Rodrigo Cuevas ofreció en el Coliseum de A Coruña uno de esos espectáculos que rozan la perfección. No fue concierto más y la noche que se convirtió en una experiencia sensorial; en un lugar del que era imposible apartar la mirada. Hubo incluso momentos en los que era imposible abarcar (y asimilar) todo lo que acontecía sobre el escenario: Rodrigo, su cuerpo de baile, los músicos que habitaban el escenario o una escenografía sobria, nada estridente, y profundamente suya.
El primer impacto tuvo lugar al acceder al recinto y encontrarse con un cabaret que no respondía a ningún manual: no el imaginado, no el que dictan los libros, sino uno rural, asturiano, inevitable. Una noche cuidada hasta el mínimo detalle pero que, al mismo tiempo, parecía improvisada, como si todo ocurriera por primera vez. Desde aquel inicio se intuía que aquello apuntaba a la invitación para entrar en un mundo propio y, de paso, un espacio en donde la belleza se entendía como acto de libertad.
Hubo cabaret, hubo romería, hubo ritual íntimo, todo encajando como un puzle hecho a medida. Una velada en l que Rodrigo se movió entre el humor, la ternura y ese saber estar de quien tiene el talento —y la valentía— de hacer exactamente lo que quiere. Vocalmente perfecto, impecable en lo performativo, hiló cada gesto con una precisión que convirtió al público en parte activa del espectáculo. Bajó a cantar, le hizo cantar, incluso prometió comprar rifas a uno de los presentes… y todos respondieron y, en efecto, cantaron, bailaron y se entregaron a la causa del asturiano. Nació así una comunidad improvisada en la que los desconocidos dejaron de serlo. La noche avanzó por actos que elevaron la intensidad, con protagonismo para sus tres discos y cuyas canciones sonaron más grandes, más vivas, más perfectas que en estudio.

La provocación estuvo ahí, no tanto de forma explícita, pero sí efectiva, acompañada de ironía y emoción. Y aunque cualquier detalle es mejor vivirlo que leerlo, fue imposible no mencionar el homenaje a Rambal: primero con “Rambalín” y después con imágenes y recortes que devolvieron su historia al presente. Un silencio denso recorrió el Coliseum en ese instante, recordando que la fiesta, la farándula y la celebración podían convivir con la memoria, la reivindicación y el mensaje.
El cuerpo de baile funcionó como una extensión natural del propio Cuevas. Igual que los músicos, que no solo tocaron: hablaron, acompañaron y hasta sirvieron sidra en una barra improvisada. Juntos crearon una provocación que no necesitaba imponerse; una ironía que jamás osaba romper el tono y una forma de decir mucho sin subrayarlo. En ese tejido, la identidad latió sin descanso, no como discurso, sino como una forma de estar: libre, juguetona y orgullosa. El baile, la palabra, la música y el humor levantaron un espacio donde lo popular no fue un adorno, sino la raíz que sostuvo todo, y quienes acompañaron a Rodrigo no fueron un complemento, sino parte del mismo cuerpo, impulso y fiesta.
Y aunque muchos lo esperaban, la aparición de Grande Amore no perdió ni un gramo de sorpresa ni celebración. Fue un casi broche final que habló de finales sin tristeza, de despedidas que no duelen porque se hacen a voluntad. Y aun con el final declarado, con las luces encendidas, la fiesta siguió: el público bailando, el escenario celebrando y el protagonista sirviendo sidra a los presentes, con la seguridad de quien comparte algo más que una bebida. El público salió del Coliseum con la certeza de haber vivido algo que es imposible contar sin traicionarlo un poco. Porque hay espectáculos que se pueden explicar, pero otros solo se entienden cuando se sienten. Y, en este caso, solo quienes estuvieron allí saben que formaron parte de una de esas noches que marcan un antes y un después.

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