15.000 personas son muchas personas para ver a un par de jóvenes de Ohio que hacen blues garajero. Sí. Pero no tantas si piensas que The Black Keys son el grupo del momento y quintaesencia del rock alternativo. En ese sentido, la banda es pura contradicción. ¿Cuánto de marginal le puede quedar a un grupo que llena estadios? ¿Son los lolololos de “Lonely Boy” el comienzo del fin? Y es que la contradicción empieza desde su imagen. Dan Auerbach (voz y guitarra) y Patrick Carney (percusión) lo mismo tienen pinta de rock stars, que de ‘rednecks’ de la película Deliverance. Pero, ¿cómo era aquello? Ah sí. La belleza está en los ojos del que mira.

En cualquier caso los que miraban anoche estaban de acuerdo en una cosa: tenían ganas de guerra. La primera combinación de directo y gancho de The Black Keys nos dejó ya un poco tontos para el resto del concierto. “Howlin’ For You” -lolololos mediante- y “Next Girl” -con su melodía negrata a contrapelo- son dos canciones tan buenas, tan agradecidas y raras a su vez, que sólo puedes observar los pajaritos que revolotean sobre tu cabeza y bajar la guardia para que los golpes empiecen a entrar.

Tras estos dos mazazos del “Brothers”, varios temas de su último disco, “El Camino”, que culminaron en la celebradísima “Gold On The Ceiling” y su punteo como punto álgido. Da gusto ver a Auberbach cantar y tocar así. Gusto y envidia. Es un rock star, no hay duda. Durante todo el show la voz no puede sonar mejor, calibrada perfectamente. También da gusto ver a un batería como Carney al borde del escenario, volcado sobre su público, cuando suelen estar relegados a segundo o tercer término. Más limpio y atronador imposible. Un escándalo.

Los dos Black Keys contaron en Madrid con el apoyo de otros dos músicos para acometer su set list, que siguió con un tema antiguo, el “Thickfreakness” que daba título a su segundo disco. A partir de aquí, el grueso de un concierto que mantiene la intensidad, con el cantante arengando una y otra vez al personal: “¡Vamos! ¡Cantad!”. Especialmente curioso el ‘coitus interruptus’ de “Ten Cent Pistol”. Llegan los silbidos de la sensual “Tighten Up” y el momentazo de rigor con “Lonely Boy”. Se hace un mar de brazos en el Palacio de los Deportes.

Y en los bises suena la batería y el falsete que muchos esperábamos. Suena “Everlasting Light”. Pero suena más lenta y pierde ese ‘swing’ tan característico. Lástima. Todo se olvida con un espectáculo visual impresionante. Una bola de espejos transforma el espacio –como sólo ella sabe- y nos teletransporta a un baile de instituto americano. Inolvidable. Como broche, “I Got Mine” del largo “Attack And Release”.

A la salida se oyen algunas quejas por la duración del concierto. Pero, ¿cómo era aquello…? Ah sí. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.