El fondo dorado del escenario es espectacular. Cientos de panochas de maíz cuelgan desde lo alto, y esas ristras rurales, que lucen sublimes gracias a la iluminación, dominan la atención de quienes van llegando al Kursaal. Ese telón de fondo parece simbolizar la obra de este artista asturiano que genera semejante expectación a partir de una música inspirada en los géneros más tradicionales, e interpretada con instrumentos ancestrales mezclados con técnicas sonoras de última generación.
El concierto comienza con algunos minutos de retraso, tal ha sido la aglomeración en las inmediaciones del Kursaal la media hora previa al inicio (las puertas del auditorio se han colapsado). Pero ya están todos sentados en sus butacas. 1.800 personas. ¡Aforo completo en el cubo grande! Se hace el silencio, las luces desvelan tres espacios musicales donde se adivinan guitarras, un contrabajo, panderetas, un piano, instrumentos electrónicos, un acordeón, y percusiones varias; y, desde una televisión, Rossy de Palma presenta al artista. Entonces se mueven las ristras de maíz, y … ¡ÉL! Se abre paso a través de ese exquisito telón de fondo. Viste de puro y elegante blanco de la cabeza a los pies, calza unas madreñas, se tapa la cara con un enorme abanico de pluma blancas, y empieza a cantar: “Vivo en un mundo feliz. En donde todos los días sale el sol. En los coles no estudian inglés. Y el tabaco no crea adicción. Los porteros de les discoteques. Trátente con mucha educación. Los ricos no van al espacio. Y todo el mundo es maricón”.
Y con la interpretación de "Mundo Feliz", el primer corte de su último disco, Rodrigo Cuevas y los suyos los atrapan a todos. Entre vítores, aplausos, piropos y jaleos, empieza un concierto de dos horas durante el que los de Donosti van a habitar ese mundo bello y feliz, que el asturiano ha creado en su último álbum. Porque Rodrigo Cuevas está girando con su último disco "Manual de Belleza" (su tercer largo), y ha venido a representar ese universo suyo donde la tradición musical se convierte en música contemporánea, y donde Rodrigo y su banda derrochan talento.
“Qué gaztetxe tan cabaretero me he montado, eh”, se dirige a su audiencia después de interpretar "La Belleza", "La hermana Cautiva" y "Asturcón" (todos temas de su último disco). Entre bromas se mueve por ese tocador, ese piano, esas cajas de plástico para transportar sidras, y esos instrumentos que recuerdan a los cabarets, y confiesa: “He abierto un cabaret porque estoy hasta el gorro de la situación geopolítica, así que me he montado esta burbuja en estos tiempos tan feos para poder hablar de lo que a mí siempre me interesó, que son la belleza y el amor”. Y guiña un ojo.

El humor va a ser un mecanismo recurrente durante toda la actuación. Que si habla “euskera de gasolinera”, y a pesar de ello insiste en expresarse en vasco. Que sí basta ya de tanto Coachella, y más afluencia a las fiestas de pueblo. Que si en Euskadi sidra no hay, pero no se preocupen, que “ya he traído yo de Asturias”, mientras escancia una botella y comparte unos tragos con el público.
Y así, entre cariñosas interacciones constantes con el público, va interpretando algunos de los temas más míticos de su carrera como "Allá arribita" o "Valse". También los nuevos "Xardineru" o "Pañuelín", y menuda potencia vocal la de Rodrigo cuando canta "Pañuelín". Sean de ayer o de hoy en todas las canciones se encuentran varios denominadores comunes: los temas costumbristas desde una mirada contemporánea, la vida en el campo como máxima musa, y una constante invocación a las fiestas populares como punto de encuentro.
Le acompañan en escena sus músicos Mapi Quintana, Juanjo Díaz, Rubén Bada, Tino Cuesta; y los bailarines Pablo Dávila, Paula F. Naves, Blanca de Cossío y Máximo Ramírez. Y entre todos, dominando el violín, el saxo, los instrumentos electrónicos, los panderos cuadrados, las panderetas, las guitarras, el contrabajo, los sintes, el piano, o las castañuelas asturianas, sumergen a los espectadores en un mundo aparte.
Rodrigo y los bailarines se mueven por el patio en varias ocasiones, e invitan a la audiencia a formar parte del espectáculo. Los más atrevidos ocupan los pasillos cuando se interpreta "Sácame a bailar", y danzan entre las escaleras al ritmo del pasodoble. Claro que durante la segunda mitad del concierto, los secunda todo el auditorio. Ya nadie puede quedarse quieto. Ya lo avisa Rodrigo: “Ya no os sentéis, por qué pa qué”.
Y para cuando interpretan en vivo "Casares", "Como Ye" o "Más animal", el Kursaal es ya campo de verbena. Porque el efecto de las panderetas, los bongos, los panderos cuadrados, o las castañuelas asturianas es ineludible y todo el mundo salta sin excepción.Entonces todos los músicos y bailarines se funden con el público, instrumentos en mano, y cierran, por todo lo alto, el bolo con un incontenible La fiesta.
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