Whitney Rose es uno de los nombres destacados pertenecientes a esa, recurrente a lo largo de las décadas, oleada actual de jóvenes voces femeninas dispuestas a enarbolar el country clásico bajo una sensibilidad e idiosincrasia pop. Entre su currículum biográfico destaca la curiosidad de que a pesar de ser canadiense, el llamamiento de la música de raíces norteamericanas, que ya desde pequeña consumía ávidamente a través del jukebox del bar que regentaban sus abuelos, parece haberle atraído cual canto de sirena hasta hacerle trasladar su residencia a Austin, Texas, tras quedar embelesada por el ambiente de la zona.

Inmersa en una extensísima gira como consecuencia de su tercer lanzamiento, el EP “South Texas Suite”, en dicho tour, que a su paso por el viejo continente le ha traído hasta varias ciudades del Estado, entre ellas la de Bilbao, se presenta acompañada por banda. Una formación en la que sus bases rítmicas resaltaron sobre todo cuando el tempo se aceleraba y se ponía trotón y una guitarra, la de William Meadows, siempre solvente en su papel estructural como en aquellos arranques de libertad que le llevaron hasta unas nada exageradas exhibiciones particulares.

Desde un primer instante se pudo observar a figuras clásicas del género como Dolly Parton, Patsy Cline, -con las que comparte ese tono de voz tendente a lo chillón- y Loretta Lynn irguiéndose a modo de claros referentes del sonido de la norteamericana. Unos primeros pasos de la actuación que se intuyeron cautelosos, buscando el acople exacto al escenario, y excesivamente retenidos. Bajo esa algo rígida expresividad le costó sobresalir tanto al agitado “My First Rodeo” como a la lenta y bella “Lookin’ Back on Luckenbach”. No ayudó a afianzar el paso meterse con un “intocable” como “Suspicious Mind”, de su majestad el rey, pese a salir bien parada del envite. Fue la llegada del sugerente tono blues que se filtraba por “The Devil Borrowed My Boots” lo que pareció liberarles del todo y encaminarles a dar rienda suelta al exquisito lamento sonoro, con toda la tradición de Nashville, que es “The Last Party”. A partir de ese momento el cuarteto encontró definitivamente su sitio y pudo explayar todo su extenso potencial.

Un transcurrir desde entonces claramente en imparable ascenso en el que afilaron y atinaron sus proclamas más vintage, con reivindicación de la importancia de la cosas simples, en la jazzística “Analog”; aquellas composiciones delicadamente construidas sobre balanceantes cadencias, como la contagiosa mezcla de vals y tex-mex de la que parece hecha “Three Minute Love Affair”, o el rock and roll campestre de “All You Ever Do Is Bring Me Down, original de los Mavericks, grupo de estrecha relación, y colaboración, con Whitney Rose. El esparcimiento que toda la noche hizo de versiones, no solo como complemento de su repertorio sino en una labor clara por trazar un exacto mapa de influencias, no olvidó a dos iconos de este tipo de ambientes: Waylon Jennings con su honky tonk, del que interpretó “Tonight the Bottle Let Me Down”, y la no menos representativa Emmylou Harris, tomando de su legado “Two More Bottles of Wine”. Notables adaptaciones que sin embargo no llegaron a la altura de la sublime “Stand By Your Man”, de Tammy Wynette, que inició de manera delicada y sensual para terminar desatada de emoción con un derroche de voz, y por encima de todo el “You Don’t Own Me” de Lesley Gore, que tras previo alegato, cantó desgarrada para rubricar una de esas interpretaciones que se quedan grabadas en la piel.

Whitney Rose demostró que la dulzura y delicadeza que emana no es sinónimo de fragilidad, todo lo contrario, supo manifestarse en toda su extensión, nostálgica pero también por momentos arrebatada, profunda o insuflada de nervio. Más importante todavía fue la constatación de que su juventud no la exime de una exquisita interiorización de las raíces del sonido americano tradicional sin caer en revivalismos planos. En su paso por la capital vizcaína depositó una simiente que en poco tiempo debería poder recogerla en forma ya de grandísima artista.