No hay nada como ver las expectativas cumplidas o, mejor aún, superadas. Con todo y con ello, la tensión que acompaña hasta la misma entrada de la sala de conciertos es real. ¿Será tan bueno como parece? ¿habrá merecido la pena esperar tanto? Estas dudas acompañaron a quienes acudieron anoche al Changó Club para ver a los irlandeses Villagers donde iban a ofrecer su primer concierto en Madrid después de casi una década de carrera.

Y se disiparon al oír cómo Sweet Saviour abría la velada, con Conor O’Brien y compañía postulándose como salvadores de un lunes frío y lluvioso de noviembre, soltando frases tan oportunas como “te he estado adorando durante lo que ya parece una eternidad”. Hasta el cuarto disco ha habido que esperar para que España se incluyera en su agenda, por lo que esta visita suponía mucho más que la presentación de The Art of Pretending to Swim (Domino/Music As Usual, 2018). Se iba a comprobar en las distancias cortas si las nominaciones y los premios se correspondían con el directo y cómo sus anteriores trabajos conviven en el repertorio con la experimentación y las nuevas texturas de su última entrega.

Estaba la sala llena de curiosos, unos cuantos músicos y esa especie inmortal de asistentes que van a charlar y hacer la foto de rigor, pero el silencio reinaba mientras los jóvenes que poblaban el escenario afrontaban los arreglos de Again. Conor ha dado un gran salto adelante con la producción de The Art of Pretending to Swim y quedó claro que no pensaba restarle importancia en su traducción al directo. Cinco músicos en total, un par de ellos multiinstrumentistas, funcionaron como un reloj para sacar adelante teclados, samples, trompetas y darle un verdadero sabor soul a Love Came With All That it Brings. En ocasiones la excelente voz de Conor se quedaba en segundo plano entre tanto efecto y una batería en éxtasis, pero en este tema daba gusto ver cómo se recreaba al decir que el amor pica como un motherfucker, casi saboreando este término.

Sus cualidades vocales e innegable capacidad interpretativa brillaron más durante las pinceladas de su pasado más folk en Everything I Am is Yourso Hot Scary Summer, siempre escudado tras su guitarra, cuyas cuerdas parecían una prolongación de sus manos. Y pudo lucirse igualmente en A Trick of the Light (móviles en alto), que fue adquiriendo su cuerpo con mimo y fluidez, rematada por la línea de bajo y lo que Conor llamó “la nave espacial”, esto es, los sintetizadores.

Liberado de su instrumento por un rato, se movió a gusto por el escenario, dando saltos y bailando con la fiesta que se monta en Long Time Waiting, para después dedicarle unos minutos a los introvertidos de la sala y con la tentadora oferta de deprimirnos en grupo irrumpieron las rupturas rítmicas de Hold me down. Un cúmulo de sentimientos y registros, llegando a sonar a Calexico en Memoir, letra compuesta para Charlotte Gainsbourg.

Acordándose de la primera programadora de la historia, Ada Lovelace, tanto por su gran aportación como por la adicción a las tecnologías que ahora sufre, Ada fue un bello trabajo coral con el que se retiraron. Los bises se destinaron a mirar al pasado, los temas más íntimos con los que el honorable finalmente se animó a tararear Courage y acompañar a viva voz al líder de Villagers en Nothing Arrived, donde alargó las notas hasta que la sala rompió en un sonoro y último aplauso.

No cabe duda de que hay una conexión especial entre irlandeses y españoles, pero lo de la hora y media vivida anoche fue un chispazo ante el cual el propio Conor se preguntaba que cómo había tardado tanto en venir. Sí, la espera había merecido la pena.