cordobeses realizaron un espectáculo muy resultón, plagado de efectistas lugares comunes. Mestizaje saltarín. Y un cargante bombardeo de proclamas bien intencionadas. Fuerte retaguardia de percusiones y desparpajo para contagiar optimismo en su potaje de ida y vuelta. Antes que ellos, abundante rock de militancia barrial, que es de lo que se trata en el Zaidín. La resurrección de partes de Canker y Azrael –padres, con perdón de Magic, del heavy granadino– en Physical: persistentes en su grado de veteranía y conocimiento de los sonidos extremos. Los cántabros King Size Co tampoco inventan nada, pero reviven con gusto la era dorada del hard-rock setentero, con un agradecido y logrado regusto a Bad Company. En esa onda se movieron los locales Los Galgos, joven y prometedora propuesta de rock trotón que se justa como un guante al espíritu del Zaidín. Era la hora del bocata y la litrona. Ciertas cosas nunca cambian. Y ojalá que así sea en el Zaidín.

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